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24 de febrero de 2022

Vocabulario Fundamental. Revolución (12) Estupor y Temblores (80) 'Winter On Fire': la revolución ucraniana comenzó así



Se consumó el criminal ataque, largamente anunciado, de Rusia sobre Ucrania y en Vida y Tiempos del Juez Roy Bean queremos recordar dónde nació la revolución ucraniana con 'Winter On Fire'. Este impactante documental dirigido por Evgeny Afineevsky en 2015 recoge la lucha que hubo durante 93 días en la Plaza Maidan, en el centro de Kiev, entre noviembre de 2013 y febrero de 2014, donde Ucrania empezaba a conquistar, con sangre y dolor, su libertad.


Winter on Fire: Ukraine’s Fight For Freedom, es un documental dirigido por Evgeny Afineevsky que tiene como temática los 93 días que duró el “Euromaidán” (21 de noviembre del 2013 hasta el 23 de febrero del 2014) y la revolución en contra del régimen del ex presidente ucraniano Víktor Yanukóvich.

El registro audiovisual disponible en Netflix muestra el estremecedor fenómeno que se originó en Kiev, donde un grupo de estudiantes comenzaron a protestar pacíficamente en contra de Yanukóvich, principalmente por no firmar el ingreso de Ucrania a la Unión Europea. Este hecho, que surgió como algo circunstancial motivó y dio origen a un movimiento social totalmente transversal incluyendo todos los sectores de la población ucraniana: médicos, profesores, obreros, ex militares, sacerdotes, niños, jóvenes, etc.

Afineevsky, nos hace parte y junto a él, podemos observar cómo un movimiento social pacífico se convirtió en una masacre brutal por parte de la policía a causa de las erradas decisiones políticas. Pese a la fuerte represión, la violencia y las amenazas, la ciudadanía tomó mayor fuerza e incluso luego de las primeras muertes de activistas siguieron exigiendo al gobierno escuchar la “voz del pueblo”.

El Fuego de la Lucha

Winter on Fire es un crudo registro, muy fiel a la realidad vivida en Ucrania, una ventana que sirve para visibilizar cómo la desigualdad de potestad entre los poderes del estado puede provocar un desastre político y social.

El documental se centra en demostrar que a partir de una manifestación pacífica el gobierno se vuelca sobre los participantes con tal violencia que resulta sobrecogedor e incluso escalofriante. Ante estos hechos la sociedad «despierta» en un movimiento importantísimo para ese país. Lucha que, por cierto, sigue sin tener fin. Esta cinta nos deja con dolor en el corazón y un nudo en la garganta por los caídos, por la respuesta violenta de las personas en el poder y la pérdida de amigos y familiares de los protagonistas que vemos en la pantalla.

Los francotiradores se ubican en los techos y disparan a los manifestantes, algunos tienen palos o piedras. Testigos aseguran que los tiradores son policías pero otros dicen que son terroristas a sueldo. Un hombre cae muerto por un disparo en la cabeza cuando intentaba auxiliar a su compañero en medio de los disturbios.

Militares retirados se unen a los ciudadanos que llevan mes y medio protestando en la plaza Maidan de Kiev en Ucrania, sitio que durante la revolución se convierte en el centro de operaciones, conspiraciones, entrenamientos, arengas y marchas. En ese lugar los civiles aprenden técnicas de combate y construyen trincheras en el invierno de final de año llenando las bolsas plásticas con nieve. No saben cuándo va a terminar todo, lo único que tienen claro es: “Estamos dispuestos a dar nuestra vida por la libertad”, según aseguran en entrevistas para televisión.

Cuando terminaron las protestas en febrero del 2014, luego de una navidad en medio del frio, se dio a conocer por varios medios de comunicación que habían muerto 126 ciudadanos en 91 días de caos sin parar, pues incluso en las noches habían enfrentamientos con la policía. El gobierno siempre ha asegurado que la cifra es mucho menor, pero ante el mundo son los únicos culpables de esos asesinatos.

El congreso mientras moría gente en la calle, aprobaba leyes para prohibir las reuniones, protestas y movilizaciones así fueran pacíficas. Incluso usar cascos o llevar bufandas se convirtió en delito de cárcel.

La Pasión de la lucha por una vida mejor

Pero Winter On Fire en todo su monumental esfuerzo técnico con más de 28 camarógrafos y muchas horas de grabación, algunas con teléfono celular, es más que un documental. Es un manifiesto de la resistencia y una prueba verdadera de que el pueblo gobierna cuando tiene la conciencia y el valor de reclamar sus derechos.

Esta obra es la inspiración del cambio doloroso pero necesario en un país polarizado y encadenado por la política, como pasa ahora con naciones del tercer mundo. La producción registra los siniestros y macabros métodos de un gobierno déspota aplicados al pueblo para seguir en el poder y muestra cómo ese pueblo se rebela porque está cansado del padecimiento, la injusticia y la corrupción que ha sufrido por años.

Al ver cada secuencia de Winter On Fire se siente el humo y el olor de las llantas incendiadas y los gases lacrimógenos en las calles de Kiev. Se puede percibir la adrenalina de los disparos pasando cerca y la inspiración del cambio que muchos esperaban para su territorio. Esta historia real es una mezcla de sentimientos que van desde la rabia, tristeza, esperanza y triunfo. Pero igual es una película con un manual que no conviene ser mostrado ni aplicado en otros países así que tenga ciudado.

Por eso si usted se atreve a buscar algo diferente en cuanto a un documental simplemente hay que ver Winter On Fire porque es inolvidable y peligrosamente inspirador.

21 de junio de 2021

Vocabulario Fundamental. Revolución (11) Diez años de las revoluciones árabes: de la esperanza al caos


El 17 de diciembre del 2010, un joven tunecino llamado Mohamed Buazizi se inmoló a lo bonzo en Sidi Bouzid. Su cuerpo en llamas encendió la mecha en todo el mundo árabe. Uno tras otro, los levantamientos populares en Túnez, Egipto, Yemen, Baréin, Libia y Siria insuflaron un viento de libertad, de esperanza y de cambio en unas sociedades árabes hartas de unos regímenes dictatoriales que las gobernaban manu militari desde hacía décadas. 

En ARTE.tv han hecho balance de estos diez años de reformas democráticas, de conflicto y guerras fraticidas en dos documentales que recorren nueve países en los que, con distintos resultados, prendió la llama de la revolución contra la opresión.



Una década tras el estallido de la Primavera Árabe, hacemos balance de la situación en Túnez, Egipto, Siria y Libia.


Diez años tras el inicio de la Primavera Árabe, repasamos la génesis de los conflictos en Siria y Libia, dos países devastados por la guerra desde 2011. En Líbano e Irak, nuevas manifestaciones parecen reavivar la llama de la esperanza de la última década.

20 de noviembre de 2020

Vocabulario Fundamental. Revolución (9) Campanadas de la Historia (75) Descolonizaciones, aquel grito de libertad

"De Nairobi a Saigón, del Ganges al Congo, la semilla de la revuelta siempre estuvo ahí. La descolonización empezó el primer día de la colonización."

Este año 2020 se celebra los 60 años de las independencias africanas en varios países que fueron colonizados por Francia. Camerún, Togo, Madagascar y la Federación de Malí que meses después se dividiría en Senegal y Malí. También ese año Bélgica y Reino Unido aceptaron las independencias de la República Democrática del Congo y Somalia a final de junio. Dos meses más tarde, agosto protagonizaría el mayor número de independencias, las de los territorios del África Occidental y África Ecuatorial francesas: Dahomey (el actual Benín), Níger, Alto Volta (el actual Burkina Faso) y Costa de Marfil por una parte, y Chad, República Centroafricana, República del Congo y Gabón por otra. 

Para celebrar estas seis décadas de libertad la productora franco-alemana ARTE (una de nuestras proveedoras de confianza) ha publicado una serie documental en tres capítulos dirigidos por los realizadores Karim Miské y Marc Ball y el historiador Pierre Singaravélou. 

El nivel de los trabajos de ARTE siempre es alto pero estos tres ensayos históricos son realmente extraordinarios y su innovador enfoque, desde la mirada de los propios colonizados, permite recontar 150 años de procesos revolucionarios de lucha contra el dominio europeo en Asia, el Magreb y África subsahariana. Y lo hace a través de sus líderes pero también de los anónimos individuos que sufrieron las penalidades y represiones de los colonizadores. 

Con un guión eficaz, incisivo y poético locutado poderosamente por el actor Reda Kateb y a través imágenes de archivos, reconstrucciones y animaciones, 'Descolonizaciones' compone un humanista fresco histórico que recompone la narrativa de los movimientos revolucionarios que acabaron con décadas de ocupación política, militar y social, de genocidios, represión y racismo institucionalizado, aunque fuera para, en demasiados casos, caer en manos de otros explotadores, esta vez propios. Tres magníficos documentales para revivir aquel grito de libertad que aún resuena sesenta años después. 

Descolonizaciones (1-3) Aprendizaje

En el primero asistimos a la precoz lucha por la libertad de la princesa india Manikarnika Tambe en la India dominada por la Compañía Británica de las Indias Orientales (la mayor empresa del mundo de la época), que instigaría la rebelión de los cipayos en 1857. También al engaño instigado por Pierre Savorgnan de Brazza que lleva a la firma del tratado que el "makoko" (rey) del pueblo bateke Iloo I rubrica y con el que cede a Francia los derechos de su territorio en la actual República del Congo. El reparto de África en la Conferencia de Berlín de 1885 despieza Africa entre las potencias europeas y llevaría a la creación del Estado Independiente del Congo, la mayor propiedad privada del mundo, la personal infamia del rey belga Leopoldo II. 

Parece que el mito de la superioridad de la raza blanca sobre el resto se ve confirmado sobre el terreno. Pero el antropólogo haitiano Anténor Firemin usaría la ciencia para rebelarse contra el racismo científico que parecía sustentar esa idea. Además, otros activistas como Alice Seely Harris y Edmundo Morel utilizan las modernas técnicas fotográficas para denunciar el genocidio de Leopoldo. Pero también Alemania lleva a cabo otro genocidio en África del Sudoeste (la actual Namibia) sobre el pueblo herero a principios del siglo XX. El colonialismo impera en el mundo, pero la rebelión ya comienza a gestarse en la mente de los oprimidos.
 
 
 

Descolonizaciones (2-3) Liberación

Este segundo episodio, que va de 1927 a 1954, es el del enfrentamiento, de Argelia a la India. En los primeros años del siglo XX tuvo lugar una primera ola de levantamientos antiimperialistas (China, Irán, México), pero estos eventos no evocaron expresiones significativas de solidaridad en Europa.

A través de las figuras del senegalés Lamine Senghor, el hindú Jawaharlal Nehru, el vietnamita Ho Chi Minh, futuro vencedor del Dien Bien Phu, el argelino Messali Hadj, o el keniano Wambui Waiyaki, intrépido joven recluta del Mau Mau. La Internacional Comunista (o Kommintern) se relaciona con la élite del anticolonialismo con la esperanza de acabar primero con el imperialismo europeo y después, el capitalismo. 

La Liga Antiimperialista en 1927 (fundada en Bruselas) les invita al Primer Congreso Antiimperialista, en Moscú. Era el primer intento de estructurar la unidad anticolonial.

El viaje de la hindú Sarojini Naidu (que sería la primera gobernadora en la India) por Estados Unidos entre 1928 y 1929 en el que comprueba como en el gran país norteamericano también existen parias, los negros. En la India, la lucha radicalmente pacifista de un hombrecillo descalzo el Mahatma Gandhi hace tambalearse al Imperio Británico y propicia la independencia de su país y la traumática separación de Pakistán. Tras su asesinato, será su sobrina Indira la que gobierne a los indios.



 
 
Descolonizaciones (3-3) El mundo es nuestro (ARTE - Karim Miské, 2019)

Desde la independencia hasta la era poscolonial, este tercer y último episodio, que va de 1956 a 2013, comienza con las palabras del psiquiatra antillano Frantz Fanon, que se une a los maquis del FLN en Argelia.

19 de noviembre de 2020

Vocabulario Fundamental. Puta guerra (29) Armenia y Azerbaiyán: la guerra por Nagorno Karabaj


Como otra guerra más en un país lejano y desconocido difícil de ubicar en el mapa, la cobertura mediática de la guerra entre Armenia y Azerbaiyán que estalló el pasado 27 de septiembre tras meses de tensiones, ha sido a todas luces insuficiente y poco precisa. Desde el comienzo, el marco en el que se encuadró el conflicto fue el de dos países enfrentados por dominar un territorio, la región fronteriza de Nagorno Karabaj, república independiente desde 1991 en la que tres cuartas partes de la población es armenia. 

No es ese ni mucho menos un relato acertado de la guerra, que ya apenas empezar se convirtió en un problema internacional en el que han intervenido de forma directa o indirecta Turquía, Rusia, Estados Unidos e Israel. También su cierre en falso y su tratado de paz han implicado activamente tanto a Rusia como a Turquía.
 
 
Lo que ha pasado en Nagorno Karabaj no tiene nada que ver con una guerra propiciada por las ambiciones expansionistas y las rivalidades históricas entre naciones vecinas. Entre 1988 y 1994 tuvo lugar la conocida como Guerra del Alto Karabaj, con los mismos contendientes y por el mismo motivo. En 1917 la Unión Soviética le cedió la región a la República Democrática de Azerbaiyán y, tras la disolución del estado comunista, un referéndum por la indepedencia de Nagorno Karabaj obtuvo el 99,98% de los votos a favor. Azerbaiyán trató de impedir el referéndum y de hecho mantuvo la guerra tres años más. En 1994, por mediación de Rusia, ambas partes firman un alto al fuego -que no la paz- que duró hasta hace unas semanas. Y fue Azerbaiyán quien rompió la tregua.

Juan Pablo Artimian, doctor en historia por la State University of New York at Stony Broo, escribió un artículo para la Revista Bordes de gran interés para comprender la gestación y naturaleza del conflicto. Sobre las consecuencias de aquella primera guerra y del referéndum de independencia:

“Artasj [así se llama la república establecida en la región] quedó bajo el control de facto de sus pobladores armenios, pero sin formar parte de la República de Armenia. Desde el fin de la guerra se ha tratado de forma infructuosa de llegar a algún tipo de solución diplomática entre Armenia y Azerbaiyán bajo los auspicios de Francia, Estados Unidos y Rusia. Sin embargo, en 2016 hubo, una vez más, enfrentamientos militares, así como en julio de este año cuando Azerbaiyán no sólo atacó Artsaj sino también a la república de Armenia”

En la mañana del 27 de septiembre Azerbaiyán lanzó una ofensiva terrestre con formaciones blindadas, apoyadas por artillería y drones. Del relato que han transmitido los grandes medios se extrae fácilmente la conclusión de que "los dos bandos son igual de culpables", "ambos son responsables", y nada más lejos de la realidad. No se trata simplemente de que fuese Azerbaiyán quien tirase la primera piedra, que es algo casi anecdótico. Lo relevante es tener presente el trasfondo geopolítico y entender la situación en que se encuentran ambos países. Una vez más, el profesor Juan Pablo Artimian explica:

“Es importante destacar algunas diferencias claves. En primer lugar, la narrativa de los medios que busca equiparar dos ex republicas soviéticas, perdidas y alejadas de nuestra realidad, como aparentemente equilibradas se derrumba ante una simple comparación. La población de Azerbaiyán es de más de 10 millones de personas. A ello debemos sumar el apoyo de Turquía cuya población es de más de 80 millones de personas y cuya frontera también limita con Armenia. La república de Armenia, que limita también con Azerbaiyán apenas cuenta con menos de tres millones de habitantes. En términos armamentísticos el presupuesto de Azerbaiyán, cuyos recursos económicos son superiores, producto de sus pozos de petróleo, supera ampliamente al de Armenia. Además, los azeríes cuentan con el apoyo activo de Turquía cuyo ejército es uno de los más importantes de la OTAN“

El siguiente vídeo de VisualPolitik es de gran utilidad para comprender cuáles son los intereses y los motivos ocultos que están detrás de esta guerra:

Un genocidio en la memoria

Más allá de las causas políticas inmediatas y los intereses estratégicos en juego, echar la vista atrás y conocer la historia de la región nos da una perspectiva más amplia de lo que está sucediendo. Entre 1915 y 1916, otros historiadores lo alargan hasta 1923, tuvo lugar el genocidio armenio promovido y ejecutado por el grupo nacionalista Jóvenes Turcos. Aproximadamente un millón y medio de armenios, ciudadanos del Imperio Otomano, fueron asesinados en el empeño de crear una Turquía étnica y religiosamente homogénea. 

La propaganda del nacionalismo turco mostraba a los armenios como saboteadores al servicio de Rusia, país que en ese momento se enfrentaba a los otomanos en la I Guerra Mundial. Su objetivo era "limpiar" la patria de poblaciones minoritarias que eran utilizadas como chivos expiatorios de todos los males del país.

Los armenios no fueron los únicos perseguidos por esta causa -también los griegos y los sirios sufrieron lo suyo- pero sí los principales damnificados. En el año 2016 salió a la luz un estremecedor documento interno de los Jóvenes Turcos, partido en el poder desde 1908, que detalla las instrucciones a seguir por el ejército para exterminar a los armenios. El punto número cinco insta a "aplicar medidas para exterminar a todos los hombres de menos de 50 años, a sacerdotes y maestros, dejando a muchachas y a niños para ser islamizados". Este documental emitido en la televisión francesa explica lo que pasó aquellos años:

 

Las repercusiones de aquella brutal matanza siguen pesando hoy en día, y tienen mucho que ver con esta guerra. En primer lugar, y aunque la inmigración masiva ya había empezado unos años antes, el genocidio impulsó una diáspora armenia cuyas consecuencias siguen siendo bien visibles hoy en día. Mientras que en Armenia viven unos tres millones de armenios, hay otros ocho millones repartidos por todo el mundo. Las comunidades armenias en Rusia, Estados y Francia superan el millón de miembros. La mayoría de ellos, descendientes de quienes tuvieron que huir de la despiadada persecución otomana.

Pese a todo, Turquía sigue sin reconocer oficialmente el genocidio de los armenios. No solo eso, sino que con frecuencia eleva enérgicas quejas cuando algún gobierno o institución califica de ese modo lo acontecido hace algo más de un siglo en los desiertos de Anatolia. En 2016, el presidente Recep Tayyip Erdogan retiró a su embajador en el Vaticano después de que el Papa Francisco dijese que el de los armenios había sido "el primer genocidio del siglo XX". Erdogan, nacionalista como los Jóvenes Turcos pero sustituyendo el kemalismo laico por un islamismo cada vez más descarado, no tolera el más mínimo cuestionamiento de la historia oficial de su país.

Un hombre entre las ruinas de su casa en Stepanakert 

Y es precisamente Erdogan quien está ahora detrás de la agresión azerbayaní contra Armenia. Ante esa perspectiva, no es de extrañar que los armenios teman que puedan repetirse episodios similares a los de 1915-1918. No es descabellado sospechar que los azeríes, de etnia turca y musulmanes, tengan la intención de aniquilar o forzar a la huida a los armenios de Nagorno Karabaj para islamizar la zona. Y todo ello con la venia de Turquía y el armamento cedido por Erdogan. El tratado de paz que se ha firmado, siguiendo la política de los hechos consumados, ya ha forzado la huida de miles de armenios de sus casas ante el temor a las represalias azeríes.

Situación política en Azerbaiyán

En la anterior cita del artículo del profesor Artimian se exponía la asimetría de fuerzas militares y recursos, tanto humanos como económicos, de Armenia y Azerbaiyán. Este último dispone de grandes reservas petrolíferas, una pujante agricultura y es atravesado por varios gasoductos que parten del mar Caspio y terminan en el Mediterráneo, surtiendo de gas natural a los países europeos.  Su Producto Interior Bruto es más de tres veces superior al de Armenia. 

No son esas las únicas diferencias que separan a ambos países. Sus sistemas políticos y forma de gobierno también difieren de forma notable. Ilham Aliyev es el presidente de Azerbaiyán e hijo del anterior presidente del país y nunca ha ocultado el desprecio que siente por los armenios, declarando en público que "los armenios son sus mayores enemigos" o que "Armenia como país no tiene ningún valor". 
 
Aliyev lleva en el cargo desde 2003 y ha ganado cuatro elecciones consecutivas con más del 80% de los votos, lo cual suena como poco sospechoso. De hecho, todos los índices internacionales sobre libertad política y derechos civiles suspenden al país caucásico. La revista The Economist sitúa a Azerbaiyán en el puesto 129 de 167 en su "Democracy Index". La organización no gubernamentel Freedom House, dedicada a promocionar la democracia y la libertad política, ha calificado al país como "no libre". Según dicha institución, Azerbaiyán obtiene una puntuación de 6 en el índice de derechos políticos y de 5 en el de libertades civiles, siendo 7 el más autoritario y 1 el más democrático.

Y un último dato, este extraído de la clasificación mundial de libertad de prensa que elabora todos los años Reporteros sin Fronteras. De los 180 países incluidos en la lista, Azerbaiyán ocupa el puesto 168. Yemen, Guinea Ecuatorial o Somalia registran mayores índices de libertad de expresión que esta nación caucásica. De hecho, durante todo el conflicto se impidió el acceso de la prensa extranjera a Azerbaiyán y se han limitado varias redes sociales en el país. El bloqueo informativo como estrategia de guerra.

Situación política en Armenia

La situación política y el respeto a las libertades es muy distinto en Armenia. En el año 2018 tuvo lugar la que se conoció como "Revolución de Terciopelo en Armenia". Tras semanas de protestas, y sin disparar ni un solo tiro, los armenios lograron derrocar al presidente Serzh Sargsyan. En poder desde 2008, Sargsyan había pergeñado varias reformas constitucionales, recurriendo a diversas irregularidades, orientadas a perpetuarse en el poder. 

A la vista del fraude que se estaba tramando, el periodista Nikol Pashinyan echó a andar desde Gyumri, la segunda ciudad del país, junto a su perro y un grupo de seguidores. Al cabo de quince días llegó a Erevan, la capital del país, donde le esperaban miles de manifestantes, sobre todo estudiantes. Las protestas continuaron durante días hasta que Sargsyan dimitió y Pashinyan le sustituyó como presidente. Desde entonces, Pashinyan inició una serie de reformas orientadas a acabar con la corrupción endémica en el país, democratizar el Estado y desarrollar la economía.

El periodista Andrés Mourenza, corresponsal de El País en Turquía, viajó al país unos meses después de la revuelta. En la revista 5W publicó la crónica "Revolución milenial en Armenia", de la que entresacamos algunos párrafos: 

"Pashinyán ha sido siempre un verdadero dolor de muelas para la autoridad. Nunca terminó su carrera porque fue expulsado de la facultad de Periodismo, oficialmente por saltarse clases, pero según sus compañeros a causa de un artículo en el que denunciaba la corrupción de la universidad. A finales de la década de 1990 fundó un diario, que le cerraron un año después. Creó otro y continuó su cruzada contra el creciente autoritarismo. Después dio el salto a la política y en 2012 fue elegido diputado por el partido de Ter-Petrosyán, y al año siguiente fundó su propia formación, Contrato Civil.

Quienes lo conocen lo definen como un político liberal, populista y pragmático, y como un batallador incansable y carismático. “Defiende los derechos humanos, la meritocracia y la igualdad”, dice Arsen Jaratyán, compañero de partido"

"Definir el carácter de la revolución de Armenia es harto complicado. No está claro si es una revolución progresista, liberal, populista, derechista o todo a la vez. O nada de eso. El poeta Arto Vaun la ha definido como una “clase magistral de socialismo”, algo que se antoja audaz teniendo en cuenta quiénes son los partidos que apoyan al Gobierno de Pashinyán: la conservadora Próspera Armenia, la coalición liberal Yelq y la Federación Revolucionaria Armenia, que, aunque se declare socialdemócrata, se define más bien por su nacionalismo. El propio primer ministro ha dicho, con ese tono tan en boga en estos tiempos, que “la división entre derecha e izquierda ya no funciona”.

"Dentro del movimiento revolucionario hay quienes presionan para lograr mayores avances democráticos con propuestas clásicas de la izquierda. “Una de las partes clave de nuestro programa es la democracia directa. Durante veintipico años, no se ha escuchado la voz del pueblo, se le ha dicho al pueblo que era estúpido, que no sabía lo que le convenía, que no entendía de estas cosas... y eso es inaceptable. El artículo segundo de nuestra Constitución dice que el poder recae en el pueblo”, afirma Sona Ghazaryán, elegida concejala de la capital tras la revolución: “Uno de los valores de la revolución es involucrar a los ciudadanos en el proceso político, hacerles ver que tienen el poder de decidir. Y por eso nuestro compromiso es que para todas las decisiones importantes, también a nivel municipal, se consulte al pueblo mediante referéndum”.

Todos los avances e ilusiones de las jóvenes generaciones se ven ahora amenazadas por la guerra con el vecino azerí. El malestar generado por la firma del tratado de paz y la entrega de territorio armenio a Azerbaiyán está haciendo tambalearse la presidencia de Pashinyán. A las pocas horas de la firma del acuerdo, la ira de los armenios llevó a la multitud a asaltar diversos edificios estatales, incluyendo el parlamento nacional, pidiendo la dimisión del gobierno por "traicionar el país". El futuro político de Armenia es ahora mismo incierto.

Una guerra desigual

Azerbaiyán, con su superioridad militar y el apoyo armamentístico de Turquía, tuvo desde el principio la partida de su lado. En las pocas semanas que duró el conflicto no tuvo reparos a la hora de desplegar su tecnología militar, recurriendo incluso a armamento químico ilegal y bombas de racimo. Ya desde los primeros días de guerra fue una constante el uso de drones por ambos bandos, pero muy especialmente por parte de los azeríes. 

El periodista Pablo González, que pasó varias semanas sobre el terreno cubriendo el conflicto para la Agencia EFE, da cuenta de la aplastante superioridad de los azeríes en esta cuestión. El aliado de Erdogan dispone de los drones suicidas israelíes Harop y otros modelos de la misma nacionalidad  como el Orbiter y el Hermes, así como los propios turcos Bayraktrar TB12. El ejército armenio sólo dispone del Krunk, un dron de fabricación propia. Según fuentes consultadas por el periodista español, ese es un signo indudable de que Azerbaiyán se había preparado a conciencia para la guerra, comprando distintos tipos de drones tanto a Turquía como a Israel para distintas misiones tácticas.

El propio presidente de Azerbaiyán se congratuló de la eficacia de sus adquisiciones: "Gracias a los avanzados drones turcos propiedad del ejército de Azerbaiyán, nuestras bajas en el frente se redujeron".


Dron TB2 turco destruye tanque T-72 armenio. pic.twitter.com/rbp5b9l9EW El Druso (@Eldruso) September 28, 2020

También se han registrado estas semanas ataques azeríes con fósforo blanco sobre el Nagorno Karabaj. El fósforo blanco es un agente incendiario que puede causar quemaduras graves que producen una alta mortalidad debido a la absorción del fósforo en el cuerpo y el daño que producen en órganos internos. Este compuesto químico se utiliza para quemar los bosques en los cuales se esconden los civiles durante los ataques del ejército azerí.

El uso de municiones de fósforo está explícitamente prohibido por numerosos tratados internacionales. Su utilización constituye una violación del Derecho Internacional Humanitario, el derecho consuetudinario, las Convenciones de Ginebra y las convenciones pertinentes de las Naciones Unidas. “Estas municiones tienen claros efectos de destrucción masiva para el medio ambiente: ahora también se utilizan contra civiles por las fuerzas militares azerbaiyanas y en este contexto están prohibidas por el derecho internacional”, declararon los Defensores de los Derechos Humanos de Armenia y Artsaj.

Además de estas armas incendiarias, Amnistía Internacional y Human Rights Watch han denunciado el uso de municiones de racimo por parte del ejército azerí contra áreas residenciales. Estas municiones están prohibidas por un tratado internacional de la Convención sobre Municiones en Racimo, suscrito en 2008 por más de 100 naciones. Estas bombas de racimo suponen una grave amenaza para la población civil, ya que en su funcionamiento encadenan varias explosiones que pueden cubrir un amplio territorio. 

“Los niños empezaron a gritar y todo el mundo entró en pánico cuando las bombas empezaron a caer. Abrimos las ventanillas y vimos que los coches se estaban quemando. Vimos que tenían cositas rosadas que las hacían arder, así que corrimos al sótano”, contó una mujer de 69 años, habitante de Stepanakert, a la ONG Human Rights Watch a propósito de los ataques con bombas de racimo.

Según Amnistía Internacional, también el ejército armenio habría recurrido a este armamento contra civiles azerbayanos. Fue el pasado 28 de octubre en un ataque contra la ciudad de Barca que habría causado 21 muertos y casi 80 heridos.

 

Based on preliminary data, #Azerbaijan used banned white phosphorus munitions over #Artsakh/#Karabakh causing fires to forests next to civilian communities. In addition to #ecological disaster they aim at burning the people hidden in the forests. pic.twitter.com/dp4xYy0Mx5 — Artak Beglaryan (@Artak_Beglaryan) October 30, 2020

Darle alas a Turquía

Como era de suponer, la comunidad internacional ha afrontado esta guerra con absoluta indiferencia y pasividad, esta vez con la excusa de las elecciones USA. Como si no se diese cuenta de las gravísimas implicaciones políticas y estratégicas de este conflicto. Erdogan lleva ya unos meses con una actitud abiertamente desafiante hacia Occidente: la conversión de Santa Sofía en una mezquita, las descalificaciones contra Macron o las acusaciones de islamofobia contra la Unión Europea: "La situación de los musulmanes en Europa es parecida a la de los judíos antes del Holocausto", dijo hace unas semanas.

Y esta guerra en Nagorno Karabaj se enmarca dentro de esa misma estrategia turca de tensar la cuerda para ver hasta donde puede llegar. Parece mentira que los analistas y diplomáticos no sean capaces de verlo, y sí los ciudadanos armenios de a pie. Bernardo Álvarez-Villar entrevistó para Nortes a Karen Kachatryan, un empresario armenio que lleva una década viviendo en España y ve la situación de la siguiente manera:

Karen Kachatryan con la bandera de Armenia FOTO: Iván G. Fernández

"Si todo el mundo se queda callado y no hace nada, al final Turquía se va a meter más. Les abren una puerta que luego van a pasar. No es una guerra solo de los armenios. Azerbaiyán por sí misma no empezaría, empezó porque Turquía le dio alas. A Turquía le interesa porque quiere dominar más territorio y enseñar a todo el mundo que es un país potente. Turquía está jugando a un juego y metió a Azerbaiyan, pero Azerbaiyán es un soldado para Turquía".

El profesor Juan Pablo Artimian, a quien citamos al comienzo de esta entrada, resume de forma magistral el alcance de esta guerra en el Cáucaso:

"El peligro de esta nueva agresión militar, en un mundo atravesado por la pandemia y la crisis económica global, abre las puertas para que regímenes autoritarios y ultranacionalistas involucrados en esta guerra, como la Turquía de Erdogan, arrastren a los países a una conflagración de mayores dimensiones. Para los armenios la guerra se vive en una marco mental y emocional de supervivencia (...) El suministro de armamento, drones y terroristas enviados desde Siria vía Turquía para su involucramiento en el ataque contra los armenios muestra el interés de Ankara en el Cáucaso".

En un contexto global tan agitado como el de estos últimos meses, lo que estaba en juego en el Nagorno Karabaj era mucho más que el control de un territorio montañoso de escasa importancia estratégica. Se trataba, en definitiva, de que la comunidad internacional demuestrase su compromiso con la democracia y los derechos humanos y fuese capaz de pararle los pies al islamismo radical que Erdogan promueve desde Ankara. Al final no ha sido así.

Acuerdo de paz a la fuerza

Tras seis semanas de enfrentamientos desiguales, ambos contendientes llegaron a un acuerdo para poner fin a las hostilidades. Un acuerdo que entró en vigor el pasado martes 10 de octubre y que le concede a Azerbaiyán el dominio de los territorios que tomó en el transcurso de la contienda. Armenia se ha visto obligada a retirarse de varias zonas que controlaba, y se acordó que se desplegasen en la zona tropas rusas para garantizar el cumplimiento de los acuerdos.
 
"Esta no es una victoria, pero no hay derrota hasta que te consideras derrotado", reconoció el presidente armenio. También  Arayik Harutyunyan, líder armenio de Nagorno Karabaj, tuvo que admitir que no les quedó más remedio que firmar la paz ante la aplastante superioridad del ejército azerí. Pocos días antes de la firma del tratado de paz los azeríes conquistaron Shusha, la segunda ciudad de la región, y los armenios no tenían posibilidades de seguir resistiendo.

Entre las condiciones del trato, Armenia pierde el control sobre los siete distritos azerbaiyanos adyacentes a Nagorno Karabaj y también la segunda ciudad del enclave, Shushá -o Shushi para los armenios-, que se encuentra a solo 11 kilómetros de la capital, Stepanakert.
 
Pese a que el conflicto ha sido breve, los muertos se cuentan por miles. La portavoz del ministerio armenio de Salud, Alina Nikoghosian, informó el 14 de noviembre de que "nuestro servicio forense ha examinado los cuerpos de 2.317 militares muertos, incluyendo cuerpos no identificados”. Azerbaiyán no ha aportado datos sobre el número de bajas militares en sus filas.
 
No hay cifras exactas sobre las víctimas civiles de la guerra. Se estima que estas seis semanas de guerra han perdido la vida unos 60 civiles azeríes y 45 armenios. Las vidas inocentes que siempre se cobran las guerras. 

20 de septiembre de 2020

Vocabulario Fundamental. Revolución (8) Bielorrusia, las protestas hacen tambalear la última dictadura de Europa

Hoy miramos al este, a Bielorrusia donde, a pesar de desaparecer de los noticieros por la omnipresencia de la pandemia vírica, continúan las protestas multitudinarias contra Aleksandr Lukashenko tras el flagrante pucherazo de las recientes elecciones presidenciales del 9 de agosto de este mismo año. ¿Lograrán las protestas ciudadanas masivas tumbar al último dictador europeo?

Primeros años

Lukashenko es el político del continente europeo que más años lleva en el poder. Fue el primero en ganar las primeras elecciones presidenciales democráticas, celebradas el país en 1994, después de la desintegración de la URSS, siendo el único diputado que votó en contra de la independencia de la misma en 1991. Llegó a la presidencia del país haciendo bandera de lucha contra las corruptelas del poder soviético desde la presidencia del Comité Anticorrupción.

Bielorrusia es el único país europeo que aún mantiene una economía planificada, muy similar a la de la Unión Soviética, de la que Alexander Lukashenko dice ser un gran nostálgico. Lukashenko aplicó algunas medidas económicas del antiguo sistema soviético, como el control estatal de parte de la economía, manteniendo la sanidad y la educación públicas y gratuitas.

Según datos del Banco Mundial, entre el año 2000 y el 2018 el porcentaje de personas que vivían bajo el umbral de la pobreza bajó del 41,9% al 5,6%. La sanidad y la educación son gratuitas y la tasa de paro es relativamente muy baja, al menos hasta la llegada de la pandemia. El país cuenta con una potente industria de maquinaria agrícola y abundantes recursos carboníferos y madereros. 

En 2001 revalidó la presidencia con el 77,4% de los votos presentándose como garantía de crecimiento y estabilidad. En esos momentos Lukashenko tenía un gran apoyo popular por distintas reformas sociales que, como hemos visto, sacaron a mucha gente de la miseria, pero fue entonces, cuando ya se sentía dueño y señor de Bielorrusia, cuando comenzaron sus ademanes autoritarios, el hostigamiento sobre la prensa independiente y la represión contra la disidencia. Como Chávez en Venezuela, vaya.

José Ángel López Jiménez, profesor de Derecho Internacional Público, sostiene en su análisis "Un régimen en el laberinto: Lukashenko, ¿supervivencia política a la sombra del Kremlin?" que el autócrata ex-soviético ha ido instrumentalizando en su favor dos elementos clave. 

Uno es la homogeneidad étnica de la República, con el 84% de la población de mayoría bielorrusa, sobre 9,5 millones de habitantes. Ello ha favorecido la convivencia entre minorías y la ausencia de secesionismos relevantes que pudieran eventualmente ser utilizados por Rusia, como en sus repúblicas vecinas (Moldavia, Georgia o Ucrania). 

De esa forma la reafirmación de la identidad nacional propia –mediante la promoción lingüística del idioma– facilitó la construcción de la estatalidad independiente tras la disolución de la Unión Soviética y, por consiguiente, la del propio Lukashenko al frente del mismo. El segundo elemento sería el factor religioso, pues Lukashenko ha ido forjando una alianza importante con la iglesia ortodoxa marginando a la Iglesia católica y atrayendo el voto de sus fieles y su poder social.

La soberbia del poder absoluto

Sobre todo a partir de esas elecciones de 2001 fue cuando Lukashenko dejó de gobernar para el pueblo, haciendo de la mentira y la represión su forma de gobierno, manipulando todos los resortes del poder para hacerse con el control absoluto de las instituciones del Estado, con el objetivo final de garantizar su puesto como ha conseguido su gran mentor y amigo, Vladimir Putin.

Lukashenko siempre se ha mantenido cercano a Rusia, mientras que ha preferido guardar las distancias con Occidente. Moscú ha sido, de hecho, el gran balón de oxígeno del régimen, tanto a nivel político, energético y económico como en el plano militar, incluido un tratado de unión bilateral y también su inclusión en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), suscrito por antiguas repúblicas ex-soviéticas. De hecho, en las últimas semanas el ejército ruso se ha reforzado en la frontera entre ambos países y se han realizado maniobras militares conjuntas. Así, con el respaldo total de Rusia, Lukashenko tuvo vía libre para manipular elecciones a su antojo.

En marzo de 2016, las terceras elecciones a las que Lukashenko se presentaba, volvió a ganar con el 82,6% de los votos. La oposición denunció fraude electoral. Asimismo, los observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) afirmaron que los comicios no cumplieron los requisitos necesarios para ser considerados democráticos. 

En su comunicado, destacaron algunas de las "ineficiencias" que se encontraron en Bielorrusia: la declaración del KGB de Bielorrusia (los servicios de seguridad), que asociaban a los grupos de oposición con el terrorismo, así como las restricciones arbitrarias a las campañas de los candidatos de la oposición, la propaganda de los medios estatales a favor del presidente, la obstrucción al trabajo de la prensa independiente, la presión sobre el electorado y la exclusión de representantes de la oposición en el proceso electoral.

A la vista de las pruebas aplastantes, la Unión Europea sancionó por primera vez a Lukashenko por su autoritarismo y las farsas electorales, cada vez más descaradas. Las sanciones, que afectaron al presidente y a sus cómplices en la triquiñuela electoral, incluían una prohibición de visados para entrar en los países de la UE y la congelación de sus fondos en dichos países. Pero a Lukashenko, teniendo a Putin a su lado eso le importó más bien poco.

El documental 'Bielorrusia, una dictadura ordinaria', de la productora ARTE.tv nos lleva a conocer las peculiaridades políticas y sociales bielorrusas bajo el autoritario gobierno de Lukashenko y cómo han surgido y se han mantenido las masivas protestas ciudadanas por todo el país a pesar de la represión policial.
 




Organizaciones humanitarias acusan con frecuencia al presidente, su gobierno y sus aparatos de seguridad de violar sistemáticamente los derechos humanos. 
Lukashenko ha desplegado por el país un temible aparato policial, pero como hemos visto, también una economía planificada que, mal que bien, garantizaba el bienestar de los bielorrusos.
 

No obstante, en la última década el país ha vivido una serie de crisis económicas que han debilitado su economía y que podrían haber aumentado las cifras de pobreza hasta alcanzar el 29%. Así lo indica el informe 'Poverty Dynamics in Belarus from 2009 to 2016', publicado por FREE Network, una red de institutos de investigación política.

A rasgos generales es en el entorno rural, donde se hallan los koljoses (granjas colectivas bajo control del gobierno), donde se halla el mayor apoyo a Lukashenko. Por el contrario, es en las ciudades (como suele suceder en casi todos los países) donde hay mayor apoyo a la oposición. 

Pese a todo, el descontento ha llegado también a algunas zonas rurales del país y el ciudadano bielorruso se debate entre la sumisión al poder autocrático y una peligrosa resistencia ciudadana.

Porque al hartazgo de la población por los masivos fraudes electorales se suma la terrible gestión de la crisis sanitaria de la COVID-19 en el país, donde en el mismo mes de mayo que mantenía confinado a la inmensa mayoría de los ciudadanos europeos en Bielorrusia se podía ir a bares, restaurantes, conciertos, partidos de fútbol y hockey, incluso a la celebración en mayo de un desfile militar multitudinario en conmemoración del 75º Aniversario de la victoria en la Segunda GM.

Es decir, se podía hacer de todo con la única recomendación de llevar mascarilla. Incluso el presidente se ha permitido el cinismo de aconsejar "ir a la sauna, beber vodka, jugar al hockey y trabajar duro" para evitar el coronavirus. Todos estos factores han ido debilitando la buena prensa del régimen.

A eso se le suma el Internet caído durante días para dificultar la organización de las manifestaciones, las denuncias de torturas y brutalidad policial en comisarías y las huelgas en las principales industrias del país. Este último punto es crucial, pues indica que los sectores sociales que más apoyaron a Lukashenko, la clase obrera empleada en industrias estatales, empiezan a alejarse de él. La inusitada violencia represiva colmó la paciencia de quienes habían hecho oídos sordos hasta entonces.
 

El descontento ha ido calando durante estos años en la sociedad bielorrusa y la espita que hizo explotar la rabia fue el enésimo fraude electoral, esta vez en las presidenciales del 9 de agosto de este año, las sextas a las que se presentaba el actual presidente, con un inverosímil 80% de los votos. Además, con la oposición desbaratada pues uno de sus principales oponentes, Viktor Babaryko, había sido arrestado en junio, otro, Valery Tsepkalo, huyó a Rusia poco después temiendo correr la misma suerte y la más conocida en Occidente, Sviatlana Tsikhanouskaya, estaba ya huída a Lituania desde donde instaba, días después, a la creación de un marco legal que garantice que puedan celebrarse de nuevo unas elecciones justas. 

Las protestas acorralan al gobierno

La reacción de los bielorrusos fue casi inmediata. A los pocos minutos de conocerse los resultados, los residentes de Minsk, la capital del país, y otras ciudades empezaron a concentrarse en las principales plazas y avenidas para manifestar en contra de lo que consideran una manipulación de los comicios. 

Más de 250.000 partidarios de la oposición bielorrusa salieron a la calle en Minsk en la bautizada como Marcha por la Libertad, armados de la bandera blanquirroja, la que representó al país entre 1991 y 1994 y que luego fue sustituida por la que había en la época soviética, aunque sin la hoz y el martillo.

A diferencia de lo que pasó en Kiev en 2013, en las manifestaciones no hay banderas de la Unión Europea, de la OTAN o de Estados Unidos, y entre las personas que conforman la marcha no existe una retórica de confrontación Rusia-Occidente como sí hubo en Ucrania. Pero Lukashenko respondió de la única manera que sabe hacerlo, mandando a los militares a reprimir las protestas y en menos de una semana los manifestantes detenidos ya eran casi 7.000.

El líder reaccionó con la soberbia propia de los déspotas. Se hizo grabar, mientras descendía de un helicóptero con kalashnikov en la mano y chaleco antibalas, dando ánimos a sus militares. Llamó "ratas" a los manifestantes y organizó una marcha a favor de sí mismo y su continuidad en el poder. 

Partidarios de Lukashenko en una movilización en apoyo al líder autoritario, el 19 de agosto en Minsk.Tatyana Zenkovich / EFE

La afluencia fue escasa, de poco más de 30.000 personas, y en ella Lukashenko dejó claro que prefería morir a entregar al mando: "Hemos construido un bello país, con sus dificultades y desperfectos. ¿A quién queréis entregarlo? Si alguien quiere entregar el país, ni muerto lo permitiré”.

Partidarios de Lukashenko en una movilización en apoyo al líder autoritario, el 19 de agosto en Minsk.Tatyana Zenkovich / EFE

El régimen se vio desbordado por la intensidad y persistencia de los manifestantes. A los pocos días del estallido, Lukashenko se vio obligado a pedirle ayuda a Putin, su tradicional aliado. La relación entre ellos no estaba pasando su mejor racha, pero pese a todo Rusia le prometió una "asistencia integral" en caso de "amenazas militares externas". 

Putin no perdió la ocasión de alimentar la tensión con Occidente jugando la carta de la insidia: "Estas protestas fueron organizadas por figuras oscuras del extranjero". Paradójicamente, pocas semanas antes del inicio de las protestas, Lukashenko anunció la detención de 33 paramilitares rusos que buscaban "desestabilizar el país en periodo preelectoral".

Bielorrusia ha estado sumida en la confusión desde que se conoció el resultado de las elecciones presidenciales. Es la última dictadura en el continente europeo, y la gente lucha por alcanzar la libertad. El reportaje de la productora ARTE, 'Bielorrusia lucha por la democracia', toma el pulso al país al calor de los últimos acontecimientos. Es también un necesario testimonio de la brutal represión que están sufriendo los manifestantes.
 


Las protestas no han cesado desde entonces. Los bielorrusos siguen en la calle y la policía de Lukashenko continúa con lo que Amnistía Internacional ha descrito como "campaña generalizada de tortura". La situación parece estancada y ninguno de los dos bandos da su brazo a torcer.

El desenlace es incierto, pero la comunidad internacional empieza a posicionarse. Parece que la ONU está dispuesta a investigar los abusos policiales contra manifestantes, mientras que la UE ha optado por imponer sanciones a Bielorrusia. La lista de sanciones como la congelación de activos o la prohibición de viajar a la Unión Europea, incluye a viceministros, responsables de las fuerzas especiales, altos cargos del servicio secreto, mandos policiales o directores de prisiones de Bielorrusia, pero no al propio Lukashenko. El derrocamiento del sátrapa podría ir para largo. 

Cerrojo informativo en Minsk

Desde el comienzo de las revueltas, Lukashenko se empeñó en reprimir con la misma saña a los manifestantes y a los periodistas independientes. Y lo hizo, lo sigue haciendo, sin ningún pudor. Tanto ha sido así que incluso la periodista y escritora Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura en 2015 y activa opositora al régimen bielorruso, tuvo que abandonar el país a comienzos de septiembre. Llevaba semanas siendo acosada, con un intento de asalto a su casa incluido, antes de optar por exiliarse en Alemania.

La autora de "La guerra tiene rostro de mujer" formaba parte del Consejo de Coordinación, creado por la oposición para facilitar una transición democrática en el país. “No queda ninguno de mis correligionarios de la dirección del Consejo de Coordinación. Todos están en prisión o expulsados del país”, denunciaba la periodista, "lo que está sucediendo es terror contra el pueblo". Su caso es solo el más visible de los muchos que están teniendo lugar en el país. 

La misma Alexievich, en una entrevista en El País de antes de que tuviera que marcharse, reconocía “Sentí que vienen largos y malos tiempos (...) No sé cómo, pero con las fuerzas internas y sin ayuda exterior no podemos superar la situación”. “(...) está en marcha una total represión. Despiden a los trabajadores, echan a la mitad de las plantillas. El país se dividió y da igual que hayan salido centenares de miles de personas a manifestarse en Minsk. También han salido en otras ciudades, pero en ellas se trata de kamikazes, porque no son tantos. Nuestra sociedad civil no tiene aún las fuerzas necesarias para lograr la democracia”

Y respecto a la improbable posibilidad de que Rusia pudiera ayudar al movimiento revolucionario Alexievich era tajante:¿Acaso no queda ninguna esperanza procedente de Rusia? “¿Acaso Rusia necesita una Bielorrusia libre? ¿Acaso Rusia quiere nuestra victoria? Si eso sucediera, entonces los rusos se preguntarían sobre sí mismos y (se preguntarían) por qué ellos están así y entonces allí comenzaría lo mismo que aquí. Así que está excluido y no hay nada de que hablar. Por mucho que lo odien, Lukashenko de todas maneras es suyo. Nosotros también pensábamos que se encontraría un consenso en la sociedad y que encontraríamos a un presidente de transición que pudiera gestionar unas elecciones libres, pero no ha sucedido. Entendí esto este domingo cuando vi la enorme cola de vehículos militares en todas las calles de Minsk y los uniformados en su interior. En la ciudad han entrado los militares, y ya lo advirtió el ministro del Interior, que tendríamos que vérnoslas con el Ejército”... 

La opinión de la diáspora bielorrusa en nuestro país 

Nuestra compañera en FronteraD Amelia Serraller entrevistó en la revista digital FronteraD a varios ciudadanos bielorrusos residentes en España sobre la situación de su país. Un par de preguntas abordaban precisamente esta asfixia informativa que está imponiendo Lukashenko:

AS: ¿Cuál es la situación de los periodistas independientes?

AY: Casi el 90% de los periodistas que han pasado un mes trabajando en Bielorrusia han sido detenidos. Algunos diez días, otros solo uno: pero hablamos de una cifra oficial. Siempre hay riesgo, contactamos con periodistas internacionales, a veces para interesarles o “picarles”. ¿Conoce a Jalis de la Serna? Su visado fue rechazado, pero aún así irá por su cuenta. Hay muchos periodistas que no pueden entrar con su cámara y equipo de trabajo. Lo hacen de paisano desde Rusia. El régimen les está echando a todos.

AS: ¿Cree que la información que nos está llegando en España es buena?

AY: Ni sí ni no. Los medios le quitan dramatismo, para no añadir leña al fuego. Les pusimos en contacto con 20 personas que habían sido torturadas en la cárcel, dispuestas a contarlo. Y de momento no hemos visto ni una sola, aunque se han hecho. Tienen cierta presión del Ministerio, porque nunca se sabe. Yo creo que España está esperando a que la UE alcance por fin un acuerdo. Eso sí, la ministra de Asuntos Exteriores (Arancha González Laya) nos habló en la ONU: le admira nuestra actividad.

Lukashenko y su policía no hacen distinciones entre los periodistas bielorrusos y la prensa extranjera. A comienzos de octubre, el Ministro de Asuntos Exteriores bielorruso canceló todas las acreditaciones para periodistas extranjeros. Según las autoridades, se trata de una medida orientada a garantizar la "seguridad informativa" del país. "No es como la guerra, pero se parece, presión y más presión cada día", ha dicho Barys Haretski, presidente de la Asociación de Periodistas de Bielorrusia.

Pero Lukashenko no se ha limitado a presionar y denegar acreditaciones. Desde el 9 de agosto, cuando empezaron las protestas, 277 periodistas han sido detenidos en Bielorrusia, según datos de la Asociación de Periodistas de Bielorrusia. Cuarenta de ellos fueron detenidos el sábado diez de octubre en el transcurso de las nuevas manifestaciones contra el fraude electoral.

Las intenciones del régimen están claras, cuantos menos testigos, mejor. Y se está empleando a fondo para conseguirlo. Durante las primeras semanas de protestas, los periodistas bielorrusos denunciaron un apagón informativo que había bloqueado el acceso a más de setenta webs. Entre ellas, varios medios de comunicación críticos con el gobierno de Lukashenko como Masheka.by o Vitebsky Kurier (El Correo de Vitebsk).

La respuesta no se hizo esperar. Reporteros sin Fronteras, una organización que vela por la libertad de prensa en todo el mundo, desbloqueó algunos de esos portales censurados. Lo hizo a través de la operación #CollateralFreedom, un dispositivo basado en la técnica de mirroring que permite evadir la censura en línea. Todo un ejemplo de solidaridad internacional en defensa de la libertad de expresión y contra el autoritarismo censor. 

Pese a todo, la moral de los bielorrusos sigue alta y su decisión de continuar en la lucha es firme. Otra cita de la entrevista de Amelia Serraller en FronteraD con activistas bielorrusos:

Amelia Serraller: ¿Cree usted que tiene Lukashenko los días contados?

Aliaksandr Yurevich: Sí (responde con convicción). Sí, por todo nuestro trabajo. Tenemos un dicho ahora: si eres bielorruso, no duermes. Llevamos más de 100 noches sin pegar ojo. Hacemos el máximo esfuerzo y todos nuestros vecinos que están en el Oriente post-soviético nos echan un cable: Lituania, los ciudadanos rusos, ucranianos, georgianos, armenios… Estamos en ello. Pero hasta el año que viene no lo vamos a ver.

Y para comprender un poco mejor la intrincada relación entre Putin y Lukashenko, dejamos este interesante vídeo de Visual Politik. 

¿Qué quiere Putin en Bielorrusia?