Visita nuestra web. Todo más ordenadito, mejor.

26 de noviembre de 2012

Atila en la Castellana

Atila en la Castellana


Los desafíos de José Mourinho me recuerdan en muchos aspectos a los de Johan Cruyff a su llegada al Barcelona. Nada tienen que ver en lo referente al juego, por supuesto, pero las similitudes son notables en cuanto a la magnitud de sus liderazgos y a sus intentos por convertirse en la autoridad suprema, al entender que es la única medida que rige al fútbol. Creador de frases geniales, escuché una en Cruyff muy reveladora: "El fútbol empieza como una democracia, porque todos opinan, pero acaba como una dictadura, porque decide uno. Soy yo". Al irse del Oporto, Mourinho la elevó a sacramental: "Después de Dios, yo".



Los contextos no eran muy distintos, con un Barcelona dirigido por un constructor de su tiempo y una afición con la autoestima por los suelos, dado el dominio de su rival. Pero las diferencias, cruciales, eran el conocimiento del ecosistema, la capacidad de adaptación, la habilidad para manejar los equilibrios y, además de todo ello, el humor. Cruyff desafió a todos, a la prensa, a los árbitros, a los jugadores, a los técnicos de la cantera y al presidente, pero nunca a todos a la vez. Supo tener siempre una salida, siempre un periódico, nunca hizo de su vestuario un búnker, como corresponde a un tipo educado en el calculador calvinismo. Mou, no. Después de perder en el Benito Villamarín, cargó contra todo y contra todos: los colegiados, sus jugadores, el club y veladamente el presidente en un Madrid presidencialista.

A Cruyff le beneficiaban muchas cosas. Para empezar, su pasado como jugador. Ha sido uno de los cuatro grandes, junto a Di Stéfano, Pelé y Maradona, y uno de los cuatro más importantes de la historia del Barcelona, junto a Samitier, Kubala y Messi. Además, el relato de un juego preciosista y la compañía de un segundo que era alguien de la familia. Rexach se toca el antebrazo y mide el pulso de la afición, la sociedad y la prensa catalana. Mourinho carece de todo ello y, además, lo ha despreciado, al optar por un madridista licuado como segundo. Karanka no se beneficia en nada a sí mismo al asumir convertirse en la voz de su amo.

Con todo ello en contra, hay que conceder al portugués una enorme capacidad de liderazgo, al conseguir un alto grado de filiación entre gran parte de la afición, porque existía un madridismo que necesitaba encontrar un referente que le transmitiera que era posible ganar al Barcelona. Eso fue, exactamente, lo que hizo Cruyff mientras se paseaba por los campos la Quinta del Buitre. Por encima de la contribución futbolística del holandés, del desarrollo de una escuela de la que ahora recoge sus principales frutos, existe una herencia mental. Antes de Cruyff, el Barça era un club perdedor, incluso con Maradona y Schuster en sus filas; después, es un club ganador, con Messi y Xavi como con Tello. Ese es el salto que lo coloca, realmente, en paralelo al Madrid, más allá de los títulos.

Como muchos genios, Cruyff destruyó su propia obra a lo Saturno. Mandó despedir a Zubizarreta en la jardinera del aeropuerto, a la vuelta de la final de Atenas, e hizo todo lo posible para la marcha de Laudrup. Cuando el danés se fue del Barcelona para fichar por el Madrid, dijo claramente, en rueda de prensa: "No lo aguanto más". José Luis Núñez anticipó la sentencia: "Me estoy cargando de razones para tomar una decisión difícil". Para entonces, sin embargo, Cruyff ya había cumplido con su revolución, había hecho al Barcelona, campeón de la Champions por primera vez, entrar en un nuevo orden.

La pregunta, en este caso, es si el Madrid necesitaba una revolución o, simplemente, una reconstrucción, un regreso a las claves del pasado que le convirtieron en el mejor club del siglo XX gracias a su gestión, a su convivencia, a su mentalidad y hasta a su diplomacia. Era la ejemplificación del poder y era poderoso. Son aspectos que no tienen que ver con el "señorío", palabra que ahora se utiliza para todo. El "señorío" es la pose en la que se asume la victoria o se soporta la derrota, pero no tiene nada que ver con lo que hay que hacer para conseguir la primera. Son trabajo, determinación, organización y dirección.

El Madrid tuvo todo eso y lo impuso, incluso, por encima del juego si era necesario hasta hacer "incompatible el escudo con la derrota". La frase me la dijo Butragueño, futbolista que da nombre a una época, reducido ahora, tristemente, a un rol de pasante. Recuerdo otra con la que Di Stéfano me abroncó después de decirle que había sido el galáctico de los años 50 y 60. "No pronuncie más esa palabra, hizo mucho daño al Madrid". Sin obviar la necesaria contribución de Florentino Pérez a la reconstrucción económica del Madrid, la cultura galáctica, la iconografía por encima del equipo, significó la perversión de muchos de los pilares de la cultura del Madrid. Devoró, incluso, a su propio ideólogo.

Con el interregno de Pellegrini 'el breve', que criticó a su salida la falta de apoyo del club, precisamente, Florentino, en su segunda etapa, contrató a Mourinho, al que precedían sus antecedentes. En Chamartín, el portugués no ha hecho otra cosa que abrir su cuaderno de bitácora y repetir la hoja de ruta de Chelsea o Inter: tensión, enfrentamiento, juego directo y un título al año. He sido y soy crítico con el personaje, pero he de reconocer que no ha engañado a nadie. Por lo tanto, algunas de las reclamaciones por sus actuaciones se han de llevar a la cuarta planta del Bernabéu, a la que algunos empleados llaman la T-4.

En realidad, Florentino contrató a Atila, un general capaz de arrastrar a la multitud, para arrasar la civilización de Roma, pero olvidó que un día fue Atenas, y en el fútbol, como en la literatura, el mejor consejo después de un puñado de malas lecturas es volver a los clásicos. El fútbol más rentable del mundo, condensado en la Premier, es el mejor ejemplo de cómo se combinan la tradición y la modernidad, el pub de madera, el himno del abuelo, el marketing y el twitter. La Décima es la conquista que persigue Atila y quien lo contrató. La duda es si, en caso de alcanzarla, tras su marcha quedarán en la Castellana capiteles sobre los que depositarla o sólo tierra quemada.