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29 de octubre de 2016

Absurdeces, bocachanclismos y otros extravíos (35) Presidente en propia puerta

Presidente en propia puerta

"Cuanto peor, mejor", debería de ser la frase de cabecera del presidente del Gobierno

Manuel Jabois El País 29 Oct. 2016

El 20 de diciembre de 2015, después de que el PP perdiese 63 escaños y casi 2,5 millones de votos, Mariano Rajoy decidió que iba a ser presidente del Gobierno. Confiaba en el fracaso de la izquierda mucho más que la izquierda en el triunfo propio. Comunicó a sus colaboradores que veía “improbable” un pacto contra él. Le salvarían Cataluña y Ciudadanos. En Cataluña había un proceso soberanista que impedía al PSOE alcanzar acuerdos con CiU y Esquerra; rechazarían su abstención porque, como dijeron los socialistas, no se puede gobernar un país con la ayuda de quienes quieren romperlo. Ciudadanos, mientras tanto, si pactaba con el PSOE sería con un objetivo no de gobierno, como se escenificó con fotos y documentos, sino para alejar a los socialistas de Podemos. O sea, bloquear España.


Mariano Rajoy, este sábado, en el Congreso. Pool Reuters

¿Qué podía hacer el PSOE? Nada. Eso dijo Rajoy en su partido: que se muevan ellos. Adelantaba de alguna manera su intención de renunciar ante el Rey a formar Gobierno. Él sólo tenía que esperar. No se iba a marchar nunca; llegado el caso, podría repetir las elecciones doscientas veces. Así, cuando se le decretó cadáver político y en el PP empezaron a ponerse nerviosos (aquel inolvidable “Rajoy debe mirarse al espejo” que Juan Vicente Herrera dijo a Alsina en Onda Cero), Rajoy movió sus fichas al único lugar en el que podían hacerle presidente: la izquierda política española.

Desde el año 2011, cuando prometió en un mitin en A Coruña la “felicidad” para todos los españoles, hasta ahora pasaron las suficientes cosas para que el presidente del Gobierno dimitiese o, en su defecto, perdiese las elecciones. “Mantendré mis compromisos electorales”, dijo en su investidura sobre la promesa de no subir impuestos. “El mayor esfuerzo no puede recaer en los ciudadanos, tiene que provenir de las Administraciones”. Era el 21 de diciembre. El 31 aprobó el mayor recorte en gasto público de la historia en España: 8.900 millones de euros y subió los impuestos hasta un 7% en el tramo más alto. Estas medidas no las anunció Rajoy; lo hizo su equipo económico. Y que no aprobó sólo el PP: lo hizo con el apoyo de CiU.

El 29 de mayo de 2012 Rajoy dijo que no habría rescate europeo a la banca española. El 11 de junio el Gobierno pidió el rescate: 100.000 millones para inyectar en unas entidades hundidas, intervenidas o gestionadas por muchos que terminaron en el banquillo tras asegurarse indemnizaciones millonarias. De Guindos dio la cara. Dijo que no era un rescate, sino “un préstamo en condiciones muy favorables”. No afectaría a la sociedad española, anunció.

—Si no afecta, ¿por qué no se pidió antes? —le preguntó un periodista.

—A usted no le toca preguntar —respondió.

Días después el Gobierno retiró la financiación a 400 medicamentos y entró en vigor el copago. El 30 de noviembre EL PAÍS informó: “Mariano Rajoy cruzó este viernes la última línea roja que él mismo se impuso, el último gran compromiso electoral que le quedaba por incumplir: las pensiones”. Tampoco salió Rajoy; lo hizo Fátima Báñez para contar que el Consejo de Ministros había decidido no pagar a los más de 8,1 millones pensionistas por la desviación de la inflación en 2012. Lo que suponía, en la práctica, una bajada. Al año siguiente se volvieron a subir los impuestos.

A la situación económica y el rechazo ciudadano le sucedían los escándalos de corrupción en Valencia, en la Comunidad de Madrid y en Génova, donde en 2013 cayó el tesorero, al que se le encontraron con 22 millones de euros en Suiza y apoyado en privado por el presidente, y se hizo pública la contabilidad b del PP; la reforma de la sede del partido del Gobierno se había pagado con dinero negro. Entre medias, apareció desde Cataluña en la esfera ideológica del PP un partido, Ciudadanos, con una razón de ser: la regeneración del centro-derecha español, que consistía en no permitir “nunca” que gobernase Rajoy. “Ni apoyo ni abstención”, dijo Albert Rivera hace cuatro meses.

Tras dos años de crisis del sistema, por fin empezaron a moverse las cosas. Se fue el líder del PSOE que había reclamado la dimisión de Rajoy, Alfredo Pérez Rubalcaba. Abdicó el rey, Juan Carlos I. Dimitió el ministro Gallardón, su leal oposición, tras tumbarle Rajoy una reforma del aborto encargada por Rajoy. Aguirre, la desleal oposición, se fue a por la Alcaldía de Madrid para situarse de nuevo como alternativa de Rajoy; Aguirre perdió. De sus viejos competidores ante Aznar, sólo queda él y uno de ellos, el ministro del milagro económico, se enfrenta a penas de prisión.

El 20 de diciembre de 2015 Rajoy decidió que iba a ser presidente. Pero entonces ni siquiera él sabía que para conseguirlo iba a cobrarse su segunda cabeza en el PSOE sin mover un dedo: se encargaría el propio PSOE de fulminar a su secretario general, y lo haría para convertir en presidente del Gobierno… a Mariano Rajoy. Que había obtenido previamente el sí de Ciudadanos, el partido del “ni apoyo ni abstención” (nada dijo de la euforia). Que tiene ahora en Podemos su mayor oposición, el partido que tuvo en sus manos el futuro de Rajoy con el resultado conocido ayer.

Sigue gobernando el PP, un partido con conciencia de sí mismo mucho más que del país. Y dentro del PP vuelve a gobernar una suerte de familia, una estructura evanescente, poco definida, marcada por el carácter de Rajoy. Ha estado en el Gobierno Aznar, se sospecha que está en el Gobierno Rajoy, y a su alrededor se está derrumbando un mundo, propio y ajeno, del cual sólo emerge él como superviviente de unos años, los noventa, revisados históricamente en el banquillo. Que es a dónde tendrán que ir los historiadores dentro de doscientos años para entender el fenómeno actual: a los sumarios judiciales, al libro de los milagros y la biografía insólita de un hombre que los ha vencido a todos, incluso a sí mismo.