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24 de marzo de 2015

Ciclo de cine clásico USA (22) 'Delitos y faltas', de Woody Allen

Publicamos por primera vez en nuestro ciclo de cine clásico estadounidense una película de uno de los genios vivos en activo del séptimo arte en aquel país, Woody Allen. Y la elegida ha sido una de nuestras preferidas de una fructífera década, la de los ochenta, en la que el neoyorquino en la que creó master pieces del calibre de 'La Rosa Púrpura de El Cairo', 'Hannah y sus hermanas' u 'Otra mujer'. 

Haciendo un homenaje a Dostoievski y 'Crimen y Castigo' nos plantea unos personajes, unas acciones (morales o inmorales) desde los dos puntos de vista de los personajes que las construyen y otorga al espectador la libertad absoluta de juzgar por si mismo. Woody no condena, no castiga. Se limita a construir unos personajes que giran en torno a la duda. Dudas éticas, creencias existenciales, el complejo concepto del éxito y el fracaso, y la dificultad de diferenciar entre el bien y el mal. Todo ello envuelto con unos diálogos brillantes en los que la balanza de la justicia echa un pulso a la comedia en busca de encontrar la alegría en las cosas simples, con la esperanza "de que las generaciones futuras, comprendan mejor". Quince años después, Woody quizás pensó en esas generaciones futuras al realizar 'Match Point', una actualización que, siendo buena película, no aporta nada (salvo estar hecha en londres y con actores más jóvenes y guapos) mejor que la ejemplar y menos conocida 'Delitos y faltas' que nos ocupa. Ácida, ingeniosa, amarga, descarnada y profundamente melancólica. Magistral. 



Critica: ‘Delitos y Faltas’ (1989)

14/11/2013 de La voz en off

Inspirada en el que una vez fue el guión original de ‘Annie Hall‘, con ‘Delitos y faltas’ Woody Allen abandona la preeminencia femenina que le ocupó películas como ‘Hannah y sus hermanas’ o las más serias ‘Septiembre’ y ‘Otra mujer’. ‘Delitos y faltas’ es una compleja y adulta tragicomedia que narra paralelamente dos historias, de apariencia completamente opuestas. Aunque distintas, ambas convergen en un sincero y devastador final que figura entre las mejores conclusiones de las películas de Woody Allen.

La primera de las historias, protagonizada por un estupendo Martin Landau (nominado al Oscar al mejor actor de reparto), posee un carácter más dramático y serio. En ella, el oftalmólogo Judah Rosenthal, con una vida perfectamente planificada y un gran reconocimiento en su ámbito laboral, ve peligrar toda esa comodidad debido a los celos y arrebatos de su amante Dolores. Ante esta situación, se plantea la necesidad de tener que acabar con la vida de su amada, interpretada por una inmensa Anjelica Huston.

En la segunda de las historias, de carácter más secundario y cómico, Allen interpreta a Cliff, un director de documentales atrapado en un matrimonio infeliz. Cuando intenta conquistar a Halley (Mia Farrow) se pondrá por medio su molesto cuñado Lester (Alan Alda), quien además protagoniza el documental que está rodando Cliff.

Con ambas líneas argumentales, ‘Delitos y faltas’ adopta así una estructura extraña que a primera vista no parecen compatibles, pero que casan a la perfección. Tanto en su vertiente cómica como trágica, Allen consigue un halo de melancolía que emparenta ambas historias, aunque pertenezcan a géneros diferentes. El primer beneficiado por esta naturaleza díptica del relato es el ritmo de la película, consiguiendo que ‘Delitos y faltas’ sea, al mismo tiempo, una de las películas más profundas y más divertidas de su filmografía. La película plantea cuestiones sobre la vida, la muerte, la verdad, la moral y Dios. Todos ellos temas comunes del cine de Allen, si bien en esta ocasión se percibe un mayor pesimismo en su resolución. ‘Delitos y faltas’ pone a prueba la ética del espectador y relativiza con tanta crudeza los términos del bien y del mal que incomoda.

Un buen ejemplo que aúna el estilo cinematográfico y narrativo del autor se encuentra en la estupenda secuencia imaginada, donde se funden el presente y el pasado en una encendida conversación familiar acerca de la religión, la fe, la justicia y el poder político. Allen incide así en la importancia de los sucesos históricos a la hora de calificar los hechos como encomiables o reprobables. En ‘Delitos y faltas’, Allen trata con mayor sinceridad y hasta crueldad la ausencia de un dios, de una entidad superior que juzgue o castigue las supuestas conductas. Todo lo deja a merced de la moralidad de cada uno y de si cada cual es capaz de justificar sus actos sin tener que rendir cuentas a nadie. Esta misma idea sería empleada también en un filme posterior del director, ‘Match Point’, pero sin ese contrapunto cómico, tan vital para la historia.

El director de ‘Manhattan‘ no se corta un pelo y en su insistencia por demostrar la ausencia de un dios juzgador castiga al creyente, sumiéndolo en una ceguera cada vez mayor a lo largo de la película. La visión es empleada como una metáfora de la comprensión moral en más de un momento del filme, desde la alusión a los ojos de dios en su comienzo, pasando por que su protagonista es oftalmólogo y culminando en la ceguera del creyente. Los ojos son también el principal objeto de una de las escenas más arrebatadoras e inolvidables de la película. Aunque en algún momento se fuerza el simbolismo, como en el caso de las luces fundidas del coche del protagonista.

La estupenda conjunción entre las cuestiones más trascendentales de la vida con algunas de las líneas más hilarantes del realizador neoyorkino, convierten a ‘Delitos y faltas’ en una verdadera joya y en una de sus últimas obras maestras por su riqueza de temas, contrastes y perspectivas.