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25 de mayo de 2021

Vocabulario Fundamental. Animales (59) Los animales y su ausencia 6 Afrontar la pérdida de nuestros animales

El gallo que no cesa - Afrontar la pérdida de nuestros animales

Conversamos con la veterinaria Pilar Muñoz Rascón, impulsora del primer Congreso Virtual sobre Duelo Animal, celebrado el pasado mes de marzo. Reflexionamos sobre el tabú que supone hablar del duelo cuando perdemos a nuestros animales. También destacamos el cariño inigualable que pueden dar a nuestras vidas y las ventajas que nos pueden aportar en el día a día. RTVE - El gallo que no cesa

26 de diciembre de 2018

Vocabulario Fundamental. Gatos (9) Animales (55) Los animales y su ausencia 5 Cristina y el cielo de los gatos

Afortunadamente también existen animales que pueden vivir toda su existencia junto a personas que los respetan y cuidan como miembros de su propia familia, una de ellas nuestro admirado Alfonso Armada, de cuyo blog en Fronterad importamos su último post, una hermosísima elegía por la muerte de su gata Cristina. Esa felinilla estará siempre en su corazón, ahora también para siempre en nuestro blog.

Cristina y el cielo de los gatos

Alfonso Armada - FronteraD 21 de diciembre, 2018

viernes

El desconcierto es lógico. Como para no saber en qué ciudad dormiste anoche. De qué hablaste con Helena Maleno esta mañana. Cómo conseguiste embarcar en el tren de las 16.45 siendo el último pasajero y recorriendo el andén a la carrera.

Pero también escuchando atentamente el impacto del iris de Isabel sobre cada letra, para provocar un relámpago de lucidez que nos permite comunicarnos con ella, que sigue despidiéndose.

Como Cristina, que languidece, va perdiendo peso, ronronea en el pasillo cuando me acuesto junto a ella. Y no le decimos nada a la niña de que sangró esta noche cuando le dimos la medicina. No hay salvación, y acaso ella ya lo sepa, como lo sabemos nosotros, aunque apenas hablemos de ello.

sábado

Adormecida en mi sofá, donde suelo leer, esta noche no la despertaré. Cristina se muere lentamente. Resulta doloroso ver cómo contempla el agua y la comida, y ni lo intenta. Cada vez está más delgada. Nos mira perpleja. 

domingo

Recuento. De días cuya huella es tenue, se desdibuja. Mientras la gata nos dice que, en silencio, sufre, va perdiendo la batalla, ha empezado, inexorablemente, a despedirse. 

lunes

Nos vamos adaptando al cambio de temperatura, de humor, de luz, de episodios que van configurando el tiempo que, si tenemos suerte y conciencia, podemos llamar vida. En realidad, no debería quejarme. Aunque todo se terminara súbitamente esta noche, o mañana. Como la vida de Cristina, que nos ha acompañado durante cerca de veinte años y ahora nos mira sin entender qué o quién la está llamando. Porque creo que la gata presagia su propia muerte. Cómo no darle cariño después de tantos años de convivencia entre Nueva York y Madrid. No se trata de humanizarla ni de equiparar su dolor al de los humanos. Se trata de reconocer a cada ser vivo en su circunstancia, en qué medida saca nuestros sentimientos menos mezquinos, nos interpela acerca de nuestra condición aquí, en este planeta que se mueve por la Vía Láctea sin que sepamos a ciencia cierta cuál es nuestra misión, nuestro destino. Pero yo creo que de nuestro comportamiento hacia los otros, incluidos por supuesto los animales y las plantas, y hacia nosotros mismos, depende el sentido profundo de la existencia.

martes

De madrugada, me asomo al patio de luces. Veo mi sombra, agigantada, borrosa, contra la pared de enfrente. Hay ropa tendida: el vestuario de una compañía de fantasmas. Ropa aterida de frío, planchada por la baja temperatura. Y el alféizar iluminado de un piso inferior, donde no conozco a nadie.

La gata se está apagando. Y nosotros con ella. ¿Cómo no entristecerse?

miércoles

Los tres sabíamos, aunque no nos lo dijéramos, que el de las tres menos diez de la tarde iba a ser el último viaje de Cristina, que ya no volvería de la clínica, que regresaríamos con el transportín rojo que le compramos en Nueva York para las visitas al veterinario… vacío.

Los tres sabíamos que nuestra gata, que nos ha acompañado en Nueva York durante casi un tercio de nuestras vidas (hablo de C y de mí) y buena parte de la vida de Ana María, estaba pasando sus últimas horas en este mundo, no iba a poder superar ese cáncer que la devoró en menos de quince días.

Pero no nos lo dijimos. Aunque los tres pensábamos lo mismo. Que la gata que llenaba cada rincón de esta casa con su silencio, su misterio, sus exigencias, su escurridizo cariño, sus arrebatos esporádicos de furia cuando la importunaban, las batallas con su rabo, había agotado su tiempo.

Cuando el oncólogo la quiso examinar se revolvió con rabia, como la felina indomable que es. Saltó de la mesa de observación y se refugió bajo ella. Tuve que cogerla, con tanta firmeza como cariño, y envolverla en una manta, para que la examinaran. Y lo que nos dijo el veterinario no admitía ninguna esperanza. Por eso nos preguntaba en silencio qué le pasaba, por qué no podía beber, por qué no podía comer, por qué le costaba tanto conciliar el sueño.

Por eso, de común acuerdo, y mientras llorábamos los tres, cada uno a su manera, accedimos a que la durmieran para siempre.

Nos despedimos de ella. La acariciamos. C y Ana María la besaron como solían hacer casi todos los días. Ella nos miraba con ojos de pena, de incertidumbre, pero también de vacío. 

Se hace muy extraño llegar a casa y que no esté. No abrir la puerta del piso antes de acostarnos para que salga a afilarse las uñas, como hacía en Nueva York, como seguía haciendo aquí.

Como ocupaba cada rincón de la casa, su ausencia es inevitable. Demasiadas cosas nos recuerdan a ella.

Fuimos felices juntos. Ha sido una extraña, preciosa, poco dulce, hermética, listísima, compañera de viaje. Todos hablábamos con ella, y decíamos tener una relación especial, específica, distinta con ella.

La quisimos y la tratamos como a un miembro más de la familia. La echaremos mucho de menos. Tuvo una buena vida con nosotros, mucho mejor que en el sótano de aquel edificio en la esquina entre Park Avenue South y la calle 28, donde las hijas de Luigi, el portero, la bautizaron como Cristina Aguilera. A la hermana que no la dejaba comer, más mayor y abusiva, la llamaron Britney Spears. La adoptamos poco después del 11-S. Nunca la olvidaremos. 

Tiene toda la razón Olvido García Valdés: “Están muy solos también los animales”. El primer post de este blog, el 8 de febrero de 2012, se titulaba La gata Cristina y Checoslovaquia. Hoy, al llegar a casa, me encontré con el último número de The New Yorker:

18 de julio de 2017

Vocabulario Fundamental. Memoria (27) Animales (53) Los animales y su ausencia 4 Laurie Anderson y 'Heart of a dog': vida, muerte y memoria en un hocico húmedo


"Conmovedora, dura y desasosegada (...) La directora no sólo compone una bellísima radiografía de la existencia (de cualquier existencia imaginable) sino que acierta a describir con una precisión que asusta el tacto del tiempo" Luis Martínez: Diario El Mundo

Nuestro documental de hoy es de los que honorizan cualquier web en la que se alojen. 'Heart of a dog' es un multipremiado y cautivador trabajo de la artista Laurie Anderson (una de las figuras icónicas del underground en la Nueva York de los años setenta), un intimista diario narrado con su mesmerizante voz mientras va desgranando las memorias de su vida tras la muerte de su marido (Lou Reed, apenas mencionado pero sí presente en su desgarro), de su madre y de la auténtica protagonista junto a ella misma del filme, su perra Lolabelle.

Anderson utiliza, muy a lo Chris Marker, distintas herramientas formales como vídeos caseros, montajes de animación, grabaciones de la New York post-11S o incluso una cámara colocada en la cabeza de Lolabelle para mostrar la perspectiva perruna, además de una excelente soundtrack, medios que utiliza para reflexionar sobre la vida y la muerte, la superación de la pérdida, la soledad, la memoria, el amor y sus fantasmas, el lenguaje y por supuesto sobre su relación con Lolabelle, en otro 'human meets animal' de los que inspiran una de nuestras etiquetas.

Sueños, fantasías de la infancia o teorías filosóficas y políticas se despliegan poéticamente 'en la armonía de una canción constante' para conformar una obra de arte trascendental en el mejor sentido de la palabra, 75 hipnóticos minutos para ser vistos en repetidas ocasiones pues siempre se sale de su visionado impregnado de emoción, lirismo y sabiduría, siendo un poco mejor persona, así en general. Advertidos quedan.
 

  

Los fantasmas de Laurie Anderson

El País Milena Fernández - Venecia 11 Sep 2015

Ahí está la artista Laurie Anderson (Glen Ellyn, EE UU, 1947), sentada en la terraza con vista al mar, en el Lido veneciano, bebiendo un té con leche. El viento helado del norte vuelve tímidos los rayos del sol. Toma la taza con la dos manos, como para calentarse. Ahí está Laurie Anderson, en vaqueros y camisa a cuadros de franela, serena y liberada del dolor, tras la muerte de su marido, Lou Reed, ocurrida en 2013. Ahí está Laurie Anderson, compitiendo por el León de Oro con su nueva incursión cinematográfica: Heart of a Dog, dedicada al fallecimiento de su perra, Lolabelle.

Un diario muy íntimo para superar un tema duro de digerir, como suele ser la pérdida de quienes amanos y que cuando ya no están entre los vivos se convierten en fantasmas. La dirección de Anderson es inimitable: abundan las metáforas y evita caer en formulaciones simplistas: mezcla animación, imágenes, efectos visuales y vídeos caseros de la infancia con su voz omnipresente en off y su música, del violín a la electrónica. El material reunido por Anderson fluye en una estructura visual y sonora muy estimulante. La cinta fue muy bien acogida entre quienes madrugaron el miércoles para verla.

La película debió ser el medio para explicar el sentido de la vida. Sin embargo, Anderson quiso cambiar de registro y más bien ha contado la experiencia personal tras el fallecimiento de su querida Lolabelle, su madre y, por último, su marido, Lou Reed. “Finalmente he podido llevar al cine una idea que rondaba en mi cabeza desde hace mucho tiempo: he querido contar por qué la muerte puede ser hermosa, dolorosa y al mismo tiempo espectacular. He llegado a creer que la muerte es la realización del amor”. 

Anderson se inspira en el Libro tibetano de los muertos, según el cual la muerte dura 43 días y después de tal periodo surge la reencarnación. El resultado es el diario más complicado de su vida. “Es un filme íntimo y difícil. Quiero dejar claro que, no hay por qué estar triste si no hay un verdadero motivo para estarlo. Hay gente que sí tiene motivos para estar triste, como los prófugos que están llegando a Europa. Pero si no reconoces la tristeza no puedes superarla. No es bueno estar siempre triste y con la cara larga. Es por eso que también utilizo el humor para hablar de un tema que te toca tan fuerte”.


Laurie Anderson había conocido el rumor de la muerte cuando era una chiquilla de 12 años. En una de las escenas, el filme retrata una adolescente vivaz, que intentaba ser siempre el centro de la atención. En esas estaba, haciendo piruetas en una piscina, cuando algo salió mal. Despertó en el hospital. Los médicos le dijeron que no volvería a caminar nunca más. “De noche, me ponía muy triste al escuchar el llanto de los niños agonizantes. Y las enfermeras no les consolaban”, narra la voz en off de Anderson. La cinta está llena de reflexiones filosóficas y frases lapidarias. “El poder de la palabra es tan importante como el de las imágenes. Trato de crear imágenes a través de las palabras y representaciones. Quiero provocar una reacción más que explicar algo”.

Hay mucha poesía visiva en Heart of a Dog, un proyecto muy coherente con la producción artística de Anderson, que inició tocando el violín, para más adelante graduarse en escultura en la Columbia University de Nueva York, la ciudad donde se convirtió en una figura pionera de la escena artística, a partir de los setenta y ochenta.



La cinta inicia con una secuencia de un sueño recreado, en el cual Anderson describe su apego casi maternal con la peluda Lolabelle. Todo aparece ilustrado con dibujos creados por la pionera del performance art. Y conforme avanza la narración, confiesa los extraños conflictos que probó tras la muerte de su madre. “No sabía cómo decirle que la quería. Hay que pensar muy bien lo que decimos antes de que un ser querido nos deje, a pesar de los remordimientos. La despedida de mi madre fue durísima: era una persona muy formal” ¿Y qué le dijo a Reed antes de que falleciera? Por un momento la conversación se ve casi saboteada por el silencio. Luego responde: “Mientras moría, lo tenía entre mis brazos. Logré caminar con él hasta el fin de sus días. Y pensé que la muerte es la realización del amor”.

Anderson y Reed se conocieron cuando ambos eran ya mayores y artistas reconocidos. El flechazo fue instáneo: sucedió en un concierto, en Alemania, en 1992. Desde entonces no se separaron más, hasta la muerte de Reed, 21 años más tarde. Fueron amigos, amantes, colegas… La “liberación del amor” de la que Anderson habla en el filme es un homenaje a su querido Lou. Cuando aparecen los créditos finales se escucha de fondo Time Turing Around, un modo sútil de reafirmar la historia personal y que el fantasma de Lou Reed está más vivo que nunca.

14 de julio de 2012

Vocabulario Fundamental. Animales (14) Los animales y su ausencia 3 Pitusquiño y yo


Este simpático plumífero es Pitusquiño. Encontramos este vencejito en nuestra misma calle a finales de junio del año pasado, apretado contra el muro de una casa en instintivo gesto de protección, con toda la pinta de haberse caído del nido o haber calculado mal sus fuerzas en su primer vuelo. Tenía el plumaje ya desarrollado pero le faltaba un hervor de energía en las alas por lo que recogimos su cuerpecillo frágil y palpitante, lo subimos a casa y decidimos cuidarle hasta que pudiera emprender su primer vuelo con garantías.

Estuvo en casa un par de semanas, mientras se fortalecía a base de croquetas de pienso de los gatos empapadas en agua, desdeñando el propio de pájaros insectívoros que le había comprado. Porque ese detalle, lo del pienso gatuno, fue el que dio a su periodo de entrenamiento un toque de suspense, pues en mi casa vivían dos felinillos en ese momento. Y claro, lo fliparon un poco cuando lo vieron. 

Se le acercaban al principio con pasmo y curiosidad, pero tras entender mis advertencias de que con ese pequeño ser no se podía jugar, lo miraban con resignación y cierta indiferencia.

Le improvisamos su vivienda en una caja que normalmente tenía en mi mesa de trabajo o lo dejaba en el balcón para que se familiarizara con los sonidos de los otros vencejos sobre el cielo de Madrid, chillando como niños, alegres de vivir y de volar, aunque por las noches era mejor evitar felinas tentaciones y las pasaba en un transportin dentro de una habitación cerrada.

Cuando lo llevaba a la plaza a entrenar las alas, al veterinario o cuando se convirtió en el primer vencejo en viajar en Metro, se agarraba con determinación al cuello de mi camisa y cuando le acariciaba la cabeza él entrecerraba sus negros ojillos y yo me moría de amor.. y así yo iba con mi lindo brochecito pajaril por la calle, más contento que nada.

Al final lo soltamos en el cielo lleno de pájaros del chalet de mis padres. La primera vez en la que lo eché al aire se enganchó en una rama y cayó al suelo, pero en el segundo intento, tras remontar aleteando con algo de suspense la valla de la finca y realizar un quiebro en el aire, desapareció volando por encima de unos árboles, comenzando su sempiterna vida de volador pluscuamperfecto. 

Me acuerdo de él a menudo y 
cuando los vencejos vuelven en primavera a sobrevolar el cielo sobre Malasaña para anidar en sus tejados siempre espero que ese dulce animalito pudiera salir adelante y sea uno de ellos. Compartió su pequeña vida conmigo sólo dos semanas pero se hizo un hueco con forma de flecha plumada en mi corazón y seguro que aparecerá en los grandes momentos de la vida del Juez Roy Bean, esos que dicen se nos cruzan por la mente cuando vamos a morir.

7 de octubre de 2011

Vocabulario Fundamental. Animales (10) Los animales y su ausencia 2


Primera ausencia: (dedicado a Yesa, siento tanto haberte dejado tan sola...)
 
Ya tratamos en una anterior entrada (en la que publicábamos el cuento El canario, de la escritora norteamerica Katherine Mansfield) el enorme agujero que se abre en nuestro alma cuando los animales con los que compartimos nuestras vidas, juegos y soledades nos dejan. Son esos momentos de inconsolable desolación cuando sólo nos queda esperar que eso de la reencarnación de las almas sea verdad y la nuestra se pueda encontrar en otro momento con las suyas, afectuosas, nobles e inocentes, transmigradas en otro de nuestros futuros amigos del alma.


Segunda ausencia

Comenzamos con el recuerdo agradecido y canonizante de un blogger al ya desaparecido burro de su familia, ese inteligente animal de mirada dulce y resignada que siempre me ha conmovido y cuyo secular padecimiento al servicio del hombre tanto ha ayudado al progreso de las civilizaciones humana.

Recordando a mi burra

En realidad no era mi burra, era la burra de mi padre o más bien la burra de la familia. Comparada con otros burros del pueblo era pequeña aunque bien proporcionada; de pelo negro con algunas canas más debidas a la edad que a la genética. La parte inferior de la barriga era blanca y blanca era una pequeña estrella que adornaba su negra frente, lo mismo que sus belfos poblados por sensibles pelos duros y largos.

Cuando yo era chaval no tener un burro era casi como ahora no tener un vehículo de transporte. El borrico era el animal más socorrido y más utilizado. Al campo se iba cómodamente aposentado a lomo del rucio y a la vuelta se le cargaba con un feje de trébol para los conejos o con lo que se terciara. A veces se le utilizaba como bestia de tiro como podía ser aricar o incluso tirar del carro y cuando ya estaba viejo solía terminar acompañando a los jamones y chorizos del cerdo en el mismo humero.

Prácticamente todas las familias tenían su borrico o borrica y cuando los dueños llegaban a la jubilación era el último animal del que se deshacían, sobreviviendo a veces el jumento a sus amos. Recuerdo al tío Miguelín Burgo, hombre jovial y de poblado bigote blanco, llevando en una mano el barril de vino (recipiente de barro forrado de esparto ya en desuso) y con la otra tirando del ramal de su borrica blanca, siempre dispuesto a parar a pegar la hebra con cualquiera para hacer su pronóstico del tiempo o contar sus aventuras en la guerra de Cuba o Marruecos donde peleó como soldado. O al tío José, (creo que hermano del anterior y a quien llamábamos el "Bobo", mote que no le hacía precisamente justicia porque indicaba todo lo contrario de lo que era, un hombre muy inteligente y sin duda el más ilustrado del pueblo) siempre acompañado de una burra grande y cana, noble animal que le acompañó siempre en su soltería, no se si elegida o forzada por los prejuicios de una asfixiante comunidad que condenaba a los desertores del seminario casi al ostracismo.

También perduran en mi recuerdo las hermanas Ángela y María, a quienes llamábamos "Las Niñas", quienes siendo ya ancianas y liberadas de las labores del campo seguían manteniendo a su burro como uno más de la familia. Que decir de Manuel Molero, a quien he visto hasta hace pocos años tirando del ronzal de su borrica de casa a la cueva y de la cueva a casa como si el jumento fuera una prolongación de si mismo. Podría citar a otros muchos, pero recuerdo a estos paisanos porque llegaron a viejos y siguieron conservando como compañero a ese noble animal que es el burro.

Creo que ya no queda en el pueblo ni un solo burro (de cuatro patas), incluso hay una justificada alarma por la posible desaparición de esta magnifica especie. La tecnificación del campo ha barrido de sus pastizales y praderas a caballos y mulos, los otros dos animales de tiro que junto con el burro hacían las tareas más ingratas. Aunque de los tres el burro es, de lejos, el animal más noble e inteligente y, paradójicamente, siempre el peor tratado. Los castigos más crueles eran siempre para el pobre burro, tuviera o no la culpa. A quien se le restaba el pienso era al burro. El lugar peor situado en la cuadra era el del burro. Las cargas más pesadas y extenuantes siempre caían sobre las espaldas del burro.

Hace ya tiempo que he canonizado a mi burra, que por cierto no tenía nombre, y la mandé directamente al paraíso de los burros, que para purgatorio e infierno ya tuvo el suyo mientras estuvo entre los humanos. Habrá quien se escandalice porque haya santificado a aquel buen animal, pero no tuve más remedio en atención a los milagros preventivos que hizo en vida. A saber: me libró de agotadoras caminatas por caminos tortuosos y llenos de barro que de haberlos transitado en lugar de ir cómodamente sobre su lomo me habrían causado lesiones y enfermedades que probablemente me hubieran mandado al otro mundo. Tiró con ímprobo esfuerzo de los cangilones de la noria de la "Veiga" y otras norias con cuya agua regábamos las patatas y alubias que nos libraron de una hambruna segura.

Llevó sobre sus costillas las más pesadas cargas que de haber tenido que soportarlas cualquier miembro de la familia le hubiera causado serios problemas físicos. Hay un largo etcétera de servicios milagrosos, pero con solo los citados ya es más que suficiente para santificarla, que por mucho menos hemos visto hacer santo a cierto cura de la Santa Mafia. Cierto que, y haciendo de abogado del diablo, he de poner de manifiesto que me causó algunos contratiempos que me pudieron costar caros, pero estos fueron debidos más a la propia estulticia humana que a la maldad de la noble bestia.

(...) Cierto que mi burra no tenía maldad, pero andaba sobrada de inteligencia y de una astucia que los seres nobles se ven obligados a desarrollar para sobrevivir en un mundo hostil y en este caso por las putadas que yo maquinaba. En las cuadras de ahora cada animal tiene su bebedero, pero cuando yo era chaval no había agua corriente en las casas así que había que llevar a los animales a los abrevaderos que entonces eran la laguna de Tres Corrales (o Tras Corrales) que era de agua estancada de lluvia (situada en el lugar que hoy ocupa el deposito de agua) o la laguna de La Puente (situada donde está el instituto) que estaba a alimentada por una pequeña fuente, hoy cegada, que llamábamos "El Cañín". Yo llevaba el ganado a beber a esta última laguna y las vacas, sedientas, bebían aquel agua estancada, grisácea y medio corrompida sin ningún problema, pero la inteligente burra no quería saber nada de aquella infecta charca y sin hacer caso de palos o tirones del ramal se me escapaba corriendo hasta donde manaba el agua fresquita y cristalina. Más de una vez nos quedamos en el campo sin el pan de la merienda porque tenía una portentosa habilidad para meter el morro en las bolsas de las alforjas y merendar ella primero.


Cuando pacía por los caminos mientras le quitábamos las hierbas a la remolacha sabía perfectamente cuando tenía que atacar a las hojas o roer los nabos sopesando el peligro que corría de recibir unos cuantos palos en función de la distancia a la que se encontrara de nosotros. Si estábamos cerca no osaba tocar el fruto porque sabía que los palos eran seguros; a media distancia se arriesgaba un poco más aunque le podía caer una pedrada de propina o todo lo más algunos bocinazos que solían sonar algo así como "¡Burra, hija putaaa.!" Con el bocinazo se retiraba discretamente a pastar las hierbas del camino esperando otro descuido para volver a atacar la remolacha. Sería una bestia, pera era una verdadera gourmet de las buenas hierbas. Si había abundancia no comía sino las más suculentas y exquisitas, pero si había escasez y hambre no tenía reparo en engullir los cardos a los que trababa entre sus belfos con una delicadeza prodigiosa y sin que jamás le hicieran ninguna herida en la boca.

Cuando había poca faena en el campo la paseaba por los caminos para que pastara hierba primaveral y en mi ignorancia no acertaba a explicarme porque había hierbas aparentemente hermosas que no osaba tocar. Para ponerla a prueba de lo que a mi me parecía una manía le arrancaba de entre los trigos algún manojo de hierbas que a ella le gustaban mucho y en el medio le metía una cuantas hierbas de las que evitaba, poniendo todo el manojo en el suelo del camino. Por supuesto siempre quedaban allí las malas hierbas. Pero mi malvado afán por putearla iba más lejos. Tomaba un puñado de exquisitas hierbas, no muchas para que las pudiera tomar de un bocado, y en medio le metía una hierba mala. Era un espectáculo ver como con sus elásticos belfos iba colocando las buenas hierbas hasta engullirlas y dejando en último lugar a la mala hasta dejarla caer al suelo. No la pude engañar si una sola vez y mejor así porque de haber ingerido una de aquellas malas hierbas le hubiera costado un grave percance de salud o quizás le hubiera causado la muerte.

Sabía perfectamente, según el camino tomado, cual era el lugar de destino y una vez llegado a él se paraba sin necesidad de ninguna orden. Para entrar en casa yo no me bajaba de su lomo para abrir la puerta que estaba siempre entornada y sin llave. Bastaba con que le diera la orden de "abre" para que el animal empujara con su morro la puerta y los dos fuéramos camino de la cuadra tan campantes.

Mi burra, lo mismo que la bíblica burra de Balaán (Los Números 22.21), se dirigió a mi muchas veces aunque yo en mi necedad ni la escuché ni la entendí, por entonces me faltaba la sensibilidad para comprender que ella y yo estábamos hechos del mismo barro, con la única diferencia que ella se había encarnado en burra y yo en humano. Tuvieron que pasar años para que se me abrieran las entendederas. Nunca me hizo reproches por los malos tratos recibidos aunque aún veo en sus grandes ojos dulces un interrogante de asombro por la irracionalidad de mis reacciones. Y ese es el castigo que me persigue por haber hecho sufrir gratuitamente a aquel noble e inteligente animal. No me cabe ninguna duda de que estará pastando suculentas hierbas en los verdes prados que hay en el paraíso de los burros. Amén.

J. Villadangos (Alias "Percha")



Tercera ausencia

Encontramos en el blog Labana una emocionada evocación de su perro de la periodista de RTVE Mara Torres cuando encuentra un proustiano rodillo para quitar pelos que le trae el recuerdo de su compañía, de los viajes realizados juntos, de su alegría de vivir y claro, de su ausencia.


Mi perro y yo (por Mara Torres)

He subido al coche para ir a hacer la compra, y al abrir la guantera para buscar no sé qué papel, he empujado sin querer el rodillo ese que tiene una pega para quitar las pelusas de la ropa y que para nosotros siempre ha sido el ‘rodillo de los pelos del perro’. Ha rotado por la guantera y lo he pillado al aire. Y me he quedado así, quieta, con el rodillo en la mano sin saber muy bien qué hacer con él porque tú ya no vas a volver.

Eras un perro gigante. En casa llevaban doce años tomando decisiones en función a ti: ‘Al final, ¿qué?, ¿nos vamos de viaje este puente?’. ‘Pues es que las niñas (las ‘niñas’ por nosotras, qué risa) también se van fuera y no puede quedarse nadie con el perro’. Los viajes, la fiesta que hace no sé quién fuera de la ciudad, que si la cartilla del veterinario, que si no te olvides de traer el saco de pienso, que vigiléis que el cacharro del agua esté lleno, que dice papá que si le acompañas a dar una vuelta con el perro, que si dónde hemos dejado la correa, que si otra vez está malo de los oídos. Y el coche. Nosotros siempre tuvimos uno familiar no porque fuéramos numerosos, sino porque éramos una familia con perro. De hecho, controlábamos cómo estabas por cómo te subías al maletero: ‘Mami, ¿qué tal está el perro?’. ‘Fenomenal, se sube al coche de un salto’.

Cuando íbamos a la playa te tirabas toda la mañana inquieto, te ponías al lado de donde estaba tu correa y mirabas a la correa y nos mirabas a nosotros. A nosotros y a la correa. Y hasta que no decíamos lo de ‘tranquilo, que no te vamos a dejar aquí‘, no parabas de mirar. En los trayectos, te acoplabas en la parte de atrás hecho un ovillo y apenas te movías, pero en cuanto notabas el olor del mar, te volvías loco... Te levantabas tan excitado que te dabas con la cabeza en el techo del coche y nosotros nos partíamos de risa de lo torpe que eras y de lo contento que te ponías. Luego sacabas el hocico por la ventanilla de atrás y te quedabas con los ojos semicerrados durante un buen rato.

Me acuerdo del último viaje que hicimos juntos. Yo ya no vivía en casa y me había tocado quedarme contigo el fin de semana, así que nos fuimos a la casita que tenemos cerca de un pantano a las afueras de Madrid. Y no veas cómo lo pusiste todo de pelos. Había bajado los asientos traseros para que cupieras en mi maletero y los pelos llegaron hasta el salpicadero. La tapicería negra se puso blanca y los cristales de atrás perdidos de babas porque anduviste olisqueándolo todo. Llovía a cántaros, pero dio igual; nos pasamos horas caminando por el pinar que hay detrás de la casa. Yo te gritaba: ‘¡Que no te metas en los charcos!’, pero como tú a esa frase siempre le hiciste oídos sordos, esperabas a que te tirara otra vez la pelota, salías corriendo a por ella por la parte más embarrada, profunda y blanda del camino y volvías cubierto de fango hasta las cejas, con la bola en la boca y con cara de ‘aquí no ha pasado nada’.

Y sólo ha pasado que ya no estás. Que tengo un rodillo en la mano que es tuyo, de tus pelos. Que los cristales de mi coche están limpios, pero yo querría que tuvieran babas, y que la tapicería me parece hoy más negra que nunca.

Mara Torres para la revista Autoclub (julio 2008)

 
Última ausencia - Fry y su perro







Para terminar les ofrecemos el conmovedor episodio "Ladrido Jurásico" de la serie Futurama, de Matt Groening, en el que conocemos qué ocurrió con el perro de Fry cuando éste cayó dentro del futuro. No dejar lejos los pañuelos.

Futurama - Ladrido jurásico

15 de junio de 2011

Vocabulario Fundamental. Animales (7) Los animales y su ausencia 1

El canario. Katherine Mansfield (1888-1923)

¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.

...No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es sólo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar, se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final. Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la varanda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.

¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar sólo para mí. Parecía que lo comprendiera...; algo que es nostalgia y sin embargo no lo es. O quizá el dolor de lo que uno echa de menos, sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.

...Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mí misma diciéndole:

-¿Ya estás aquí, amor mío?

Desde aquel instante fue mío.

...Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa. Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir. «Eres un verdadero comediante», le decía riñéndolo. Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. En su percha jamás había una mancha. Y sólo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que te miren». Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto, me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.

...Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar? Pero me acuerdo de que aquella noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza, y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.

...¿Has tenido pájaros alguna vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no tiene un foxterrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad, estoy segura. Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como que al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho. Supongo que aún estaba medio dormida: pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño horrible» o «Protégeme de la oscuridad». Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy». Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.

...Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. Me sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.

Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?