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22 de enero de 2022

Ciclo de cine clásico USA (30) 'The last picture show', de Peter Bogdanovich



Hoy revitalizamos nuestro ciclo de cine clásico USA con 'The last picture show' ('La última película' en España), la gran obra maestra del director Peter Bogdanovich, quien este pasado 6 de enero moría en su casa de Los Angeles, a los 82 años de edad. Además de realizador Bogdanovich fue un destacado crítico cinéfilo, sobre todo del cine clásico ya que convivió con Orson Welles y escribió algunos estudios cinefílicos de referencia sobre grandes directores como el propio Welles, Howard Hawks, John Ford, Alfred Hitchcock y Fritz Lang, entre otros. 

Sin embargo, como cineasta, quizás alcanzó el éxito demasiado pronto, dirigiendo sus mejores películas al comienzo de su carrera, como 'The last picture show' (1971) y 'Luna de papel' (1973) y luego cayendo en una cierta mediocridad. 

Esta película que hoy publicamos tuvo ocho nominaciones a los Oscar y es una adaptación de la novela homónima y semiautobiográfica de Larry McMurtry y publicada en 1966 y sus protagonistas son interpretados por unos jovencísimos Jeff Bridges, Timothy Bottoms y Cybil Sheperd (quien mantuvo un romance con el propio Bogdanovich) y unos Ben Johnson, Ellen Burstyn y Cloris Leachman en espléndida madurez para componer un elenco actoral sobresaliente.

El filme es un desencantado estudio de una serie de personajes que vagan por un perdido y mortecino pueblo de la América rural, son 
espectadores de sus propias vidas en una localidad encerrada en sí misma en la que no hay mucho que hacer. Seres insatisfechos que vagan en un mundo que se acaba, un mundo compuesto por un viejo cine, un salón de billar, un café abierto toda la noche y algunas fiestas. Seres desesperados que buscan en el sexo el sentido a sus vidas solitarias, que pierden todo -la inocencia, la juventud, la rebeldía- en el transcurso de un año. 

Pero también se insinúan otros temas a lo largo de la película, como el ocaso de las salas de cine con la llegada de la televisión, la superación de la muerte, o la crisis de ideales e innovación en una desencantada alegoría de la propia sociedad estadounidense de los cincuenta. 

Es esta una película en la que la melancolía se posa en cada plano como el polvo que un chico de pocas palabras barre para apenas un momento después volverse a posar lánguidamente, arrastrado por un viento que parece no detenerse nunca. En fin, disfrútenla, es cine del que ya no se hace, el mejor cine para ver en el blog-vida del Juez Roy Bean.

4 de febrero de 2021

Ciclo de cine europeo (43) 'El sanatorio de la clepsidra', de Wojciech Has


La película que hoy traemos a nuestro ciclo de cine europeo es otra del cine hecho en nuestro continente. Fue dirigida en 1973 por el polaco Wojciech Has y es una de las películas más originales y bellas del cine polaco, en una reflexión artística y poética sobre la naturaleza del tiempo, de la memoria y la irreversibilidad de la decadencia y la muerte. 

El guión, del propio Has, es una adaptación de una obra del escritor polaco y judío Bruno Schulz a la que, parece ser, se le añadieron referencias al Holocausto, mostrándonos al autor a través del prisma de su experiencia y muerte durante la Segunda Guerra Mundial. En el año 1973 obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes.

De René Magritte a Jean Cocteau, pasando por Jan Svankmajer, los hermanos Quay (de quienes estanmos preparando un post especial) o Chris Marker sus influencias se adivinan entre una amplia gama de simbolismo centroeuropeo en un film que parece tender a infinito, demostrando que el cine es uno de los mejores medios para navegar a través del tiempo y la memoria y que el surrealismo es una gran opción para tocar el hueso de la siempre subjetiva Historia. 

Poco antes de la 2ª Guerra Mundial, un joven viaja a un sanatorio para visitar a su padre moribundo en un tren cuyos pasajeros parecen inmersos en un extraño trance, en un escenario que parece escapar a la razón. Durante el viaje experimenta lúgubres visiones de muerte e insania que lo confunden y lo apartan de la realidad, anticipando lo que se encontrará cuando llegue a su destino. 

Cuando llega al sanatorio, descubre que el lugar está invadido por una barroca y densa atmósfera de locura donde luces, sombras y una serie de bizarros personajes lo introducen en un mundo lúgubre y onírico, donde se mezcla el pasado, el presente y el futuro en un amalgama de romanticismo, decadencia y cierto apocalipsis. Una pequeña joya del séptimo arte imprescindible en nuestro ciclo de cine europeo. Con ella les dejamos (hay que cerrar algunas pop-ups de publicidad) y después una excelente crítica por si quieren profundizar en este conspicuo film.



"El camino se hará su propio camino." Comienza elocuente, y así seguirá.

No hay entrada fácil o lógica al reino de la clepsidra, y así mejor será. Entre las paredes del sanatorio caben la infancia, la vejez, la vergüenza o la tristeza, todo a la vez. Con recuerdos a medio cocer que quizás nunca sucedieron, o por fin se han sucedido como debieron la primera vez.

Sea como sea, todos hemos querido meternos debajo de la cama, y aparecer en esa jungla primitiva donde ganamos todas las batallas que alguna vez importaron.

'El Sanatorio de la Clepsidra' es un monumento a lo que Bruno Schulz, autor de los relatos en los que se basa, tuvo a bien llamar "el tiempo de segunda mano".

Un derroche de imaginación, un caudal continuo e infinito de escenarios y situaciones que no descansan, no paran ni flaquean, y obedecen a una "lógica de sueño" tan absurda como entrañable.

Sí, aquí cabe encontrarse con la mujer de tus oscuros deseos en una cama en medio del bosque, huyendo de soldados de juguete, mientras el revisor del tren te pide los billetes y te insta a que te metas debajo de la cama para hablar con tu padre al otro lado de las telarañas.

No puedo, ni quiero, encontrarle sentido.

Un delicioso sentido optimista recorre a su protagonista, Józef, mientras trata de preguntarse y autorresponderse con los fragmentos de su propio pasado, persiguiendo a su padre como elemento constantemente esquivo y siempre activo, nunca mirando al tendido (lo que podría haber sido el mal común del cine pretendidamente artístico).

Él, como nosotros, ha llegado al sanatorio buscando a su padre en tratamiento, y solo se ha encontrado que allí él no ha muerto todavía, y que existe la posibilidad de reencontrarse consigo mismo cuando era un chaval, viviendo a la sombra de una guerra que no había sucedido y eternamente enamorado de la prostituta que le hacía despreciar a sus vecinos judíos.

Sucede así un recorrido alucinado, verborreico, ilógico, por la historia polaca, por el pueblo de Galitzia (uno de esos cenagales de casas apiñadas por los que nunca pasa nada hasta que pasa la guerra) y por el alma de su padre, siempre contradictoria, siempre capital en sus recuerdos.

Realmente, solo hay que relajarse y disfrutar del viaje: múltiples planos secuencia construyen y pueblan el espacio, de manera sosegada pero progresiva, haciéndonos pasar de la tétrica casa-barco donde habitan remanentes automáticos de personajes ficticios que se creyeron importantes (tal cual) al banquete de pueblo en cántico donde los niños judíos siempre esperan un bocado que sus decrépitos mayores han dado antes.

Siempre hay una rendija, un bajo de mesa, un pasadizo a los pies de la cama, un armario destartalado, que permite escapar cuando el tiempo deja de ser prestado y pasa a ser peligroso, cuando se impregna de muerte, decadencia y violencia.


Así se pasa la vida. Así nos pasamos la vida, en realidad.

Qué pena que nos damos cuenta de su maravilla y absurdo ilimitado cuando el surrealismo de propuestas como esta la pinta mejor de lo que nos había quedado.
spoiler:

Y, como siempre, como no puede ser de otra manera, la fantasía se cobra su pieza.

En realidad, el padre de Józef estaba cansado, olvidado, al borde de una muerte que demasiado había postergado.

Y vivimos recorriendo un pasillo lleno de armarios, armarios atestados de recuerdos, que solo parecen estorbar cuando por fin despertamos.
Ciegos a la evidencia, de que no hay mucho sentido en todo esto.

El único final posible tras haber pasado tanto tiempo de imaginación fecunda.

29 de enero de 2021

Ciclo de cine de animación (42) Ciclo de cine europeo (41) 'Alois Nebel', de Tomáš Lunák



La película que hoy presentamos en feliz coincidencia de suponer la número 40 en nuestros ciclos de cine europeo y de animación es 'Alois Nebel' dirigida en 2011 por el checo Tomáš Lunák galardonada como mejor película de animación en los European Film Awards 2012. 

Lunák firmó con este trabajo su ópera prima, luego de haber trabajado en la elaboración de distintos vídeos musicales con la misma técnica cinematográfica rotostópica que utiliza en esta película. Consiste en filmar con imágenes reales que son posteriormente tratadas dibujando sobre cada cuadro de animación, plano por plano, lo que genera un efecto más real en la animación y en las expresiones de los personajes. Este realismo es una de las grandes virtudes de este film para retratar la soledad y melancolía de su personaje principal pero también la representación del paisaje físico y su gélida y densa atmósfera.

Evocando al muy recomendable clásico del cine checo 'Trenes rigurosamente vigilados' y a la 'Europa' de Lars von Trier (que inauguró nuestro cine de cine europeo), la historia está inspirada en una trilogía de novelas gráficas de Jaroslav Rudiš y Jaromir Svedjik que nos cuenta la historia de Alois Nebel, un empleado de una estación de trenes a finales de la Guerra Fría. 

Alois combate la crisis de su presente con sus recuerdos de la niñez cuando, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los alemanes que allí vivían fueron expulsados de la región de los Sudetes en Checoslovaquia, una de las primeras zonas anexionadas por Hitler. 

El señor Nebel se siente atormentado por los fantasmas de su pasado, que siempre se le aparecen acompañados de una densa niebla ('nebel' en checo..) que lo traslada a ese momento crucial de su vida donde, en la misma vía del tren, fue separado de sus padres.

A su alrededor aparecen una serie de personajes que completan una trama que, con un ritmo pausado y una lograda estética de luces y sombras, nos conduce a través de la rutinaria y contemplativa vida de un hombre atormentado por los fantasmas de su pasado atrapados en la memoria de aquel hecho traumático que marcaría su existencia.

 
Alois Nebel (Tomáš Lunák, 2011)

Cine Maldito Nov 27 2012

Alois Nebel supone un golpe sobre la mesa mayúsculo en la producción animada europea reciente. Debut del realizador checo Tomáš Lunák a partir de la novela gráfica del mismo nombre ideada por Jaroslav Rudiš, hace honor a la arraigada tradición animada de su país con un retrato psicológico de un empleado de ferrocarril en la Eslovaquia que abraza el capitalismo, en la línea del clásico 'Trenes rigurosamente vigilados' de su compatriota Jirí Menzel. Eliminada en su carrera por los premios Oscar como representante de la República Checa a Mejor película extranjera, ha sido reivindicada en numerosos festivales como lo que es, una joya en bruto de tono reposado y contemplativo, cuya contenida animación en blanco y negro esconde unos ambiguos personajes marcados por un pasado atroz.

Retrata la historia de Alois Nebel, un funcionario de vida gris encargado de controlar el tránsito de trenes en una recóndita estación situada en la región oriental de la cadena montañosa de los Sudetes, frontera de la República Checa (en los tiempos del filme, Checoslovaquia) y Polonia. Numerosas alucinaciones en las que se funden el presente y un difuso pasado trastornarán la mecánica vida de Alois hasta el punto de cuestionarse su propia cordura. Al mismo tiempo, una misteriosa figura escapa de las autoridades a través de la frontera polaca, armado con un hacha. Ambas figuras se encontrarán sin mediar palabra, trenzando una relación cuyas raíces se hallan en los borrosos recuerdos del protagonista.

Es una película que supone un conocimiento previo por parte del espectador porque evita explicitar hechos que son una realidad en la vida del protagonista. Esto puede considerarse un error o virtud por ser insobornablemente fiel a su premisa, que es la de la narración desde la percepción de Alois Nebel. Aunque un desconocedor absoluto de la evolución de la historia europea a lo largo del siglo XX todavía podría disfrutar de la negrura y desesperanza que desprende el relato, no tendría ni punto de comparación con la experiencia del poseedor de unas nociones básicas, por la infinidad de matices que aportan, sobre todo a la construcción del protagonista. Procedo con una situación temporal para novatos entre los que me encuentro.

Su historia alterna dos tiempos, la acción principal transcurre en la Checoslovaquia de finales de los 80, mientras que las alucinaciones del protagonista se enmarcan en 1945. Estas visiones rememoran la expulsión de los alemanes étnicos de la antigua Checoslovaquia tras la Segunda Guerra Mundial por una supuesta colaboración o filia con la maquinaria Nazi. Este colectivo era mayoría en la región de los Sudetes donde se sitúa la acción principal de Alois Nebel y en su deportación sufrió un trato inhumano que desembocó en numerosas muertes, un hecho oscuro que se prefiere no recordar. Por otra parte la Revolución de Terciopelo a finales de los 80 supuso la caída del régimen y la entrada del capitalismo en el país, con la independencia de la República checa y la eslovaca.

El apellido de nuestro protagonista, Nebel, significa niebla en alemán, una metáfora que referencia lo difuso de la memoria, pilar fundamental de la obra de Lunák. Consecuentemente, todas las secuencias que retratan recuerdos estarán acompañadas de una bruma espesa e impenetrable. Estos pequeños retazos que se desprenden de la trastornada mente del protagonista nos remiten directamente a ese hecho sombrío, también presente en la propia constitución del personaje, sus andares y sus manías. Conocedor de la crueldad de la que el ser humano es capaz, se aferra a sus fieles horarios de tren, la única verdad realmente objetiva que puede apaciguar su desgarrada alma.

El empleo de la técnica de rotoscopiado con la que experimentara Linklater en A Scanner Darkly y Waking Life es utilizada aquí como medio para otorgar un realismo oscuro y turbio a la narración, capturando previamente la acción principal y movimientos de los personajes mediante una filmación convencional para posteriormente otorgarle su carácter animado. Esto permite definir una profundidad en los personajes basada en sus expresiones difícilmente alcanzables mediante animación tradicional. Por esto mismo destaca la veracidad de la construcción del protagonista, en una sobria y elogiable interpretación de Miroslav Krovot (The man from London, Béla Tarr), más aún en un personaje como el de Alois Nebel, cuya personalidad se evidencia por sus acciones y gestos.

En su estructura de relato negro de vertiente psicológica, nos aventura por los insondables rincones de la memoria, sugiriendo y dejando margen al espectador para que saque sus propias conclusiones en esta historia de rencor y venganza, de aceptación y deriva. Su exacerbado pesimismo no deja lugar a duda: podremos sobrellevar nuestra existencia con mayor o menor agrado, pero nunca conseguiremos deshacernos de nuestra pesada losa.

24 de diciembre de 2020

Ciclo de cine de animación (41) 'La tortuga roja', de Michael Dudok de Wit


La segunda película de nuestra sesión doble es también una producción del Studio Ghibli. 'La tortuga roja', es una excelente película animada dirigida en 2016 por el director, guionista, animador e ilustrador holandés Michael Dudok de Wit, quien debutaba como director con este film. Esta película fue coproducida por Francia, Bélgica y Japón y ganó numerosos premios en distintos festivales como el de Cannes, San Sebastián y Gijón. 

En ella podemos rastrear el discurso humanista y de conexión con la Naturaleza marca de la casa Ghibli en la vida de un náufrago en una isla desierta donde los únicos habitantes son los cangrejos, las aves y los seres marinos que habitan la playa y las aguas cercanas. Entre ellos una misteriosa tortuga roja que... mejor vean la peli y disfruten. Es una película emocionante, poética, preciosa. 


'La tortuga roja' es la obra más bella de la animación reciente


El tiempo japonés es otra cosa. Frente al bullicio de lo urbano, de las carreras histéricas de los salary-man y los atestados metros tokiotas, está la calma de los campos de arroz, las lluvias de los entornos rurales, el té en un tatami o la contemplación de los cerezos en flor. Es esta temporalidad laxa, que se diluye, la que nos asombra por exótica y nos maravilla desde la mirada occidental.

Ante el frenetismo contemporáneo, donde la inmediatez está a la orden del día, se echan de menos aguas mansas. Por ello, cuando Michaël Dudok de Wit recibió en 2006 la propuesta por parte de Studio Ghibli de realizar su primer largometraje, su primera reacción fue la imperante en nuestro contexto: estrés por las exigencias temporales de realizar una película.

Menos mal, como decíamos, que el tiempo a la japonesa cambia. Isao Takahata, que ya conocía al realizador belga por otras piezas y que, además, le pedía permiso para exhibir en el Museo Ghibli ‘Padre e hija’ -ganadora en 2001 del Óscar al mejor cortometraje de animación-, le instó a tomarse todo el tiempo que necesitara, asesorándole como productor artístico durante todo el proceso.

El proyecto demoró todo lo que necesitó, y hasta 2013 no hubo un guión definitivo. Tres años más tarde, se estrenaría compitiendo en Cannes ‘La tortuga roja’ ('La tortue rouge'), donde la película se alzaría con la mención especial del jurado en la sección Un certain régard.

La coproducción franco-nipona obtuvo una merecida nominación al Óscar como mejor película de animación en esa edición, pero perdió ante la tiranía de la animación digital estadounidense; ganó 'Zootrópolis' ('Zootopia'). Desde que en 2001 se creara la categoría de mejor largometraje animado, 13 de los 16 premios han sido para películas norteamericanas. Sólo se impusieron ‘El viaje de Chihiro’ en 2002, ‘Wallace y Gromit: la maldición de las verduras’ en 2005 y ‘Happy feet’ en 2006. Las dos últimas, coproducciones de EE.UU. con Reino Unido y Australia, respectivamente, lo que convierte a la obra de Miyazaki en la única película de habla no inglesa ganadora de este galardón.

El espíritu de Ghibli

Más allá de la posible justicia de unos premios cada vez más viciados, al menos para el que escribe, ‘La tortuga roja’ es la confirmación de muchas cosas. En primer lugar, el triunfo de una filosofía que parecía destinada a desaparecer. Porque tras el anuncio de que Studio Ghibli cerraría sus puertas, quién sabía si la animación tradicional desaparecería del panorama.

La idiosincrasia de trabajo de Studio Ghibli es muy particular, y sin duda parece contraria a las formas de producción de casi cualquier estudio de animación internacional. El mimo y la dedicación que sus trabajadores imprimen a las obras, que nace de la oposición directa de los fundadores del estudio a la forma de producción de anime que impone Osamu Tezuka, permite que sus proyectos se dilaten en grandes espacios de tiempo.

Evidentemente, en la producción de un largometraje, tardar diez años es un sueño para casi cualquier realizador. Pero los tiempos, que decíamos al inicio, son frenéticos, y Dudok de Wit tuvo la suerte de que su tiempo no estaba sujeto a las condiciones habituales. El grado de implicación con un proyecto que debía ser reflexivo y necesitaba madurar hizo de ‘La tortuga roja’ una idea total, una fábula completa sólo a la altura de los genios honestos.

El proceso de crecimiento de la historia, que vino, volvió y se paseó, sirvió para otra de sus confirmaciones: menos es más. Porque ‘La tortuga roja’, a pesar de su profundidad, se basta de 70 minutos para hablar sobre el ser humano, la naturaleza, la familia o el ciclo de la vida. Y sin ninguna palabra. Muda.

A través de una naturaleza abrumadora que se vuelve protagonista por encima de los personajes que se asoman durante la película, Dudok de Wit se sirve de unos magníficos fondos que cubre toda la pantalla y ningunean, nunca en el mal sentido de la palabra, a los seres humanos que aparecen en ella.

El planteamiento, en evidente negación del antropocentrismo imperante y del individualismo más voraz, nos iguala al resto de elementos de la naturaleza para resaltar una relación con ese entorno que parecemos haber perdido. Quizá, de nuevo, por falta de calma y exceso de frenetismo.

‘La tortuga roja’ es también la epifanía de un náufrago que en realidad es el ser humano: nuestro instinto es el salvajismo frente al entorno natural, la dominación de lo ingobernable, y el fatal desenlace ante lo que no podemos controlar. Nuestro náufrago, llegado a una isla en la que nada no hay nada más allá de plantas y otros animales, termina habituándose a una nueva forma de existencia, donde no necesita oprimir lo que le rodea, sino que convive con ello.

'La tortuga roja', una maravillosa alegoría del tiempo y la vida

La tortuga se nos aparece como toda una alegoría del tiempo y de la vida, como la representación de la calma perdida, de la anhelada pausa que nos desconcierta al principio y nos procura otra existencia cuando la asumimos. Y la mujer que nace del caparazón muerto es el símbolo definitivo de la comunión entre el ser humano, que ya no es invasivo, y la naturaleza.

La formación de una familia que es capaz de convivir y criar a un hijo en armonía con el entorno es un nuevo triunfo en la representación de la coexistencia del ser humano como parte de un esquema natural del que es una pieza más. El propio hijo, que crece y busca tras la ternura inicial de su figura nuevos mundos por explorar, se convierte en signo de la asunción de la irrevocable pérdida.

Ante la marcha del joven, los padres envejecen. El náufrago, ahora un viejo feliz, va a morir al mar, a donde vuelve la mujer que fue tortuga y recupera su forma original. Así, se culmina un círculo fraguado durante todo el largometraje, que mantiene en la película la aspiración de mostrar la existencia y la convivencia con el medio natural como la metáfora de un naufragio.

23 de diciembre de 2020

Ciclo de cine de animación (40) La tumba de las luciérnagas

"Una de las películas más brutalmente emotivas de la historia del cine (...) El relato bélico ahonda en las tripas de la sociedad y la cultura japonesas y desgarra los asideros emocionales del espectador."

“La tarde del veintidós de septiembre del año veinte de Shówa, Seita, que había muerto como un perro abandonado en la estación de Sannomiya, fue incinerado junto a los cadáveres de otros veinte o treinta niños vagabundos en un templo de Nunobiki y sus huesos fueron depositados en el columbario, los restos de un muerto desconocido”. Extraído de la novela “La Tumba de las Luciérnagas” (Akiyuki Nosaka, 1967)

Regresamos a nuestro ciclo de cine de animación con un programa doble. La primera de nuestras películas es 'La tumba de las luciérnagas', que adaptaba en imágenes la novela homónima  ('Hotaru no Haka') de Akiyuki Nosaka, escrita en 1967. Producida en la 'Factoría Ghibli', fue dirigida por Isao Takahata en lugar del mítico Hayao Miyazaki, aunque el resultado estuvo a la altura de los mejores trabajos de la prestigiosa compañía para convertirse de inmediato en todo un clásico de la animación. La película narra la historia de dos hermanos, Seita y Setsuko, una triste historia inspirada en una fotografía tomada después de la rendición japonesa.

En septiembre de 1945, el ejército estadounidense envió a un fotógrafo, el soldado Joe O'Donnell a documentar, durante siete meses, las consecuencias de las bombas atómicas lanzadas sobre Japón. O'Donnell recorrió los lugares más afectados fotografiando la muerte, destrucción y sufrimiento humanos que la USAF había provocado pero cuya causa primaria había sido el irredento e imperialista militarismo japonés. De toda aquella serie de fotografías hubo una, que le impactó especialmente. Así describió O'Donnell ese momento: 

"Pasaba por allí y vi a un niño de unos diez años con un bebé atado a su espalda. En aquellos días en Japón era una imagen habitual de las calles los niños con sus hermanos pequeños atados a la espalda, pero en aquel niño había algo diferente. Estaba como esperando alguna orden o su turno. Estaba descalzo y la expresión de su rostro era muy dura. La cabeza de su hermanito estaba inclinada a un lado, como dormido. El niño permaneció así durante más de cinco minutos. […] Unos hombres vestidos de blanco y con máscaras se acercaron a él y desataron las correas que sostenían al bebé. En ese momento me di cuenta que estaba muerto. Lo cogieron y lo depositaron en una pira funeraria donde se quemaban los cuerpos. El niño se quedó allí, sin moverse, mirando las llamas. Se estaba mordiendo el labio inferior con tanta fuerza que se hizo sangre. El chico se dio la vuelta y se marchó silenciosamente".

De aquella visión estremecedora surgió la novela y de ahí la película que hoy nos ocupa, una película emotiva y demoledora, sin concesiones, sobre dos hermanos, Seita y Setsuko, que se ven separados
de su madre al tiempo que su padre, oficial de la marina, se encuentra combatiendo. El panorama a su alrededor cuando sean recogidos por una pariente lejana cerca de la costa se verá cada vez más y más reducido a la miseria y la desesperanza solo aliviada por placeres minúsculos como el agua del mar, los caramelos de fruta o la luz efímera de las luciérnagas. 

"Mi lucha no tiene que ver con mi país o mis vecinos. Nada que ver con filias ni fobias, con pactos ni alianzas interesadas en extender fronteras. Mi lucha no es por odio o por honor, no es por venganza. Mi lucha consiste en procurarle a mi hermana una vida normal, una infancia. Que coma algo, que sueñe y ría… Esas cosas. Que vea luciérnagas ahora que los hombres han destruido las estrellas. No se ha librado, que yo sepa, guerra más devastadora que la mía."

Una película extraordinaria que esperamos disfruten. 

Versión original subtitulada (siempre recomendada por el Juez Roy Bean)


Versión doblada