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21 de junio de 2021

Vocabulario Fundamental. Dolor (9) "donde más duele.."


Una desoladora ilustración de Paco Catalán y un reportaje de Informe Semanal nos llevan al espanto que está viviendo la madre de las niñas Olivia y Anna sabiendo que nunca volverán del mar donde las enterró su inmundo padre, Tomás Gimeno, en un aterrador ejemplo de lo que se ha dado en llamar violencia vicaria. Descansen en paz las dos pequeñas. 

Golpear donde más duele

El hallazgo del cadáver de la niña de 6 años secuestrada junto a su hermana pequeña por su padre en Tenerife confirma la peor de las hipótesis. Tomás Gimeno y las dos niñas, Olivia y Anna, desaparecieron el 27 de abril. Él le había dicho a la madre que no las volvería a ver. Todo apunta a que ha cumplido su amenaza de la forma más cruel. Un buque ha localizado esta semana los restos de Olivia en una bolsa atada a un ancla a mil metros de profundidad, a tres kilómetros de la costa. La búsqueda de la hermana continúa.

'Informe Semanal' aborda el reciente repunte de los asesinatos machistas, con especial atención a la llamada violencia vicaria. El hombre busca causar daño a la madre a través de los hijos. 39 menores han muerto asesinados por sus padres o la pareja de sus madres desde 2013. El programa ha hablado con psicólogos y expertos sobre esta forma de violencia extrema y del rápido aumento de los asesinatos machistas desde el levantamiento de restricciones por la pandemia.

27 de noviembre de 2020

La condena del refugiado (13) Vocabulario Fundamental. Dolor (8) El dolor de Aya, la madre de Jusuf


Escuchad el sonido del naufragio que vivimos ayer. El grito desesperado de una madre en busca de su bebé de 6 meses de vida, en medio del caos. Le recuperamos del mar en parada respiratoria, remontó, pero horas más tarde su pequeño cuerpo no resistió. Ella es la madre de Jusuf.

En este blog somos muy de Open Arms y por eso no podíamos dejar pasar sin publicar este video terrible que nos muestra una vez más las tragedias de la migración. Sólo en este 2020 cerca de 900 migrantes han muerto en el Mediterráneo tratando de llegar a Europa. Hace unos días nos estremecimos con el video del rescate del naufragio de una patera a la deriva y los gritos desesperados de una mujer que sólo podía repetir "I lost my baby" (perdí a mi bebé), tras desaparecer su hijo en el mar. 

De hecho, los rescatistas de Open Arms lograron encontrarlo y subirlo a bordo de su barco pero no pudieron reanimarlo y terminó falleciendo. La foto que encabeza este post es del momento en que se lo dicen y ella simplemente queda por los suelos, destruida, como una Pietá moderna desposeída de lo que más quiere. Nada en su vida volverá a ser igual después de ese momento. Ella es Aya, la madre de Yusuf, y ya está en nuestro país. Desde aquí esperamos que pueda continuar con una vida digna aunque nunca olvidará el momento en que el mar le arrebató una parte, quizás la más importante, de sí misma. 

"¡He perdido a mi bebé! ¡He perdido a mi bebé!". Ese es el grito desgarrador de una madre que acaba de perder a su hijo en el naufragio de una patera en el Mediterráneo central. El vídeo lo ha compartido en Twitter la ONG Open Arms, que ayer rescató a la embarcación, aunque no pudo evitar la muerte del bebé y de otras cinco personas.

"No me voy sin mi hijo", exclama en el vídeo la mujer. El niño, un bebé de seis meses llamado Joseph, fue rescatado en estado crítico y llevado a bordo del Open Arms, pero, tal y como han publicado desde la ONG, apenas unas horas más tarde falleció.

La ONG rescató a 111 personas de una patera que llevaba desde el martes a la deriva y que fue encontrada al poco tiempo de que cediera el suelo de la patera, según ha explicado su fundador, Óscar Camps.

"Somos un grupo de voluntarios con un viejo barco y aunque la entrega es grande, solos en el mar no podemos contener la tragedia del Mediterráneo", ha recordado en redes sociales el fundador de la organización, solicitando "corredores humanitarios ya".

10 de mayo de 2020

Frontera D / Mis 5W (2.1) Who: Renacimientos / Prometeo en Malasaña

Mis 5W (2) Who

2.1 Renacimientos / Prometeo en Malasaña

"La tragedia es un momento y la vida que resiste es todo el resto". Patrizia Cecconi

A mi madre le gusta decir que yo he nacido tres veces. La segunda fue justo después de la primera, cuando, siendo un recién nacido de prominente frente y gesto determinado, una  atolondrada enfermera confundió el suero que tenía que administrarme oralmente con un líquido anestésico. Según el relato paternal, a pesar de mi enconada y en principio incomprendida resistencia a ingerir aquella sustancia, terminé perdiendo la consciencia, algo poco recomendable para un neonato. 

Me salieron unos bultos oscuros en la piel por el narcótico ingerido pero, tras despertar empapado en sudor, seguí negándome con instintiva terquedad a tomar las cucharaditas que insistía en darme la incompetente sanitaria hasta ponerme cianótico por la cerrazón de mi organismo a seguir ingiriendo aquel estupefaciente fatal. 

Afortunadamente mis padres se acabaron dando cuenta del error a tiempo y pude salir de aquello. Fue mi primer coqueteo con la parca y probablemente el primer resacón de mi vida. Por lo visto la torpe enfermera fue despedida, lo que algunas veces me ha dado cierta culpa, al menos durante unos segundos.

La otra ocasión en que estuve a puntito de caramelo fue aquella maldita tarde de finales de mayo cuando fui a Burgos con mi moto a ver a unos amigos que vivían allí. Tras llegar a su piso los saludé y uno de ellos me pidió que le diera una pequeña vuelta por la urbanización en las afueras donde vivían. 

Tras dejar mi casco porque no teníamos otro, bajamos a por la moto. Mientras circulábamos tranquilamente por la solitaria urbanización junto a un coche que iba algunos metros por delante de nosotros, en el carril paralelo a nuestra derecha, éste dio un súbito volantazo a la izquierda cruzándose inopinadamente en nuestro camino. En mis últimos recuerdos, frenar a tope sabiendo que el impacto era inevitable y un ínfimo conato de consciencia de que a partir de ese momento brevísimo mi vida iba a cambiar, para siempre. 


Azares

Como suele pasar cuando un vehículo biciclo choca de frente con un obstáculo atravesado en medio de la carretera, el impacto hizo que yo saliera por los aires, chocando contra el coche y cayendo después contra el asfalto, donde quedé inconsciente. 
Los dos funestos individuos que viajaban en el coche se quedaron allí parados, como dos gilipollas, sin hacer nada, viéndonos tirados, a mi amigo gritando en el suelo con un brazo roto y yo derrumbado, en silencio. Dañadas gravemente mi arteria y vena subclavias derechas, me desangraba en el asfalto. La vida se me iba a borbotones en esa puta carretera.

Afortunadamente, en ese momento varios benéficos azares conspiraron para que ahora mismo pueda estar escribiendo esto. Uno, que un tipo desde lo alto de una construcción cercana había visto toda la escena y él sí avisó a Emergencias. En pocos minutos desde el Hospital General Yagüe (el nombre lo único reprobable), que afortunadamente -dos- estaba cercano pudo llegar una ambulancia a recogernos, justo a tiempo -tres- para sacarme de un primer shock hipovolémico por pérdida de sangre. Otro shock sucedió entrando en el hospital pero ya lograron sacarme de él los del equipo de cirugía vascular que -cuatro- estaban de guardia.

Rápidamente me cortaron un trozo de vena de mi fémur izquierdo, y pudieron empalmar con ella los vasos sanguíneos dañados tras romper mi clavícula derecha para poder acceder internamente y así realizar el injerto sanador. Gracias a esta operación pudieron parar la hemorragia y logré superar mi crítico estado. Y también gracias a las enfermeras de la UCI donde estuve varios días, dándoles bastantes problemas. 

Cuando desperté de la operación mi mente funcionaba errática, sin recordar lo ocurrido, deliraba, no entendía qué hacía allí, que me ocurría, pensaba que me habían secuestrado, no sabía por qué tenía mi brazo derecho inmovilizado, me quitaba los tubos de respiración hasta que perdí los nervios y tuvieron que atarme a la camilla, lo que provocó una cascada de blasfemias e insultos por mi parte. Lo siento chicas, aquel no era yo...

Al cabo de cinco días pude recuperar la razón, salir de la UVI, pasar a Planta y conocer el alcance de mis lesiones. Aparte de algunas costillas rotas, fractura interna de la mandíbula y el mayor chichón que se puede tener en la cabeza sin que derive en fractura craneal, me comunicaron que había sufrido una flexopatía, una gravísima lesión en el plexo braquial de resultas del choque contra el coche y posterior caída sobre el hombro, una lesión común en motoristas accidentados.


El plexo braquial conecta el sistema nervioso central con el periférico, llevando las señales nerviosas desde la médula a los músculos de las extremidades. Varias de mis raíces nerviosas cervicales habían sufrido lesiones, se había producido un arrancamiento de algunas de las fibras nerviosas que salen de la médula que afectaba a las raíces cervicales C6, la C7, la C8 (la única que se arrancó entera) y la T1, la primera dorsal. Por eso apenas podía mover mi brazo derecho y por eso sentía en él unos dolores tan extraños y tan cabrones, era la presentación en primera persona del dolor neuropático. Lo que aún no sabía es que, corregidos y aumentados a través del paso del tiempo, esos dolores entrarían a formar parte consustancial de mi ser y me acompañarían probablemente el resto de mi vida.

Dictante Dolore. En la tierra del dolor

Tras dos semanas en planta en el hospital y pedir el alta para terminar de recuperarme físicamente en casa, viajamos a la ciudad suiza de Lausanne donde me operó un especialista en estas lesiones para intentar reparar algunas de las conexiones rotas, encauzando los nervios desde la médula para que en su lentísimo crecer fueran reinervando los músculos correspondientes del brazo para al menos poder recuperar la pinza de la mano. Esa época de choque post-trauma, depresión galopante y lacerantes dolores fue claramente la peor de mi vida. 

Con el tiempo pude recuperar músculos del brazo pero no del antebrazo, lo que me ha complicado bastante la vida, física y psicológicamente. Porque además el dolor, el puto dolor, los distintos dolores, han permanecido siempre conmigo como indeseables compañeros de vida, impertérritos, impredecibles, casi invulnerables, manifestándose cada día, cada hora, cada minuto, la única diferencia es la intensidad y en qué zona del antebrazo y la mano los siento. 

Desde el dolor de guardia que por defecto embute mi mano en un guante tres tallas menor a la tenaza que machaca incansable los nudillos, o el que atrapa mis dedos en los goznes de una puerta que se abre y cierra o "el de la C8", una insufrible tortura que me desgaja el exterior del antebrazo desde el meñique hasta el codo, una picana eléctrica que recorre incansable ese trayecto desquiciándome con insoportables calambrazos de 20 o 30 interminables segundos cada minuto..., y así puede estar durante horas, a veces días, destruyéndome por dentro.


Los dolores neuropáticos son muy difíciles de paliar de por sí, pero los que provienen de una flexopatía más aún ya que son dolores reflejos, es decir, en mi caso, los siento en la mano y el antebrazo derechos pero no se producen ahí, se generan en las cicatrices que dejaron en la médula las fibras nerviosas al desgajarse. Es decir, los seguiría sintiendo aunque hubiera perdido el brazo. Son como los chispazos que brotan de un cable de la luz al ser arrancado de un tirón y su perverso resultado es que se produce dolor donde antes se generaba movimiento y sensaciones. 

Como expresaba el escritor francés Alphonse Daudet en su muy recomendable libro autobiográfico 'En la tierra del dolor' (en el que relataba los terribles padecimientos derivados de una tabes dorsal, una variante de neurosífilis), "no hay palabras que puedan expresarlo, se necesitan gritos". Daudet hablaba del "dictante dolore", su dolor presente en todas sus actividades cotidianas, por supuesto también en su trabajo como escritor. 

El advenimiento del dolor crónico te convierte en un ser traumado, anhelante y poco divertido, mientras entra, al asalto, a formar parte de tu vida, de ti mismo, como un döppelganger malvado que intenta continuamente tomar el poder en tu pensamiento. Sin embargo, al poco tiempo tu dolor cotidiano deja de ser noticia para la gran mayoría de personas con quien te relacionas y por tanto, motivo de solidaridad y cuidados, e inevitablemente empiezas a notar como la compasión de los otros, con escasas excepciones, se va embotando. Como escribe Daudet: "Dolor, siempre nuevo para el que lo padece y que va pareciendo trivial a quienes lo rodean. Todos se acostumbrarán a él menos yo." 

Esta percepción heladora añade pesar al sufriente, que intenta aprender a no exteriorizarlo para no leer en otros rostros el cansancio o la incomodidad por una repentina situación malrrollera, lo que le lleva a, si está en público y le resulta imposible apartarlo mentalmente y no retorcerse, buscar una privacidad donde pueda sufrir a gusto.

Los dolores pueden aparecer por sorpresa, o a veces es un cambio de posición o un leve movimiento de cuello lo que desencadena las crisis o, sin mediar causa ninguna, se abalanza sobre mí estando durmiendo, convirtiendo literalmente mis sueños en pesadillas, martirizando y mediatizando mis días y noches y sólo puedo paliarlo, en parte, enganchado a elevadas dosis de fentanilo. Pero en demasiadas ocasiones ni siquiera los opiáceos pueden con él y me inunda el cuerpo y el cerebro de un sufrimiento brutal, desquiciante, que me puede inhabilitar durante horas. La marihuana me ayuda cuando el dolor no es muy intenso, su labor difuminadora me ayuda a mantenerlo mentalmente en segundo o tercer plano de pensamiento y así intentar no exteriorizarlo pero, cuando está en modo despiadado y el CBD no puede con él, puede llegar a ser contraproducente ya que la intensificación de sensaciones propias del cannabis puede magnificarlo y llenarme el cuerpo, el cerebro, de un dolor negro, abismal, todopoderoso.


Los estímulos dolorosos que se mantienen en el tiempo exigen una alta atención diaria que agota la energía física y mental y obviamente afecta al rendimiento cerebral, pudiendo provocar importantes reacciones emocionales que potencien el sufrimiento que lleva asociado, afectando a todas las áreas vitales (laborales, emocionales y sociales) de las personas que los sufren. 

Quien padece dolor crónico se encuentra pues con un atolladero vital del que le será imposible salir, una maldición de carácter casi mítico como la de aquel Prometeo, osado Titán que, tras robar el preciado fuego (símbolo de la vida, la energía y la inteligencia) de los dioses para entregárselo a los humanos, aquellos, siempre picajosos con sus cosas de divinidades, le condenaron a ser encadenado a una roca en una montaña del Cáucaso, donde todos los días sería visitado por un águila que le comería el hígado. Debido al carácter inmortal de Prometeo la víscera se regeneraría para, al día siguiente, volver a ser devorada por la hambrienta rapaz y así para siempre, a mayor gloria del dolor perpetuo. 

Afortunadamente para él, el mito continuaba con un deus ex machina de libro en forma de la aparición en escena de Heracles, hijo de Zeus, que pasaba por allí de camino al Jardín de las Hespérides. Fue donde Prometeo se hallaba y compadeciéndose de él mató al águila de un certero flechazo. Esta hazaña de su hijo logró hacer recapacitar a Zeus sobre el castigo a Prometeo, consintiendo en liberar al desdichado de su cruel destino. Eso sí, siempre habría de llevar con él un anillo con un fragmento de la roca a la que estuvo encadenado para no olvidar aquellos tiempos de sufrimiento legendario. 

Sólo espero que algún día gracias a los avances médicos en regeneración de nervios se puedan reparar en mi médula las conexiones nerviosas dañadas, hasta entonces seguiré encadenado a mi tormento diario como indeseable compañero de vida, siempre conmigo, retorciéndome por dentro, el puto dolor siempre detrás mi pensamiento, de mis palabras, semper dictante dolore. 

16 de agosto de 2015

Vocabulario Fundamental. Dolor (7) El dolor de la tortuga

Impactante video que muestra el dolor extremo que siente una tortuga olivácea recogida por los biólogos Nathan Robinson y Christine Figgener localizada en aguas de Costa Rica, en el proceso la que se le ha incrustado un objeto plástico en uno de sus orificios nasales, complicando gravemente su respiración y su vida. Los dos científicos, con ayuda de miembros locales de su equipo de preservación marina, tratan de extraer el objeto con unos alicates, y sólo entonces se dan cuenta de lo largo que es y lo profundamente que está incrustado en el interior de su cabeza. El dolor que sufre el desdichado animal es bien visible y más allá de la sangre que obviamente acaba por brotar, podemos imaginar su terrible sufrimiento desde el funesto día que se encontró con este dañino fragmento de civilización humana. 

Un objeto absurdo entre los miles de millones de toneladas de basuras y residuos de todo tipo que son vertidos diariamente en ríos y mares directamente desde nuestros pueblos y ciudades que son arrastrados por mareas y corrientes, que van agrupándose en crecientes islas de objetos artificiales semejantes a las formaciones de algas de los que se alimentan o encuentran cobijo muchas especies marinas, y pasan a formar parte de los colosales vórtices de basura y residuos que existen en los grandes océanos de la Tierra, minicontinentes con toda clase de contaminantes que se van fragmentando cada vez más y disolviéndose lentamente el agua, emitiendo sustancias químicas venenosas, afectando cada vez a más especies que los consumen por error según se van disgregando y convirtiendo en trillones de tóxicos fragmentitos artificiales de tamaño microscópico, del tamaño del plancton que sustenta la vida en los océanos, que comprometen a toda la cadena trófica de los distintos ecosistemas marinos de los océanos de todo el planeta.

Observar los ocho minutos que dura la extracción del objeto puede resultar angustioso también para nosotros al empatizar con ese ser desdichado, pero también nos hará ser conscientes del letal impacto que provocan nuestros irresponsables actos de consumo. Como dice el propio Nathan Robinson: "Hay una solución y está en nuestras propias decisiones. Por favor, decid no a todos los productos de plástico de un solo uso. Cada pajita de plástico, cada bolsa de plástico, o cada botella de plástico que termina en los océanos podría significar la diferencia entre la vida o la muerte para un alto número de animales marinos". Amén a ello. Desde este blog agradecemos sinceramente el loable gesto de los rescatadores y deseamos pronta recuperación, suerte y larga vida a este valiente quelónido cuyo sufrimiento silente nos ha resonado tan dentro. 

13 de marzo de 2012

Vocabulario Fundamental. Dolor (5) El dolor de las víctimas

“Manjón ha optado por el activismo político, demostrando que le puede más el odio a quienes no comparten sus ideas que el dolor por la muerte de su hijo”.
Editorial. El Mundo, 12 de marzo de 2012.

De El Intermedio publicamos la entrevista que Gonzo hizo a Pilar Manjón, presidenta de la Asociación 11-M Afectados por el Terrorismo (en la que se encuentran la mayoría de víctimas o familiares de víctimas del atentado yihadista del 11-M), en la que ésta muestra el dolor infinito que sienten quienes ven ultrajado el recuerdo de sus seres perdidos y ellos mismos menospreciados e insultados por miserables personajes de la caverna mediática afin al PP como el mismo Pedro J. Ramírez o directamente por miembros de este partido, como Mayor Oreja, Esperanza Aguirre o la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, para quienes parece evidente que no todas las víctimas son iguales. Ascopena de gente.

11 de noviembre de 2011

Vocabulario Fundamental. Dolor (4) El dolor de la guerra afgana

Los familiares de un soldado estadounidense y los de varios civiles afganos muertos en un atentado en Afganistán se desgarran del mismo dolor en sus entierros, unidos en la muerte sin saberlo, a medio mundo de distancia.

24 de agosto de 2011

Vocabulario Fundamental. Dolor (3) Martin Garitano y el dolor de los otros

El dolor de los otros
Juan Cruz 22.08.11

Garitano, diputado foral de Vizcaya, ha indignado a la gente con mucha razón; incluso los suyos, los de Bildu, están indignados, o por lo menos eso es lo que se deduce de algunas deducciones de prensa. La raíz de la indignación es razonable y lleva a aumentar el nivel propio de la indignación. Enfrentado al dolor de las víctimas del terrorismo dijo el político independentista vasco que ya habría tiempo para ocuparse del dolor de los otros. Y más adelante afirmó que era deplorable y mucho más que un error que Eta atentara en Catalunya. Lo que le afean, y le estoy afeando ahora con toda la indignación posible, es la beatitud con que trata Garitano a los próximos que han causado dolor, y de qué manera olvida que el dolor de los otros es el dolor de muchísima gente, y en ese sentido es el dolor propio, el dolor de un país, el dolor de la humanidad entera. Una herida al otro es una herida causada a todos. Nadie sufre más que quien ha recibido el dolor en su propia alma y en su propio cuerpo, pero la colectividad siente un dolor real, simbólico pero de una simbología tangible, cuando se agrede a una sola persona. Una sola persona es metáfora de todas las personas.

Garitano no se ha disculpado aún, ni ha abandonado su cargo, para el que fue elegido, ni quienes lo han elegido le han pedido que abandone, con vergüenza, el sitio público que ostenta. Esa relatividad moral con la que se oyen los disparates causados a la esencia de la libertad de las personas es un remanente viscoso del terrorismo que parece que se acabe. El terrorismo es el insulto por otros medios, también, y Garitano ha insultado. Debe disculparse y limpiar su barbaridad marchándose del sitio público para el que lo han elegido.

14 de octubre de 2010

Vocabulario Fundamental. Dolor (1) El dolor en el cuerpo, en el cerebro, en el alma

Da igual que la espalda se desgarre, la cabeza martillee o se pinche la pantorrilla; el dolor nace siempre en el cerebro. El dolor es algo más que una mera experiencia somática. Al tiempo que despierta sensaciones, sucumbe a la fuerza controladora de la mente. Dr. Burkhart Bromm. El origen del dolor

Visto con ojos primitivos, el dolor corporal es la verdad única, irrefutable, no perturbada por nada externo (el martirio, el sacrificio por otra persona). Es curioso que el dios del dolor no fuese la principal divinidad de las primeras religiones (quizá lo haya sido de las posteriores). Franz Kafka. Diario personal

Cuánto sufrí ayer por la noche: el talón y las costillas... qué tormento. No hay palabras que puedan expresarlo, se necesitan gritos. Alphonse Daudet. En la tierra del dolor

Dolor, s. Estado de ánimo ingrato, que puede tener una base física, o ser puramente mental y causado por la felicidad ajena. Ambrose Bierce. Diccionario del diablo


Primera parte. El dolor en el cuerpo y el cerebro

Todas las personas experimentamos dolor. Se trata de uno de los síntomas más frecuentes y difíciles de tratar. Esta sensación es debida a las señales que emiten las terminales nerviosas para el dolor, denominadas nociceptores, y que viajan a través de los nervios periféricos que recorren el cuerpo hacia el sistema nervioso central, el cerebro y la médula espinal. Se reúnen en el cuerno posterior medular, una región que actúa clasificando los mensajes del dolor. 

Las señales se transmiten al tálamo y la corteza cerebral, donde la sensación se hace consciente. El procesamiento psico-físico puede variar según la personalidad, el estado de ánimo y la educación. El dolor provoca también reacciones vegetativas, como la taquicardia, el aumento de la presión arterial, la sudoración y el aumento de la frecuencia respiratoria. El dolor es considerado hoy como una parte del sistema protector, advirtiendo oportunamente al organismo acerca de estímulos nocivos externos. zonamedica.com.ar

Tres 14 - Dolor

El dolor es un mecanismo que nos protege de las agresiones externas. Hay personas que no sienten dolor y mueren pronto porque dañan su propio cuerpo sin darse cuenta. Aguantarlo puede provocar consecuencias graves en las funciones cognitivas cerebrales. 

¿Qué es el dolor? ¿Qué nuevas formas hay para controlarlo? ¿Por qué no todos sentimos por igual el dolor? ¿Cómo influye en el cerebro soportarlo? Tres14 entrevista a Carlos Belmonte, catedrático de fisiología e investigador del Instituto de Neurociencias de Alicante, que nos explica todo sobre los mecanismos del dolor y las nuevas formas que hay para controlarlo.





Segunda parte. Dictante dolore, el lenguaje del dolor
"Los anocheceres de morfina, el efecto del cloral. El Erebo, el caudal negro, opaco, más el sueño a flor de vida, la nada. ¡Qué inmersión, qué deleite cuando te sumerges ahí! Sentir que te atrapa, que te arrastra. Por la mañana, dolores, dentelladas, pero la cabeza libre, más aguda quizá... o descansada, sin más. Intentos de sueño sin cloral. Párpados cerrados. Se abren abismos a derecha e izquierda. Amodorramientos de cinco minutos, con la angustia de pesadillas en que resbalo, me despeño: el vértigo, el abismo. Dolor, siempre nuevo para el que lo padece y que va pareciendo trivial a quienes lo rodean. Todos se acostumbrarán a él, menos yo. (...) Contractura del pie derecho con reflejos hasta las costillas. Todos los tirones de hilos del hombre orquesta que enarbola sus instrumentos. En la carretera de Draveil, con hilos en los codos y en los pies... El hombre orquesta del dolor, ése soy yo." Alphonse Daudet. En la tierra del dolor


Este redactor cree hablar en nombre de todos cuando afirma que ante un dolor súbito e intenso, verbigracia el producido por un encuentro carnal no deseado a la altura de la tibia con un bolardo de hierro pintadito de gris camuflaje y plantado en la acera de alguna calle madrileña, un buen juramento a juego con el objeto que nos haya dañado o una rotunda blasfemia que nos salga de las tripas es lo más procedente para al menos concedernos cierto desahogo moral ante el percance. 

Sin embargo, cuando el dolor nos invade y se nos instala dentro, perpetuándose en algún área de nuestro cuerpo, maldecirlo con vehemencia se nos queda corto así que además de sufrirlo a machete porque no nos queda otra, podemos reflexionar sobre él, interiorizarlo, ponerle cara, hablar de él con alguien (lo que siempre ayuda) y si sabemos juntar letras con cierto criterio escribirlo.

Alphonse Daudet (1840-1897) fue un escritor francés que a finales del siglo XIX escribió "En la tierra del dolor" (La doulou), cuaderno de notas preclaro y conmovedor sobre los años en los que sufrió los síntomas de una neurosífilis terminal conocida como tabes dorsal (que provoca ataxia, es decir, la progresiva incapacidad para controlar los movimientos propios) que acabaría con su muerte. Daudet contrajo la enfermedad cuando tenía diecisiete años, aunque no notó los primeros síntomas hasta 1884, entrando a formar parte del grupo de escritores sifilíticos como Flaubert, Baudelaire y Guy de Maupassant.


En su libro consignaba los efectos de los distintos dolores de creciente intensidad que su enfermedad le provocaba, así como las dolorosas e inútiles curas a las que sometía la medicina del siglo XIX a los que la padecían, lo que además le convirtió en adicto al alcohol, el láudano y la morfina. Su escritura, que orbitó alrededor del dolor a lo largo de más de diez años, muestra una desasosegante mirada a su sufrimiento, su miedo y su patética humanidad. En el ensayo colectivo El dolor: los nervios culturales del sufrimiento Francisco González reflexiona sobre la obra de Daudet de esta forma:
"Para esta obra tan singular Daudet había encontrado un epígrafe revelador. Dictante dolore. Jubilada la musa, es el dolor el que dicta al escritor las palabras. La empresa que acomete Daudet es un combate desesperado porque las únicas armas de las que dispone son precisamente las palabras y éstas están bajo el imperio del dolor. En efecto, el dolor se resiste a ser expresado ("Cuánto sufrí ayer por la noche: el talón y las costillas... qué tormento. No hay palabras que puedan expresarlo, se necesitan gritos. Y además, ¿de qué sirven las palabras para todo aquello que se siente a fondo en el dolor (y también en la pasión)?").
Incapaz de referir el sufrimiento, el lenguaje deberá entonces recurrir a las metáforas. ("A veces bajo el pie, un corte muy, muy fino: un pelo. O tajos de navaja bajo la uña del dedo gordo. En los tobillos, el tormento de la bota. Dientes de rata agudísimos que roen los dedos del pie"). Pero la mayoría dei tiempo el dolor impide la escritura ("A ratos, imposibilidad de escribir, de tanto como me tiembla la mano"), y cuando le permite al escritor coger la pluma le cambia la letra, condiciona la sintaxis de sus frases o le deja simplemente vacío frente a la página deslumbrante de blancura.
Despojado del lenguaje, el escritor sufre una transformación radical: "me siento como una criatura mitológica cuyo torso estuviera encerrado en una caja de madera o de piedra y, poco a poco, se fuera entumeciendo y solidificando. A medida que la parálisis va apoderándose de él, de abajo a arriba, el enfermo se vuelve un árbol o una roca, igual que una ninfa de Las metamorfosis de Ovidio". O un insecto monstruoso. Porque la metamorfosis que años más tarde escribirá Kafka es una figuración de los efectos que provoca el dolor en un individuo y en su familia. al despertar Gregor Samsa, convertido en un bicho gigantesco, recordará haber imaginado muchas veces tener en la cama un ligero dolor. Ese dolor es en realidad el preludio del sufrimiento moral y físico que le acarreará su nueva naturaleza, porque poco a poco, ningún miembro de su familia querrá ocuparse de él pues, como bien escribe Daudet, a propósito de su propia dolencia, "quienes nos rodean ya se han acostumbrado a ese dolor, que a nosotros nos parece siempre nuevo; no tardaría en convertirse en una lata para todo el mundo, incluso para quienes más nos quieren. La compasión se embota". Presa del dolor, el escritor se ha metamorfoseado en un animal que no sale de su cuarto."
En entradas posteriores dedicadas al dolor seguiremos publicando extractos de este libro para ver cómo la respuesta de Daudet al dolor que se había enseñoreado de su cuerpo, su espíritu y su escritura era, además de intentar ahorrárselo a quienes amaba, procesarlo física y mentalmente, verbalizarlo y transformarlo en lenguaje para ilustrar las sensaciones terribles que este sufrimiento continuo inflingía a su cuerpo y su espíritu.


Tercera parte. Dolor crónico, dolor tóxico


Así pues consideramos como tal aquel dolor que simplemente no te deja nunca, así que, en esta y entradas posteriores intentaremos conocer las diversas causas, calibres y manifestaciones del dolor crónico, patología que puede atormentar la vida de una persona de forma practicamente continua durante años, que pone a prueba caracteres, amistades y trabajos, que martiriza los días y las noches de quienes lo padecen.
 
Cuando el dolor (que es un mecanismo genéricamente necesario y beneficioso para nuestro organismo) se cronifica se convierte en algo pernicioso y torturante, que puede ser más grave para el organismo que la propia enfermedad o traumatismo que lo ha causado. Los estímulos dolorosos que se mantienen en el tiempo exigen una alta atención diaria que agota la energía y el rendimiento cerebral, pudiendo provocar importantes reacciones emocionales que potencien el sufrimiento que lleva asociado, afectando a todas las áreas vitales (laborales, emocionales y sociales) de las personas que lo sufren.

Según datos de Wikipedia, el dolor crónico es el que dura más de seis meses, y puede ser maligno y no maligno. Maligno es el dolor producido por tumores y metástasis óseas al comprimir determinadas estructuras como huesos, plexos, raíces, nervios periféricos o vísceras o los producidos por las propias terapias anti-tumorales como la quimioterapia. No maligno es aquel dolor que sufre una persona cuya patología no compromete la supervivencia a corto o medio plazo. Por su origen puede clasificarse en reumatoideo, vascular, traumatológico, psicológico o neuropático.
 
Profundizamos un poco en este último, el dolor neuropático, uno de los dolores más obcecados e insufribles dentro de la alegre pandilla de los dolores crónicos y que se calcula es sufrido por un 1-1'5% de la población. 

Según la Asociación Internacional para el estudio del Dolor (IASP) se define como "un dolor que se inicia o es causado por una lesión primaria o disfunción en el sistema nervioso debida a alteraciones de los nervios centrales o periféricos". Esta definición conlleva el concepto de que cuando se produce una lesión en un nervio, las alteraciones de las vías nerviosas hacen que se produzca un dolor crónico en ausencia de un estímulo continuo. De esta manera el dolor neuropático difiere totalmente del dolor nociceptivo (el normal, si te pinchas, duele) ya que éste resulta de la activación de los axones sensoriales por estímulos dolorosos que suelen ser finitos y localizados y que desaparecen cuando se eliminan las causas.

Es esta ausencia de relación causa-efecto entre lesión o estímulo y el dolor propiamente dicho, característica del dolor neuropático que emite mensajes sensoriales patológicamente distorsionados, lo que lo hace especialmente imprevisible y desquiciante. Suele producirse a causa de alteraciones crónicas del sistema nociceptivo que conllevan determinadas percepciones anómalas: por un lado, la alodinia (estímulos normales son percibidos como dolorosos) y, por otro, la hiperagelsia (estímulos dolorosos que son percibidos exageradamente).

León Daudet, hijo del escritor Alphonse Daudet supracitado comentaba acerca de cómo puede cambiar el carácter de las personas afectadas de este sufrimiento continuo:
«La enfermedad nerviosa multiplica por dos —eleva al cuadrado, como dicen los algebristas- tanto las cualidades como los defectos de aquellos a quienes toca. Los afila como lápices, como solía decir mi padre. El tacaño se hace avaro [...]. El celoso supera a Ótelo, el amante se vuelve frenético [...]. Por el contrario, las almas nobles, generosas, desinteresadas, enfrentadas a un dolor que no cesa, adquieren un renovado sentido del altruismo; dimana de ellas una bondad casi santa. Tal era el caso de Alphonse Daudet», Dettant la douleur, León Daudet.
Por no hablar del impacto emocional que un dolor crónico puede causar en las personas. Hace dos años un grupo de científicos de la Universidad Northwestern de Illiniois demostraron cómo el dolor crónico, vaya, no sólo duele sino que además puede dañar el cerebro de las personas que lo padecen, demostraron la relación directa entre el hecho de sufrir dolor y trastornos que sufren frecuentemente estos pacientes como la alteración de la atención, el sueño o la depresión.

Se sabía que aun cuando una persona sana no hace nada, el cerebro sigue activo, aunque funcionando por defecto en equilibrio. Cuando una parte del cerebro se activa más, otra parte se debe desactivar un poco para mantener ese equilibrio. El conjunto de partes que intervienen en ese equilibrio se denomina 'red de estado de reposo cerebral' y es la que se encarga de mantener el cerebro correctamente balanceado. En los casos de personas con dolor crónico, aunque pueda desarrollarse un umbral cierta tolerancia por el dolor basal en cambio, el cerebro no está nunca en reposo, incluso cuando deciden mantener la mente en blanco, porque tienen el dolor manifestándose, permanentemente por lo que tienen muchas menos zonas apagándose, indicando un desequilibrio global de la red.

Los investigadores observaron que había zonas localizadas en la parte frontal del cerebro que seguían trabajando cuando debían estar descansando. Precisamente, esas zonas del cerebro están involucradas en el procesamiento de emociones, la toma de decisiones y las propiedades cognitivas más elaboradas. La activación continua de las neuronas que se encuentran en esas áreas podría llevar a la muerte de las neuronas o a que se alteren sus conexiones con otras o a cambios en la estructura de redes neuronales.

Como hemos visto, quien padece dolor crónico se encuentra con un atolladero vital del que le será difícil salir, una maldición de carácter casi mítico como la de aquel Prometeo que tras robar el fuego de los dioses para entregárselo a los humanos, aquellos, siempre picajosos con sus cosas de divinidades, le condenan a ser encadenado a una roca donde todos los días será visitado por un águila que le comerá el hígado. Éste volverá a regenerarse para al día siguiente ser devorado de nuevo por la rapaz y así para siempre, a mayor gloria del dolor perpetuo.