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12 de junio de 2015

Campanadas de la Historia (55) 'Cautivos en la arena': los últimos exiliados de la República

'Cautivos en la arena' es un documental dirigido por Joan Sella en 2006 en el que aborda la historia pocas veces contada de los últimos españoles que pudieron escapar a las tropas franquistas al acabar la Guerra Civil, las más de tres mil personas que pudieron embarcar en el 'Stanbrook', el último barco que pudo zarpar desde el puerto de Alicante rumbo a Argelia. Sin embargo, sus desdichas no habían hecho más que empezar, pues al desembarcar en Argelia, malvivieron exiliados y serían en su mayoría deportados al desierto del Sahara durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Los hombres fueron llevados a campos de concentración franceses en Argelia y las mujeres a una antigua cárcel, fueron mirados como enemigos y obligados a construir el imposible ferrocarril trans-sahariano como semiesclavos. Afortunadamente la intervención de las tropas aliadas cambió la suerte de algunos de estos españoles republicanos. De los campos de concentración de españoles en el norte de África salieron los soldados de la Nueve, una compañía que se unió a la División Leclerc y cuya increíble historia ya contamos en una de nuestras Campanadas de la Historia, siendo los primeros en entrar en París para liberarla. En fin, un apasionante documental para seguir la azarosa historia de los últimos españoles libres de la Segunda República. No se lo pierdan.



"Cautivos en la arena", un documental sobre la odisea de unos héroes del exilio español

Joan Sella 23.03.2012 / RTVE

Una de las emociones más intensas que he vivido en mis treinta años como reportero fue encontrar las tumbas de cuatro republicanos españoles enterrados en la infinidad del desierto del Sahara. ¿Fue encontrar una aguja en un pajar? A la vista del resultado, no, porque los datos documentales que había obtenido para localizar las sepulturas, antes de iniciar el viaje, eran – o seguían siendo- exactos. Pero eso, de antemano y habiendo pasado casi 70 años desde que acontecieron los hechos que dan pie a este relato, no podía saberse con seguridad absoluta, con lo cual el viaje al Sahara se presentaba como una vertiginosa operación de buscar -ni tan siquiera encontrar- una aguja en un pajar. Pero antes de iniciar la narración de la búsqueda creo interesante contar algunos de los hechos que me llevaron al Sahara en búsqueda de vestigios de republicanos españoles.

Hacia el exilio en Argelia

Tras la capitulación de Madrid (marzo de 1939), el ejército republicano abandonó todos sus frentes y decenas de miles de personas que temían las represalias franquistas no tuvieron otro remedio que intentar abandonar el territorio español echándose al mar porque las fronteras con Francia y Portugal ya estaban cerradas. Alicante era el último puerto de la esperanza y, en menos de 48 horas, llegó allí una multitud desesperada. No había barcos para todo el mundo y el ejército vencedor seguía estrechando el cerco. Salieron algunos barcos hacia Orán, en Argelia, la orilla segura más próxima. Eran barcos patera, en los que "si sacabas un pie del suelo ya no podías volverlo a meter", como recordaba Ignacio López Maroto, uno de los que tuvieron la suerte de poder embarcar.

Llegaron a Orán decenas de miles -familias incluidas- de refugiados, al tiempo que el cuartel general del Generalísimo Franco emitía el último parte militar de la Guerra Civil, el primero de abril de 1939: "Cautivo y desarmado el ejército rojo..." La suerte de los republicanos españoles refugiados en la colonia francesa de Argelia contuvo toda la gama de calificativos que se pueden pronunciar entre lo adverso y lo trágico. Quienes peor lo pasaron fueron quienes fueron obligados a trabajar, por el régimen colaboracionista francés de Pétain, en la construcción del Ferrocarril Transahariano, un proyecto quimérico que pretendía unir el Mediterráneo con el río Níger, cruzando el Sahara de Norte a Sur. Lo del Transahariano -recuerda López Maroto- fue lo más parecido a un campo de exterminio. La disciplina, cruel; el calor derretía hasta los sesos y el trabajo, simplemente, mataba.

A la búsqueda de las tumbas de la memoria

Las tumbas anónimas que salimos a buscar -temiendo desde el principio que el desierto habría devorado- pertenecen a cuatro españoles que fueron ejecutados en un campo de castigo destinado a amansar los esclavos más rebeldes del Transahariano. La existencia de las tumbas, junto a los restos del trazado del ferrocarril, probarían que la barbarie del régimen filonazi francés contra los republicanos españoles había existido.

El único dato que teníamos sobre la existencia de las sepulturas se encuentra en las memorias de un ex-represaliado en el campo de castigo de Hadjerat M'Guil, José Muñoz Congost, que apuntó en 1943 las señas para la localización de las tumbas con el fin que no se perdiera la memoria de las mismas.


Congost dejó escrito que, una vez superado el campo de castigo de Hadjerat (hoy cuartel militar) por la carretera que avanzaba hacia el sur, a unos dos kilómetros a la derecha un desvío conducía hacia un pequeño oasis. Las tumbas se encontraban en lo alto de una colina.

En casi 70 años podían haber pasado muchas cosas, entre ellas que el oasis se hubiera secado y la carretera desaparecido. Pero había que intentar llegar hasta las sepulturas de unos muertos republicanos totalmente olvidados para dar carta de naturaleza al hecho de que habían existido. Encontrarlas sería como si nos hubiera tocado la lotería.

Albaricoques en el desierto

Así que una mañana de primavera el productor Ángel Villoria, el cámara Ramón Pazos, el realizador Miguel Mellado, el técnico de sonido Christian Marín y quien escribe nos lanzamos a buscar las sepulturas en el desierto. Cuando llevábamos 750 km de viaje llegamos a Hadjerat M'Guil y la carretera seguía avanzando hacia el Sur. Congost hablaba de dos kilómetros y a la derecha. Allí aparecía una pista de tierra. Parecía que llegábamos a un oasis. La pista terminaba en una alquería donde dos jóvenes estaban recogiendo albaricoques. Preguntamos por lo que buscábamos. Respondieron que en lo alto de la colina próxima había unas tumbas de judíos. Les pedimos que nos acompañaran en el coche.


Llegamos hasta dos pequeños panteones que no eran de judíos sino de militares coloniales franceses. Todos estábamos muy ansiosos. Ramón comenzó a sacar planos y me pidió que me avanzara para reconocer el terreno. Solo di dos pasos y en la cara posterior de los panteones apareció un cuadrilátero, del tamaño de una habitación doble convencional, cerrado por un murete de piedras en el que aún destacaban los túmulos de las tumbas excavados en la arena del desierto. Habíamos encontrado la aguja en el pajar.

Quisimos agradecer el favor que nos hicieron los agricultores comprando – y pagando Villoria al precio que la ocasión merecía- una ingente cantidad de los albaricoques que habían cosechado aquella misma tarde. El crepúsculo se ceñía entre las dunas, la luz pintaba los contornos de color de albaricoque y yo me llevé a la boca una de las frutas recién cosechadas. No recuerdo haber comido en mi vida un albaricoque más sabroso.