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12 de febrero de 2021

Museo del Juez Roy Bean (4) Metropolis (George Grosz, 1916)



La transformación de las ciudades en grandes metrópolis fue uno de los temas que más apasionaron a los artistas de comienzos del siglo XX y muchos, como George Grosz, no pudieron resistirse a plasmar sus rápidos y constantes cambios. Berlín es retratada por Grosz en pleno transcurso de la Primera Guerra Mundial en un estilo expresionista en el que el rojo es el color dominante. La escena está construida haciendo uso de los recursos del cubismo y futurismo para representar, por medio de una perspectiva muy forzada y la superposición de las figuras, la aceleración de la vida urbana. Sin embargo, frente a la visión triunfalista de otros artistas, Grosz, marcado por sus propias experiencias en el frente, da a su obra un aire apocalíptico que pone en evidencia la alienación del hombre y su camino de autodestrucción.


Metrópolis, pintada por George Grosz en Berlín en plena guerra, entre diciembre de 1916 y agosto de 1917, con una interrupción debida a su nueva llamada a filas, entre enero y mayo de 1917, representa una visión alegórica e inquietante de una sociedad encaminada a su propia destrucción. La pintura, consecuencia de los horrores de los que el artista había sido testigo, se inscribe dentro de un estilo marcadamente expresionista, aunque el solapamiento de planos geométricos de la composición nos remite a la estética cubista. Como les ocurría a sus contemporáneos Ludwig Meidner y Lyonel Feininger, Grosz se muestra aquí fuertemente influido por los pintores futuristas, a quienes conocía bien a través de las exposiciones organizadas por Herwarth Walden en la galería Der Sturm. 

La representación de la aceleración de la vida urbana, propia del futurismo italiano, se adecuaba a la perfección a la imagen del mundo que él quería transmitir. Grosz convierte la glorificación futurista de la ciudad en destino fatal del hombre moderno. La muchedumbre deshumanizada que contemplamos en Metrópolis está irremediablemente atrapada en un tipo de vida infernal que Grosz exagera a través de unas acusadísimas líneas de fuga, producidas por una perspectiva muy rígida y, sobre todo, gracias al predominante color rojo que proviene de una abrasadora e irreal esfera solar que ilumina toda la composición.

En su comentario sobre Metrópolis, William Lieberman mencionaba que Walter Mehring, que conoció a Grosz en 1916, se refirió a esta obra como Reminiscences of the Entrance to Manhattan, quizás debido a que muchos de los dibujos preparatorios de la pintura eran representaciones imaginarias de Nueva York. 

El poeta alemán Theodor Däubler, en un temprano artículo sobre el pintor, ya se había referido a su «concepción apocalíptica de la gran ciudad» y, al describir un dibujo de 1916 titulado (en inglés) Memory of New York, manifestaba: «...Las casas son geométricas, desnudas, como si hubieran sufrido los estragos de una guerra. Los trenes suburbanos pasan a toda velocidad, como una tormenta entran con la rapidez de un rayo y al instante siguiente desaparecen. Los hombres, la mayoría de ellos mera expresión de su avidez, con rostros desfigurados, parecen espantados. ¡Unos encima de otros! Por todas partes coloca pequeñas estrellas, incluso cuando escribe, unidas rítmicamente como si se tratara de fuegos artificiales. O alejándose volando: ¡sobre la bandera americana!». Esta obra, al igual que Metrópolis, se encuadraba dentro de la nueva fascinación que intelectuales y artistas europeos sentían por todo lo americano como símbolo de la modernidad. Llevado por esa admiración, en 1916, mientras comenzaba a pintar Metrópolis, el entonces Georg Gross decidió americanizar su nombre y cambiarlo por el de George Grosz, que utilizaría a partir de entonces.

Por otra parte, Metrópolis es una obra significativa por la historia que tiene detrás. A mediados de la década de los veinte se convirtió en uno de los primeros cuadros de Grosz que entró a formar parte de una colección pública alemana al ser adquirido por la Kunsthalle de Mannheim, en donde en junio de 1925 se expuso en la mítica muestra Neue Sachlichkeit (nueva objetividad). Esta exposición, organizada por el director del museo, Gustav Hartlaub, reunía las manifestaciones artísticas figurativas de Alemania posteriores al expresionismo. Junto a Metrópolis podía contemplarse otra obra estrechamente relacionada con ella, Dedicatoria a Oscar Panizza, que, como Grosz manifestó más tarde, fue pintada «como protesta contra la humanidad que se había vuelto loca» y dedicada a este escritor alemán que había sido injustamente recluido en un hospital psiquiátrico y sus libros prohibidos.

Con la llegada del nazismo, Metrópolis se expuso en la muestra Entartete Kunst (Arte degenerado), la gran parodia difamatoria del arte de vanguardia que hizo el Tercer Reich. Poco después se encontraba entre las obras vendidas por el régimen nazi en la Galerie Fischer de Lucerna para sacar fondos para su programa de rearme. Fue comprada por Curt Valentin, un marchante alemán que emigró a Nueva York, donde abrió la Buchholz Gallery. Así fue como Metrópolis llegó a América, que también sería la nueva patria de Grosz, quien, una vez consolidada su posición económica, volvió a comprar esta emblemática obra. La pintura perteneció por un tiempo a Richard L. Feigen antes de entrar a formar parte de la Colección.

Paloma Alarcó (Museo Thyssen-Bornemisza)

18 de marzo de 2010

Museo del Juez Roy Bean (7) The daughters of Edward Darley Boit (John S. Sargent, 1882)


Para John Singer Sargent (1856-1925), Velázquez era Dios y su obra sagrada, Las meninas. Sargent, paisajista y retratista estadounidense nacido en Florencia viajó numerosas veces a Madrid para copiar Las meninas, algo que han hecho muchos de los grandes maestros de la historia del Arte. El registro de visitas del museo recoge tres entradas en diferentes fechas. 
El resultado de esa fascinación creativa es Las hijas de Edward Darley Boit, un lienzo pintado en 1882, propiedad del Museo de Arte de Boston que durante tres meses se va a poder ver en la galería central del Museo del Prado. Los Austrias y los Boit, juntos. Las inquietantes miradas de la infanta Margarita y de Julia Boit, son el centro de composiciones similares. Cuando Sargent expuso la obra tenía 27 años. Un crítico estadounidente escribió que Velázquez había resucitado. Ángeles García. El País 15/03/2010 

14 de septiembre de 2009

Museo del Juez Roy Bean (5) Le Bon Samaritain (Aimé-Nicolas Morot, 1880)


Petit Palais, Paris - La mejor ciudad, la mejor compañía y un gran descubrimiento. El pintor francés Aimé-Nicolas Morot y su impactante cuadro Le Bon Samaritain, pintado en 1880, conmovedor y carnal hiperrealismo en aquellos tiempos de impresionistas y colores pastel.

12 de abril de 2009

Museo del Juez Roy Bean (4) Francis Bacon, la oscuridad y la rabia



De la imprescindible exposición que puede verse en el Museo del Prado sobre la pintura de Francis Bacon y que termina el próximo domingo 19 de abril, escogemos un par de ejemplos (Estudio del Papa Inocencio X, de Velázquez y Tres estudios para auto-retrato) 
sobre su arte, pleno de oscuridad, rabia y violencia, con seres tenebrosos o deformes encerrados dentro de la más absoluta de las soledades. Él incluido. ¡¡¡Bean-recomendable!!!

1 de diciembre de 2008

Vocabulario Fundamental. Demencia (2) Museo del Juez Roy Bean (2) Nueve Discursos Sobre Cómodo (Cy Twombly, 1963)



Demencia:


1. f. Locura, trastorno de la razón.
2. f. med. y psicol. Deterioro progresivo e irreversible de las facultades mentales que causa graves trastornos de conducta.


Nueve Discursos Sobre Cómodo

Pintada en 1963 por Cy Twombly y comprada recientemente por el museo Guggenheim de Bilbao por 20 millones de euros, esta obra compuesta de nueve lienzos de gran formato (2,04 por 1,34) plasma la inmersión en la locura del emperador romano Cómodo (el de la tan buena película como históricamente inexacta Gladiator) que tiranizó el Imperio Romano y acabó sus días convencido de ser la reencarnación de Hércules. Fue asesinado en 192 d.c.

Puede observarse cómo evolucionan progresivamente los cuadros desde un aparente orden psicológico a la degeneración mental, a un caos visceral representado en los brochazos color sangre (con varias texturas, como vísceras derramándose en una pared) superpuestos sobre las estructuras grises cuadriculadas.

Se cree que las obras de Twombly con la muerte como temática podrían haberse inspirado en el asesinato en directo de John Fitzgerald Kennedy ese mismo año. Esta obra, fuertemente expresionista, fue muy criticada en su tiempo ya que no entraba dentro de los cánones estéticos de la época, basados en el pop y el minimalismo y, como suele ocurrir, sólo una revisión posterior de la obra de Twombly la puso en el lugar que merece.

Desde luego recomendamos una excursioncita a Bilbao para ver esta obra magnífica y otras igual de buenas del mismo Twombly y ya de paso el impresionante museo que la contiene.

5 de noviembre de 2008

Museo del Juez Roy Bean (1) Apocaliptic City (Ludwig Meidner, 1913)


Meidner y el Apocalipsis

Hoy estrenamos etiqueta específica sobre esa cosa tan amplia, subjetiva y maravillosa que es la expresión artística. Quitando el cine que, como nuestros lectores saben, ya tiene secciones propias. Y lo hacemos con un pintor, Ludwig Meidner, que con clarividencia ya anticipaba en 1913 la gran carnicería en la que se sumiría Europa un año después. Este cuadro maravilloso y otros tantos de una época de cambios, pasiones y convulsiones (como la que vivimos), terreno abonado para la creatividad que éstos y otros agitamientos producen en la mente humana y que pueden verse en la imprescindible exposición "1914 La Vanguardia y la Gran Guerra" que puede visitarse hasta el 11 de enero en el Thyssen y la Fundación Caja Madrid.

Arte para ciudades en llamas

Revista de Arte Logopress - Andrés Merino

Suele afirmarse que la Gran Guerra –denominada convencionalmente por la historiografía Primera Guerra Mundial- comenzó en julio de 1914. Pero el primer gran conflicto bélico internacional que afectó a Europa en el siglo XX había estallado tiempo antes en el mundo del arte. Esa es una de las principales tesis sostenidas por los organizadores de la gran exposición sobre la obra plástica que centró la actividad de pintores, grabadores y escultores de la época, que tiene lugar en las sedes del Museo Thyssen Bornemisza y la Fundación Caja Madrid, en la capital madrileña. Hemos escogido para presentar al lector de Revista de Arte una de los más significativos lienzos de la muestra. Se trata de uno de paisajes apocalípticos de los seis pintados por Ludwig Meidner y presentados en 1913, conservado en el Museo Nacional de Westfalia. La obra del alemán se inscribe en un extraño patetismo, obsesionado por dotar a los lienzos de una agitación visual para constatar el hundimiento de una era. Esa concepción novedosa, de quiebra de la historia como mero proceso cronológico, es compartida por otras corrientes del momento como el futurismo. Por eso no extraña que acudiesen a coartadas como el Apocalipsis, la decadencia social, los estragos de la peste o a referentes figurativos como el personaje de Jeremías.

Lo que Meidner denomina paisaje es en realidad la visión viva, a través del color y el contraste, del ataque aéreo a la zona baja de una ciudad, del que parecen librarse aún los barrios que se extienden sobre dos leves promontorios a izquierda y derecha. En el centro, casas que arden entre las calles, en las que pueden distinguirse las diminutas personas a las que, a base de minúsculos brochazos, se ha dotado de piernas para intentar huir de la barbarie. En el cielo, estallidos que rompen una noche que pretendía ser oscura, formidablemente representada por la quiebra de ese azul al que ya no dejarán ser morado. Para la caída de los artefactos administra con generosidad el amarillo, pero la introducción de rojos y verdes en ordenado desorden consagra una dinámica de gran atracción. Si el fuego es protagonista, la sencillez con la que el artista dota a las llamas sobre los tejados de feroz movimiento destructor es admirable.

Es llamativo que años antes del uso los bombardeos como mortífero medio de aniquilamiento de la población civil un pintor se decidiera a recoger una visión tan clara del horror venidero. Es inevitable clasificar este lienzo como un claro antecedente del Guernica, aunque desconocemos el grado de conocimiento que Picasso tuvo de la obra de Meidner. Pero en nuestra opinión, este “Paisaje apocalíptico” compite perfectamente con la obra del malagueño como visión estética del horror de los bombardeos aéreos.