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3 de septiembre de 2015

Estupor y Temblores (45) 'Cartel Land', de Matthew Heineman



En este blog ya hemos tratado con anterioridad algunos de los grandes problemas de la política y la sociedad mexicana en otras escabrosas entradas de nuestra etiqueta 'México lindo y querido'. Hoy publicamos 'Cartel Land', una premiada producción mexicano-estadounidense dirigida por Matthew Heineman en 2015 y producida por Kathryn Bigelow (la creadora de 'The Hurt Locker' aquí llamada 'En tierra hostil'), que nos muestra una inquietante visión de dos grupos de vigilantes en la frontera México-USA y su enemigo común, los criminales cárteles de la droga mexicanos. 

En el estado mexicano de Michoacán, el doctor José Mireles, un médico de una pequeña ciudad conocido como El Doctor, dirige a las Autodefensas, una revuelta ciudadana contra el violento cártel de la droga de los Caballeros Templarios. Mientras tanto, en el valle Altar de Arizona, Tim 'Nailer' Foley, un veterano de EE.UU., encabeza un grupo paramilitar, Arizona Border Recon, cuyo objetivo es evitar que la guerra de la droga de México -y de paso los inmigrantes ilegales- se filtren por la porosa frontera entre ambos países. 

El cineasta estadounidense se infiltra en el corazón de la oscuridad de la noche michoacana mientras Nailer, El Doctor y el cártel compiten por imponer su propia justicia donde las instituciones de ambos estados no lo han conseguido. 

Esta película provoca preguntas profundas sobre cómo la corrupción, la anarquía, la ruptura del orden y la dejación de funciones por parte de los estados parece no dejar a una sociedad civil desesperada más remedio que tomar las armas por sí misma para combatir la violencia que sufren con más violencia, para al menos no ser humillados, intimidados o asesinados sin ofrecer resistencia, como hasta ahora había estado ocurriendo. 

Cartel Land - Tierra de cárteles, los dos crímenes

Por Erick Estrada - Cinegarag

“No queremos convertirnos en los criminales que estamos persiguiendo”, dice el doctor Manuel Mireles, líder indiscutible de las Autodefensas en el estado de Michoacán, México, al comienzo de Tierra de cárteles, el durísimo documental que presenta Matthew Heineman, cine fotógrafo, documentalista, editor y guionista no de este sino de otros cuatro proyectos en los que ha participado.

Con una carrera tan aparentemente corta, sorprende un poco la calidad de las imágenes con que presenta primero a los miembros de un cártel (que suponemos son Caballeros Templarios) cocinando meta anfetaminas en pleno bosque michoacano, después a los primeros miembros de las Autodefensas y más tarde a los Arizona Border Recon, un grupo de vigilantes en el desierto de Arizona que de cazar inmigrantes ilegales pasaron a enfrentar a los miembros de los cárteles que circulan por la zona en la que habitan. Un desconcertante (por real) juego de espejos.

Ahí la sorpresa se desvanece. Ver la presentación de estos tres capítulos y la cercanía con que se habla con todos estos personajes denota un trabajo previo de investigación gigantesco, profundo, largo y a conciencia. Ello explica el enfoque triangular de este problema que hoy se ha vuelto internacional y, de paso, la calidad de esas imágenes que circulan por toda la película que a pesar de ello no glorifican un gramo de cualquier cosa que se atraviesa en la lente de Heineman. Nadie se salva, ni siquiera nosotros.

Dato extra: en el cuerpo de productores ejecutivos encontramos el nombre de Kathryn Bigelow y de nuevo los estándares suben. Resulta casi obvio que con su toque la tecnología al servicio del documental es de punta (recordemos las texturas hiper realistas en The Hurt Locker y comparemos con la inserción total de las cámaras en las acciones de esta película) y que ella misma fue un apoyo seguro y concreto para el enfoque casi objetivo del documental que quiere (o quiere hacernos creer que quiere) mostrar todos los lados posibles de los involucrados en el problema (Mireles es captado en todo momento lo que hace imposible perderse sus pecados), desde los miembros de los cárteles hasta los habitantes de un pueblo que en algún momento rechazarán la participación de las Autodefensas argumentando usurpación de las funciones del ejército y el Estado mexicano que, a pesar de ello (y la película lo subraya con una elegancia abrumadora) brillan por su ausencia y muestran una debilidad escandalosa.

Y sin embargo, la película no se ensaña en ello.

La problemática de la justicia por mano propia que cientos de veces ha empujado ejecuciones sin juicio y mucho menos defensa. La tambaleante tabla en la que surfean los derechos humanos cuando el Estado (monopolizador legítimo de la violencia) se vuelve flaco y deja los huecos para que otros otorguen la seguridad que él es incapaz de concretar. La reacción esquizofrénica de un ejército que obedece las órdenes de un Poder Ejecutivo que ni propone ni dibuja un plan. Todas las preguntas desfilan en esta autodescripción (porque la cámara de Heineman pareciera ser solamente un testigo) de lo que ocurrió (y ocurre) en Michoacán mientras, con una puntualidad escalofriante ciertos toques de genialidad intensifican el amargor de esta brutal narración: vemos por ejemplo el primer aniversario de las Autodefensas anotado aquí como el comienzo de su propio declive, celebración que se llevó a cabo el mismo día que Enrique Peña Nieto apareció (por encargo) en la portada de la revista Time con el encabezado “Saving Mexico” coincidencia que, aunque no se menciona en Tierra de cárteles hay que tener presente para captar ese amargor, esa brutalidad.

¿Brutal? Sí, gráficamente hay imágenes brutales, desgarradoras. En Tierra de cárteles hay momentos de tensión casi inhumana en el que las de por sí fantasmales fronteras descritas arriba se mudan de planeta, en las que la razón deja espacio a tormentas de sangre que apenas vislumbramos pero que se sabe existen y existieron -esos gritos detrás de las paredes en los interrogatorios que las Autodefensas llevan a cabo en sus cuarteles centrales-.

Pero más brutal aún son las interrogantes que con toda la intención (y maña) del mundo el documental acomoda hacia su desenlace (que no conclusión): detectados en su narración el cruce de un machismo turbio y serpenteante en las acciones y reacciones de maleantes y vigilantes (que les autojustifica mucha de su violencia y dispara su prepotencia y brutalidad); la corrupción en la que nada el país (en mucho producto de una pésima distribución de la riqueza desde hace cientos de años); y en medio la infiltración del narco mexicano en política, economía y seguridad; mucho más brutal resulta ver la división de las Autodefensas michoacanas en busca de un beneficio más personal y el tácito abandono en el que cayó su líder Manuel Mireles quien, ahora encarcelado debe también preguntarse de qué lado están esos criminales a los que perseguía y en los que no quería que su gente se convirtiera: en el lado de los cárteles o en el lado del Estado mexicano que de la peor de las maneras encarceló a un líder que probablemente hacía demasiado ruido, un ruido que opacaba los discursos oficiales que niegan tanto la existencia de la pobreza como el tamaño del narcotráfico en México, dos cosas que las Autodefensas (ahora incorporadas a ese Estado) colocaron de nuevo en la mesa.