Este es el blog. Y esta es nuestra web, está todo más ordenadito, mejor.

29 de enero de 2021

Ciclo de cine de animación (42) Ciclo de cine europeo (40) 'Alois Nebel', de Tomáš Lunák



La película que hoy presentamos en feliz coincidencia de suponer la número 40 en nuestros ciclos de cine europeo y de animación es 'Alois Nebel' dirigida en 2011 por el checo Tomáš Lunák galardonada como mejor película de animación en los European Film Awards 2012

Lunák firmó con este trabajo su ópera prima, luego de haber trabajado en la elaboración de distintos vídeos musicales con la misma técnica cinematográfica rotostópica que utiliza en esta película. Consiste en filmar con imágenes reales que son posteriormente tratadas dibujando sobre cada cuadro de animación, plano por plano, lo que genera un efecto más real en la animación y en las expresiones de los personajes. Este realismo es una de las grandes virtudes de este film para retratar la soledad y melancolía de su personaje principal pero también la representación del paisaje físico y su gélida y densa atmósfera.

Evocando al muy recomendable clásico del cine checo 'Trenes rigurosamente vigilados' y a la 'Europa' de Lars von Trier (que inauguró nuestro cine de cine europeo), la historia está inspirada en una trilogía de novelas gráficas de Jaroslav Rudiš y Jaromir Svedjik que nos cuenta la historia de Alois Nebel, un empleado de una estación de trenes a finales de la Guerra Fría

Alois combate la crisis de su presente con sus recuerdos de la niñez cuando, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los alemanes que allí vivían fueron expulsados de la región de los Sudetes en Checoslovaquia, una de las primeras zonas anexionadas por Hitler. 

El señor Nebel se siente atormentado por los fantasmas de su pasado, que siempre se le aparecen acompañados de una densa niebla ('nebel' en checo..) que lo traslada a ese momento crucial de su vida donde, en la misma vía del tren, fue separado de sus padres.

A su alrededor aparecen una serie de personajes que completan una trama que, con un ritmo pausado y una lograda estética de luces y sombras, nos conduce a través de la rutinaria y contemplativa vida de un hombre atormentado por los fantasmas de su pasado atrapados en la memoria de aquel hecho traumático que marcaría su existencia.


Alois Nebel (Tomáš Lunák, 2011)

Cine Maldito Nov 27 2012

Alois Nebel supone un golpe sobre la mesa mayúsculo en la producción animada europea reciente. Debut del realizador checo Tomáš Lunák a partir de la novela gráfica del mismo nombre ideada por Jaroslav Rudiš, hace honor a la arraigada tradición animada de su país con un retrato psicológico de un empleado de ferrocarril en la Eslovaquia que abraza el capitalismo, en la línea del clásico 'Trenes rigurosamente vigilados' de su compatriota Jirí Menzel. Eliminada en su carrera por los premios Oscar como representante de la República Checa a Mejor película extranjera, ha sido reivindicada en numerosos festivales como lo que es, una joya en bruto de tono reposado y contemplativo, cuya contenida animación en blanco y negro esconde unos ambiguos personajes marcados por un pasado atroz.

Retrata la historia de Alois Nebel, un funcionario de vida gris encargado de controlar el tránsito de trenes en una recóndita estación situada en la región oriental de la cadena montañosa de los Sudetes, frontera de la República Checa (en los tiempos del filme, Checoslovaquia) y Polonia. Numerosas alucinaciones en las que se funden el presente y un difuso pasado trastornarán la mecánica vida de Alois hasta el punto de cuestionarse su propia cordura. Al mismo tiempo, una misteriosa figura escapa de las autoridades a través de la frontera polaca, armado con un hacha. Ambas figuras se encontrarán sin mediar palabra, trenzando una relación cuyas raíces se hallan en los borrosos recuerdos del protagonista.

Es una película que supone un conocimiento previo por parte del espectador porque evita explicitar hechos que son una realidad en la vida del protagonista. Esto puede considerarse un error o virtud por ser insobornablemente fiel a su premisa, que es la de la narración desde la percepción de Alois Nebel. Aunque un desconocedor absoluto de la evolución de la historia europea a lo largo del siglo XX todavía podría disfrutar de la negrura y desesperanza que desprende el relato, no tendría ni punto de comparación con la experiencia del poseedor de unas nociones básicas, por la infinidad de matices que aportan, sobre todo a la construcción del protagonista. Procedo con una situación temporal para novatos entre los que me encuentro.

Su historia alterna dos tiempos, la acción principal transcurre en la Checoslovaquia de finales de los 80, mientras que las alucinaciones del protagonista se enmarcan en 1945. Estas visiones rememoran la expulsión de los alemanes étnicos de la antigua Checoslovaquia tras la Segunda Guerra Mundial por una supuesta colaboración o filia con la maquinaria Nazi. Este colectivo era mayoría en la región de los Sudetes donde se sitúa la acción principal de Alois Nebel y en su deportación sufrió un trato inhumano que desembocó en numerosas muertes, un hecho oscuro que se prefiere no recordar. Por otra parte la Revolución de Terciopelo a finales de los 80 supuso la caída del régimen y la entrada del capitalismo en el país, con la independencia de la República checa y la eslovaca.

El apellido de nuestro protagonista, Nebel, significa niebla en alemán, una metáfora que referencia lo difuso de la memoria, pilar fundamental de la obra de Lunák. Consecuentemente, todas las secuencias que retratan recuerdos estarán acompañadas de una bruma espesa e impenetrable. Estos pequeños retazos que se desprenden de la trastornada mente del protagonista nos remiten directamente a ese hecho sombrío, también presente en la propia constitución del personaje, sus andares y sus manías. Conocedor de la crueldad de la que el ser humano es capaz, se aferra a sus fieles horarios de tren, la única verdad realmente objetiva que puede apaciguar su desgarrada alma.

El empleo de la técnica de rotoscopiado con la que experimentara Linklater en A Scanner Darkly y Waking Life es utilizada aquí como medio para otorgar un realismo oscuro y turbio a la narración, capturando previamente la acción principal y movimientos de los personajes mediante una filmación convencional para posteriormente otorgarle su carácter animado. Esto permite definir una profundidad en los personajes basada en sus expresiones difícilmente alcanzables mediante animación tradicional. Por esto mismo destaca la veracidad de la construcción del protagonista, en una sobria y elogiable interpretación de Miroslav Krovot (The man from London, Béla Tarr), más aún en un personaje como el de Alois Nebel, cuya personalidad se evidencia por sus acciones y gestos.

En su estructura de relato negro de vertiente psicológica, nos aventura por los insondables rincones de la memoria, sugiriendo y dejando margen al espectador para que saque sus propias conclusiones en esta historia de rencor y venganza, de aceptación y deriva. Su exacerbado pesimismo no deja lugar a duda: podremos sobrellevar nuestra existencia con mayor o menor agrado, pero nunca conseguiremos deshacernos de nuestra pesada losa.

Creación audiovisual en corto (45) Una historia para los Modlin


A Story for the Modlins (Sergio Oksman)


Si les hablo de Rosemary’s Baby (traducida, como en muchos otros casos, nefastamente en España con el spoilerico título de La semilla del diablo) raro será a quien no le suene. Lo mismo con los nombres de Roman Polanski, su director, o Mia Farrow y John Cassavetes. Sin embargo, si les digo el nombre de Elmer Modlin con toda seguridad no sabrán quien es, algo lógico si tenemos en cuenta que este actor pasó su no muy dilatada carrera con más pena que gloria realizando de figurante en multitud de films, uno de ellos el ya citado clásico de terror (donde se le puede ver en la parte derecha del fotograma que encabeza).


Partiendo de un hallazgo en forma de caja con fotos y pertenencias de la familia Modlin, Sergio Oksman emplaza al actor en un fotograma de La semilla del diablo para presentárnoslo debidamente. Los primeros fotogramas pasan rápidamente por delante de los ojos del espectador para restarles importancia y llevarnos directamente a la imagen adecuada: una en la que Elmer Modlin aparece asistiendo a la escena cumbre del film de Polanski, rezagado entre un cúmulo de figurantes que simplemente tenían la misma función que la del actor: hacer acto de presencia. A partir de ese plano, armar Oksman el esqueleto de un relato entorno al material encontrado entorno a la familia que un día debieron ser los Modlin.

Acertadamente, el cineasta español decide prescindir de reconstrucciones escénicas y realiza un sorprendente hallazgo formal: lo único que ve el espectador son las fotografías de los Modlin tendidas sobre una mesa mientras la voz en off describe detalladamente una historia que el propio director ha reconocido ficcionar desde un buen principio. Así se evita la fatigosa reproducción de unas vidas que describen perfectamente tanto las fotografías encontradas por Oksman como algún que otro retal de video que es empleado como si de «found footage» se tratase.

Llama la atención el hecho de como sin recurrir a nuevo material más allá del encontrado, su director construye una nueva historia y reformula hábilmente códigos con tal de llegar a un punto determinado: ese punto es, ni más ni menos, que el de dotar de una marcada ambigüedad a la vida de unos personajes que realmente ni Oksman conoce. Es así como el espectador llega a un punto en el que no sabe si realmente eran gente muy rara, una particular familia o, directamente psicópatas. Un punto realmente cinematográfico si tenemos en cuenta que la raíz de la historia podría no serlo.

Así, lo que bien pudieran ser vidas normales y corrientes (con un punto excéntrico, todo sea dicho) son transformadas en un relato marcado por lo incierto y turbio del mismo, que pese a no mantener ese poder de sugesión que si tienen sus primeros minutos durante todo el metraje, se puede decir que otorgan un trabajo sólido en el que los límites del cine se vuelven a poner en entredicho en un fascinante ejercicio que no tiene desperdicio
 

22 de enero de 2021

Estupor y Temblores (73) En el corazón de la yihad


"Si queréis honor, venid hermanos. No dejéis que os arresten, que os humillen, que entren en vuestras casas por la noche y encuentren a vuestras mujeres descubiertas. Hermanos, temed a Alla, debéis responder al llamamiento del Califato."

"Es vuestro momento. Venid a la tierra del Islam. Si os resulta difícil vivir en vuestros países venid a hacer la yihad (hijrah). Quienes tenéis excusa para no venir combatid a los infieles donde estéis. Poned explosivos bajo sus coches y en sus casas, en todas partes. Envenenad su comida o su bebida. Matadlos, envenenadlos, acabad con ellos."

Así, con estas simpáticas proclamas de combatientes extranjeros de DAESH comienza este (otro) estupendo reportaje de ARTE que esta vez sigue la pista de algunos ciudadanos suizos (y otros europeos) que fueron a Siria para hacer la yihad luchando por el Estado Islámico e, incluso, formar allí una familia. 

Cuando el Califato fue derrotado en la definitiva batalla de Baghuz por los kurdos de las SDF (Fuerzas Democráticas Sirias) apoyados por el indispensable apoyo aéreo de la Coalición internacional comandada por EEUU, los combatientes supervivientes que se rindieron y sus familias (además de las familias de los yihadistas muertos) fueron encarcelados en prisiones del norte de Siria (en la Rojava kurda), donde aún se mantienen. Allí los kurdos que los vigilan esperan infructuosamente que algunos de los países de origen de los prisioneros estén dispuesto a acogerlos de nuevo. Mientras, sus guardianes se ven impotentes para reducir el enorme poder que los prisioneros y mujeres de combatientes más radicales ejercen sobre el resto de habitantes del campo... 

8 de enero de 2021

Estupor y Temblores (72) El asalto al Capitolio



“Pensaba que Trump era una amenaza existencial para Estados Unidos, y ha sido 100 veces peor de lo que me temía” Grant Woods, ex fiscal general de Arizona y ex-jefe de Gabinete de McCain


El pasado 6 de enero se concentraron a la puerta del Capitolio en Washington, sede de la soberanía popular de la más antigua democracia del mundo, una recua de trumpistas acérrimos, filofascistas, fundamentalistas cristianos, conspiracionistas de QAnon y supremacistas blancos. El propio Donald Trump los había concentrado allí el mismo día en el que se iba a certificar en el Congreso la victoria de Joe Biden en las elecciones. Tal y como han señalado numerosos analistas, este asalto al Capitolio puede suponer un punto de inflexión en la estrategia y la acción de las extremas derechas de todo el mundo.

Si algo nos recuerda, una vez más, el asalto al Capitolio de las hordas trumpistas es que las palabras nunca se dicen en vano. Donald Trump lleva meses clamando contra la legitimidad de las elecciones del pasado mes de noviembre (incluso antes de que se celebraran), difundiendo la idea de el Partido Demócrata y las "élites" les habían "robado las elecciones", tachando de ilegítimo al gobierno de Biden, dando pábulo a teorías conspirativas...y al final las mentiras han calado entre sus seguidores. 

Si 2020 ya fue un año saturado de acontecimientos impensables, este 2021 ha arrancado con un sobresalto político cuyos efectos no seremos capaces de calibrar hasta dentro de unos años. Joe Biden, el presidente electo de los Estados Unidos, se verá obligado a lidiar con una sociedad polarizada como nunca y una extrema derecha desatada, que también ha tomado al asalto al partido republicano.


Lo que sucedió en el Capitolio plantea otra cuestión de gran calado sobre la naturaleza y el funcionamiento de las instituciones y las fuerzas de seguridad estadounidenses. Resulta difícilmente comprensible cómo, en un país en el que la policía se caracteriza por ser muy fácil de gatillo en las situaciones más inofensivas, una turba de insurrectos fuera capaz de tomar la sede de la soberanía popular sin esfuerzo e incluso con la anuencia de algunos de los policías del Capitolio.

Estados Unidos lleva varios meses sumido en episodios de tensión y protestas generadas por el movimiento Black Lives Matter, siempre duramente reprimido por la policía, y los supremacistas blancos que se oponen a ellos. Basta ver dos imágenes para comprobar el diferente trato que reciben de la policía los manifestantes antirracistas y las protestas de extrema derecha. 

De lo que se trata es de saber hasta qué punto estos movimientos filofascistas y supremacistas blancos cosechan simpatías entre los agentes de policía y los militares estadounidenses. No en vano, una de las cuatro manifestantes muertas en el asalto era Ashli Babbitt, una soldado retirada de la Fuerza Aérea que estuvo destinada en Afganistán y en Irak. 

Desde los primeros momentos se sospechó que los asaltantes pudieron tener ayuda desde el interior del Capitolio, tanto por parte de miembros de las fuerzas de seguridad como de congresistas republicanos. La cuestión está siendo investigada, pero no sería muy sorprendente conocer que la agenda ultraderechista de Trump haya llegado a infiltrarse en el mismo núcleo del Estado.

Cuando empezaron a circular las imágenes del asalto del Capitolio, todo el mundo quedó en vilo, expectante ante un acontecimiento insólito, imprevisible y, en cierto modo, también impensable. Por mucho que Trump haya sido un presidente estrambótico, con pensamiento y maneras sobradamente autoritarias y ningún respeto por las reglas del juego democrático, no parecía posible que en el país que presume de ser la democracia más antigua y asentada del mundo pudiésemos a ver algo así. 

Pero fue posible y lo vimos, lo cual es clarísima prueba de lo frágiles e imperfectos que son siempre los pilares de un sistema democrático que, mal que bien, respeta las libertades de los ciudadanos y no debería regirse por la voluntad única de un déspota ni por los caprichos de una masa enfurecida.

Porque, ¿quiénes eran esas miles de personas que se congregaron para tomar el Capitolio por asalto?, ¿pertenecen todos al Partido Republicano?, ¿qué piensan?, ¿son todos lo mismo?, ¿estaban coordinados?

Por lo que se ha podido saber, los asaltantes conforman más bien un variado catálogo de grupúsculos políticos y religiosos antes que un movimiento único y organizado. Esa es la relativa ventaja que tendrá a su favor el demócrata Joe Biden, presidente de Estados Unidos desde el 20 de enero. 

El día de su toma de posesión, y los previos, se desplegó en Washington un desproporcionado dispositivo militar y policial para evitar nuevas intentonas insurreccionales de los trumpistas. Ese clima de amenaza e incertidumbre es muy parecido al que deberán afrontar el tándem Biden-Harris en su ciclópea tarea de gobernar un país cada vez más dividido, cada vez más enfrentado, en medio de una pandemia que ya ha matado a más de 400.000 estadounidense y sumido al país en una enorme crisis económica que se ha llevado por delante millones de empleos. Desde este blog les deseamos la mejor de las suertes. Los problemas siguen pero al menos la pesadilla naranja ha terminado.