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20 de octubre de 2016

Vocabulario Fundamental. Miedo (7) El miedo en tiempos de ETA

Hoy que se cumplen cinco años del anuncio del fin de los atentados por parte de la banda terrorista ETA conviene que no olvidemos lo que muchas personas tuvieron que sufrir durante demasiados años en Euskadi. El miedo, un miedo que se metía en los huesos de tantas personas amenazadas de muerte por su profesión, por lo que decían, por lo que pensaban, por el 'algo habrá hecho', miedo porque les vieran tener miedo. Una época terrible en la historia de nuestro país, una época que aún es una asignatura pendiente en el País Vasco. 

Viviendo con los etarras


Recuerdo de pequeño un miedo de otra época, el pánico nuclear, aunque siendo niño era como un juego. Te daban tebeos de Protección Civil con dibujos que explicaban qué era un hongo atómico y cómo debía ser un refugio, aunque por supuesto no conocía a nadie que tuviera uno. Viví en Caracas en los noventa y era considerada una de las ciudades más peligrosas del mundo. También las he pasado putas alguna vez en la montaña, porque hacía alpinismo. Es donde conocí el sentido de la expresión cagarse de miedo. También estuve una vez en un curso de exorcistas. Pero si lo pienso bien donde más miedo he pasado yo ha sido en Bilbao, cuando vivía allí. Tenía miedo de que me mataran.


Cuando alguien te puede querer matar sin conocerte, sin haber hecho nada, es una sensación muy desconcertante. En mi caso, porque me dieron trabajo en un periódico, El Correo, que para estos chicos de ETA era parte del bando enemigo. No se preocupen, no voy a hablar del «conflicto», quería describir cómo te funciona la cabeza cuando tienes miedo. Cuando sales de casa cada mañana y automáticamente enciendes todas las alarmas. Miras a derecha e izquierda, te aseguras de que no haya nadie extraño. Te haces especialista en mirar con el rabillo del ojo, a esas sombras que se mueven a tus espaldas. Una amiga que hacía meditación, rollos budistas y cosas así, me contaba que con la práctica llegabas a desdoblarte, a verte a ti mismo desde fuera, y que el punto exacto era detrás de ti, a la altura de nuca. Pues bien, en el País Vasco muchos lo lograban a pelo, sin meditación, que para eso algunos eran de Bilbao. Te veías siempre desde atrás. Tu nuca te llegaba a obsesionar, sentías una sensación constante, porque es donde disparaban. Tu nuca era lo que veías mientras caminabas por la calle, como con una cámara que te siguiera, y es lo último que vería tu asesino, si un día llegaba, antes de pegarte un tiro.

Se te ocurrían más cosas raras, razonabas de forma muy particular. Por ejemplo, llovía y decías: «Ah, mejor, porque el asesino no se querrá mojar, es un incordio, esperará a otro día que haga bueno, hoy puedo estar más tranquilo». Empezabas a hacer memoria para recordar si había habido atentados en días de lluvia y lo valorabas como un factor de disminución de riesgo. Pero siempre recordaré la imagen del cadáver de José Luis López de Lacalle, cubierto con una sábana, con el paraguas abierto al lado. Fue el 7 de mayo de 2000, en Andoain. Era un columnista de El Mundo. Había pasado cinco años en la cárcel con Franco y luego aún tuvo que seguir aguantando fascistas en su pueblo.

Lo peor era coger el coche. Aunque peor era a veces tener que caminar por la calle y usar los transportes públicos, mezclarse entre la gente. Eras más vulnerable, porque entre la gente podía esconderse alguno de ellos, así que el coche era el mal menor. Cada mañana tenías que llevar a cabo un ritual incomodísimo: mirar debajo del coche. Porque no es tan sencillo, te tienes que despatarrar por el suelo o hacer un ejercicio de contorsión una vez sentado al volante. Yo tampoco entiendo de coches y la parte de abajo me parecía siempre un amasijo extraño de hierrajos. ¿Cómo narices iba yo a distinguir una bomba? No, no, te decían, si la hay la ves de inmediato, canta mucho. Yo miraba y remiraba y al final me decía: «Bueno, parece que hoy no hay nada».

Estabas seguro, pero en el momento de girar la llave cada mañana siempre te quedaba un hilo de duda, por la posibilidad de haber mirado mal, de que hubieran inventado un nuevo tipo de explosivo que se veía menos, lo que fuera. Nunca estabas seguro. En ese instante te pasaba por la cabeza, pero casi como de lejos, la idea de que quizá en el siguiente instante fueras a morir, y pensabas a toda velocidad una secuencia de reflexiones fugaces de lo más inconexo, irracional y a veces simplemente estúpido: ¿Qué me voy a perder?-¿Cómo ha sido mi vida?-No me he despedido de nadie-Me gustaría volver a ver a no sé quién- En el fondo da igual todo-Joder, hoy no me viene bien que tengo que ir al médico-Qué chorradas digo-Si da igual todo-No, cojo el autobús-Es que llego tarde-A la mierda. Clic. Al segundo siguiente oías el motor y ya se te olvidaba. Volvías a pensar en tus cosas. Pero sin ningún énfasis existencial especial, era la normalidad. Un delirio. Luego leías, por ejemplo en febrero de 2002, que un chico casi de tu edad y de Bilbao había recorrido diez kilómetros con una bomba lapa pegada en su coche, sin enterarse, hasta que estalló y le dejó sin una pierna. Era Eduardo Madina, militante socialista, que hacía prácticas en una empresa y era jugador de voleibol.

Arrancar el coche, además, tenía también su responsabilidad con los que te rodeaban. No quiero ni pensar lo que debía de ser para quien llevara los niños al colegio. Yo, tras asegurarme de que no había bomba, esperaba por si acaso a que no pasara nadie, no fuera que sí que hubiera y la jodiéramos y encima matara a una pobre señora que iba a por el pan. Bueno, yo no, la matarían esos hijos de puta, pero qué me costaba a mí estar atento, etcétera. Insisto, un delirio. Cogías costumbres que luego ya no te abandonan, como dónde sentarte en un restaurante y olisquear el correo y los paquetes, a ver si olían a almendras amargas. Decían que ese era el aroma del explosivo, aunque nunca he logrado saber cómo huelen las dichosas almendras, y encima amargas. Todavía lo hago por deformación y mi mujer me mira como si estuviera loco.

Pero lo más demencial era que el mero hecho de mirar debajo del coche era en sí otro factor de riesgo. Es decir, si alguien te veía mirar debajo del coche se quedaría con la mosca detrás de la oreja: «Uy, ¿por qué mira este debajo del coche?». De inmediato comprendería lo que pasaba y pensaría que yo era algo. Algo, es decir: policía, magistrado, político, profesor, periodista, electricista, lo que fuera pero, en resumen, amenazado. Formabas parte de una subespecie o grupo social perseguido. Si te iba bien el vecino podría pensar que pobrecillo y ahí se quedaba la cosa. Pero si era alguien de los otros, y de los malos, podías darte por jodido. Se quedaría con el toque, podía comentarlo, se acabaría sabiendo en el barrio, la voz quizá llegaría a oídos de alguno de estos cabrones y a lo mejor te echaban el ojo. Es decir, se daba la diabólica paradoja de que podías no estar amenazado y de que nadie supiera quién eras, pero el solo hecho de tomar precauciones podía llegar a convertirte en sospechoso. Como andabas con cuidado —y aquí aparece una de las frases míticas de la época—, pensaban: algo habrá hecho. Tenías miedo de que te vieran tener miedo.

Para mirar debajo del coche simulabas que se te caían las llaves, pero claro, que se te cayeran todos los puñeteros días era inverosímil. Por la noche, cuando volvía del periódico o de tomarme unas copas, solía buscar sitio para aparcar en calles poco frecuentadas, para que al día siguiente fuera más fácil mirar. Pero es que en mi barrio lo de aparcar era un drama y si tenías la suerte de encontrar un sitio no podías hacerle ascos. Más de una noche he estado ahí parado con el coche, en medio de la calle y cayéndome de sueño, pensando qué hacer: ¿aparco o no aparco? A tomar por culo, y aparcabas. Al día siguiente volvías a coger el coche, pasaba mucha gente por allí y te maldecías: «Joder, tenía que haber aparcado en otro sitio». Y vuelta a empezar.

Lo que más me fastidiaba, de todos modos, era que el trabajo, donde te pasabas horas, se había llegado a convertir en el lugar más confortable, porque era seguro, había controles, vigilantes, cámaras, te sentías a salvo. Como en casa. Lo malo era ir de uno a otro sitio, los desplazamientos, de casa al trabajo y del trabajo a casa. Era como correr de refugio en refugio.

Cuento todo esto pero en realidad entonces hablaba poco de ello, lo tenías interiorizado, asumido, estas preocupaciones no se compartían mucho. Hablabas de vez en cuando con los colegas, pero lo evitabas para no aumentar las preocupaciones. Y no se confundan, yo era el último mono, con un riesgo muy marginal. Y en una ciudad grande, en un pueblo pequeño lo llevabas claro. Y tenía veintipico años, era más alocado, era soltero. Me comería el coco una millonésima parte de lo que lo hacía alguien con familia, con niños, con nietos, un policía, la mujer de un guardia civil, un magistrado, un militante del PP o del PSOE o alguien que hubiera aparecido en las listas. Aparecer en las listas. Era otra expresión de esos años: «Fulanito ha aparecido en las listas», te decían con gravedad, como si le hubieran diagnosticado un cáncer. Ocurría cuando desmantelaban un comando o detenían a un etarra con papeles encima con listas de objetivos. A veces eran simples enumeraciones de nombres, pero allí podías estar tú, sin saber por qué. A veces sacaban los funcionarios mecánicamente de los nombramientos del BOE. Que yo sepa yo no aparecí en ninguna lista, aunque me citaron en algún libro como responsable de la «criminalización de la juventud vasca» por un artículo que hice, siendo becario, sobre la kale borroka. Sí aparecieron en las listas compañeros míos. Sí mataron e intentaron matar a compañeros míos. Todos mis directores han ido siempre con escolta y con amenazas muy serias de atentado. Ser director de un periódico a mí ya me parece una locura. Con escolta, no quiero ni pensarlo.

Quien iba con escolta era una especie de apestado. Si te cruzabas con uno por la calle notabas cómo la gente se apartaba disimuladamente, no sea que le cayera a él un tiro. Acercarse a estas personas era como ponerse a tiro, físicamente, entrar en una zona de riesgo. Si comías con alguien amenazado, con la escolta apostada en la puerta del restaurante, no podías dejar de pensar, con un egoísmo instintivo, que si pasaba algo a ti te pillaría en medio. Luego te alejabas de ese campo magnético infernal con un alivio culpable, sintiéndote un cobarde, y dejabas ahí solo al ser humano que vivía dentro, siempre así, cada día. Profundamente solo, pero sin poder estar solo ni un minuto. Una pesadilla. No solo eso, es que encima se les miraba mal. Yo he visto cómo se dejaba de invitar a un familiar con escolta a un bautizo porque parte de los parientes, abertzales, no quería esa gente con pistola por allí, estropeando la fiesta. El propio escolta, de por sí anónimo, era otro ser despersonalizado en la imaginación colectiva. Y también morían, como en Vitoria, el 22 de febrero de 2000, con la bomba que mató a Fernando Buesa y su escolta, el ertzaina Jorge Díez.

Años después, en junio de 2008, pusieron una bomba en la rotativa de mi periódico. Esta fue la reacción de solidaridad del lehendakari, Juan José Ibarretxe, del PNV: «Los medios de comunicación no siempre aciertan a presentar sus respectivos relatos informativos. Pero sean cuales sean las valoraciones que todos tengamos sobre la veracidad con que se presentan las noticias, los que creemos en la democracia estaremos siempre radicalmente en contra de quienes utilizan la violencia». Con amigos como estos quién quiere enemigos. Pero este tipo de estupideces entonces salían gratis, y hablamos de 2008, antes de ayer. El PNV también ordenó a sus afiliados, por carta, ahí está escrito, que no compraran mi periódico, El Correo, ni insertaran publicidad, porque éramos el enemigo. Era septiembre de 1996, yo acababa de llegar a Bilbao y creía haber aterrizado en Corea del Norte. Son cosas que hoy parecen inconcebibles. Lo malo es que entonces ya lo eran, pero no recuerdo especiales muestras de solidaridad. Mucha gente sensata del PNV luego, obviamente, hacía lo que le daba la gana y te contaba su contrariedad, pero en privado. Entrabas en un despacho oficial y tenían el diario escondido en el cartapacio de la mesa. Pero luego había orden en todas las instituciones de colgarte el teléfono, incluidas las oficinas de prensa. Fueron, en la jerga de entonces de la redacción, los meses del boicot. Pero lo cierto es que subieron las ventas, se les pasó la tontería y aquí no ha pasado nada.

Fue justo en esa época, meses después, en julio de 1997, cuando llegó uno de los momentos de mayor angustia con el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, de veintinueve años, concejal del PP en Ermua. Significaba que podían matar a cualquiera con un mínimo de valor simbólico. A eso quedabas reducido, a una especie de logotipo con piernas. Bastaba tener relación, por débil que fuera, con alguna de las manías de los etarras. Miguel Ángel Blanco, otro chico más o menos de mi edad, era un chaval que se había metido a concejal en un pueblo. Tocaba la batería en un grupo. Le secuestraron cuando bajaba del tren para ir a trabajar. Nosotros pensábamos lo mismo: si quieren matar a un periodista, para lanzar un mensaje —quedabas cosificado como papel de avisos—, a lo mejor no van contra uno de los jefes, que llevan escolta y son más difíciles. No, vendrán a por uno de nosotros. Esta era otra constatación esencial: iban a lo fácil. Si te vigilaban y veían que lo tuyo presentaba alguna dificultad, porque a lo mejor tomabas precauciones, pasaban a otro. Cuántas veces he imaginado yo a mis hipotéticos perseguidores para intentar meterme en su cabeza y prevenir tácticamente sus movimientos. Otro delirio: ¿si yo me quisiera matar a mí mismo, cómo lo haría? Pensabas dónde podía ser más fácil, a qué hora del día, de qué manera. Era un juego diabólico. A veces incluso pasabas el rato, sin darte cuenta, planeando tu propio atentado.

Era una atmósfera de terror sutil y cotidiano muy difícil de explicar, que a mí me parece un material dramático de primer orden y, sin embargo, he visto utilizar poquísimo en España en películas o libros. Habrá algunos casos que no conozco y hay excepciones, como los magníficos cuentos de Fernando Aramburu, pero creo que aún no se ha contado bien. Y se debe contar bien, porque si no es como si no hubiera pasado. El humor ha estado bien, los ocho apellidos vascos y demás, para aliviar la tensión acumulada, pero hay que ir más allá, porque no solo era ridículo, por encima de todo era trágico. Aún hoy, cuando voy al País Vasco, me asombra cómo se la cogen algunos con papel de fumar para hablar de los años del terror, el uso políticamente correcto de una semántica rebuscadísima para no ofender a unos pero tampoco a otros, las presuntas dificultades retóricas para contar lo que ha ocurrido, cuando todo está bastante claro.

El País Vasco era un régimen perfectamente mafioso, y sé de lo que hablo porque vivo en Italia y sé un poco de la Mafia. Todo el mundo tendía al anonimato, a la neutralidad, a no destacar, a que se supiera lo menos posible de ti, de lo que pensabas. Para señalarse, bastaba eso, decir lo que pensabas. Así que la gente procuraba no pensar demasiado. Suicidarse era fácil: bastaba hablar en voz alta contra ETA, en el bar y no digamos ya en la tele. Pero casi todos hablaban en voz baja, o no hablaban. Por eso había poquísimos famosos vascos que hablaran del tema. En eso no tenían opinión. Reinaba un gran silencio. Hoy puede chocar, y no estoy tan seguro, y espero que algún día lo haga, pero se miraba para otro lado mientras mataban gente en la calle todos los días. Qué sé yo, los jugadores del Athletic de Bilbao o de la Real Sociedad, ídolos de los niños, con su prestigio social para las obras benéficas y la defensa de los valores, condenaban la violencia en el fútbol, pero lo otro no, era política. Les comprendo, si uno hubiera abierto la boca le habrían hecho la vida imposible. Era mejor no meterse en líos. O pagar en silencio el impuesto revolucionario, para que no te quemaran el negocio.

El año pasado en Bilbao, en la presentación de mi libro sobre la Mafia, me preguntaron exactamente eso: que si no he pasado miedo con eso de hablar de la Mafia. Contesté esto que he dicho ahora, que en realidad yo había pasado más miedo cuando vivía en Bilbao. Se produjo ese silencio de «uyuyuy lo que ha dicho». Todavía hoy, era 2014. Y al salir una señora, una conocida, va y me dice con retintín que no sabía que yo había pasado tanto miedo cuando vivía en Bilbao. No te jode, pensé, es que algunos no os enterabais de nada. O no se querían enterar. Quien tenía una profesión segura, militaba en un partido seguro, tenía opiniones seguras, vivía muy ajeno a estas paranoias. Son ya célebres las palabras de Ibarretxe ante la cama de un hombre que se había salvado de milagro de un tiro a bocajarro en la cara: «Hombre, que en el País Vasco se vive muy bien». Se lo decía, para quitarle hierro al asunto, al hijo del herido, que vivía fuera y se quejaba de la situación. Era septiembre de 2000. El hombre que yacía a dos metros con el rostro destrozado era José Ramón Recalde, profesor universitario, que con Franco pasó un año en la cárcel y fue torturado. Luego, en democracia, también le tocó seguir soportando fachas.

Realmente a muchos en el País Vasco, viviendo tan bien, ni se les pasaba por la cabeza que les pudiera tocar a ellos, porque tenían una especie de inmunidad. Solo se arriesgaban con la lotería de que te pillara un bombazo pasando por allí, pero paciencia, las probabilidades eran bajas, y de todos modos sería una trágica fatalidad. Habría sido sin querer. De ahí el desconcierto de algunos cuando en agosto de 2000 ETA asesinó a Jose María Korta, presidente de la patronal guipuzcoana y de ideología abertzale. «ETA ha matado a uno de los nuestros», dijo entre lágrimas de rabia el diputado general de Guipúzcoa, Román Sudupe, del PNV. Pasaba el tiempo y cada vez la línea roja de seguridad era más pequeña. Quedaba más gente fuera que dentro. En enero de 2001 mataron, por ejemplo, a un cocinero, Ramón Díaz. Cocinaba en la comandancia de Marina de San Sebastián.

Que te odiara gente que ni te conocía a mí se me hacía rarísimo. No tenía ningún sentido. A mí lo abstracto es que me da dolores de cabeza: te veían desprovisto de humanidad, como un símbolo o una categoría a eliminar. En ese sentido era una especie de genocidio, pero muy curioso, porque era contra su propia raza y su propio pueblo. Los documentos y comunicados de ETA son una cosa de tratado de psiquiatría. Doctrinas majaras como la de «socializar el sufrimiento». Por lo visto, idealmente, cuando mataran a todos, como Pol Pot, con los cuatro que quedaran aquello iba a ser el puto paraíso en la tierra. Si en Euskadi ya vivíamos bien no quiero ni imaginar lo que iba a ser para entonces, un musical de Broadway con boinas y camisas de cuadros de leñador.

¿Por qué? No había una respuesta comprensible. Y con las que te daban ellos te meabas de risa. La represión. Uf, vivían reprimidísimos ellos. Los que les jaleaban podían pasear felices por la calle, estaban tranquilos. En cuanto a los que no se querían enterar, también ellos te desprendían de tu humanidad por no ponerse en el lugar de su vecino. No era su problema. Por eso sigo pensando que la sociedad vasca, con toda su salud económica y su bienestar, es una sociedad muy enferma. Lo primero es reconocerlo, como en alcohólicos anónimos. Muchos no veían la carne que sufre, solo construcciones mentales.

A veces recuerdo esos adolescentes que en vez de pensar en sexo, como cualquiera de su edad, andaban maquinando conspiraciones y como momento culminante de su vida tienen una noche en que quemaron un autobús con cócteles molotov durante las fiestas patronales de su pueblo. Qué emoción, se sentían como Robin Hood y juraría que hasta veían por ahí al sheriff de Nottingham. Y luego, hala, a chuparse cinco, seis años de cárcel, el corazón de su juventud. Y toda esa gente pudriéndose entre rejas por una especie de alucinación colectiva. No sé qué pensarán ahora de su vida y de cómo la cagaron. Desde luego no lo dicen.

Sobre el desinterés, debo decir que yo, en principio, me sentía muy ajeno a toda esta movida. Mi familia es vasca, pero llegué a Bilbao de fuera y ser de un sitio o de otro, presumir del cocido de tu pueblo, el patriotismo y las banderas, me traen absolutamente sin cuidado. Así que figúrense una bandera que se inventó un señor a finales del siglo XIX con un dibujo de cruces en un folio. Tampoco quise hacer la mili ni la prestación social sustitutoria. Me fastidia que me obliguen a hacer cosas, por principio. Bueno, me emociono en Casablanca en la escena de «La Marsellesa» ante los nazis. Pero es que ante un nazi, como con ETA, uno sí toma partido, como Rick. Si te obligan, por llevar la contraria, te pones del lado del perseguido. Y por favor, repito, que no me vengan con la represión. Sí, sí, no se preocupen, añado a todo correr que me parecen muy mal las torturas, por supuesto el GAL y, faltaría más, el franquismo. Pues claro, como a cualquier persona normal.

Hay problemas reales y problemas imaginarios. Bastante tenemos con los reales como para marearnos con los imaginarios. Si encima te marea otro con los suyos, peor. A mí me da igual la independencia de Euskadi, tengo otras cosas en qué pensar, pero si a alguien le entusiasma, por mí estupendo, como si se la machaca. Estos no solo se la machacaban, todo el día con su paranoia, sino que encima te volvían loco a ti y si te iba mal hasta te pegaban un tiro. Etarras, majos, no solo es que fuerais unos paletos y niñatos asesinos, es que fuisteis un auténtico coñazo. Ese sí, soberano.

18 de octubre de 2016

Vocabulario Fundamental. Mares y Océanos (16) Mala pesca: la depredación pesquera en Chile


¿Por qué nuestra costa es tan rica en peces?; ¿Cómo hicieron sus imperios, las familias que hoy controlan la pesca?; El Estado, ¿también les pasó plata?; Crímenes en alta mar y mentiras en los muelles y pesqueras ¿Quién fiscaliza?; ¿Por qué, gente como Eduardo Frei, Ricardo Lagos, los Hermanos Andrés y Adolfo Zaldivar y Pablo Longueira, pueden ser considerados criminales de lesa humanidad?; ¿Por qué debemos comer pescado? (...) ¿Por qué el mar debe estar para nuestras necesidades y no para el enriquecimiento de unos pocos? Para nuestra civilización los océanos no son más que una fuente de recursos y un basurero de residuos que pensábamos utilizar para explotar indefinidamente.  Nos equivocamos, hoy asistimos al colapso de todas las pesquerías del mundo, y justo frente a la costa chilena se agota la última de ellas.

'Mala pesca' es un documental chileno del año 2012 que denuncia la brutal sobrepesca que han sufrido las aguas chilenas en las últimas décadas, así como la codicia de los grandes grupos económicos y empresariales del país y también internacionales, que han depredado sus aguas en perjuicio de la flota artesanal. Mala Pesca es una expresión que bastantes pescadores y trabajadores de la pesca artesanal ocupan recurrentemente y que tiene como telón de fondo la extinción de los recursos marinos. 

Para los trabajadores del mar, cada vez es más común tener que internarse más tiempo en las aguas buscando pesca y para la comunidad, el pescado cada vez se aleja más de su dieta, como si fuera una paradoja para quienes viven con una inmensa costa, que se supone está bajo su soberanía.

Es de recalcar que la industria pesquera chilena está concentrada en diez familias que controlan casi el 80% de toda la pesca en la costa chilena, pagando míseros impuestos por el saqueo que cometen. Todo ello ha provocado que especies como el jurel, sardinas y anchovetas hayan prácticamente desaparecidos en las otrora llenas de vida costas chilenas. Trillones de seres engullidos por la codicia y gula humanas, que han llevado al borde del colapso los ecosistemas marinos a lo largo de los más de ocho mil de kilómetros de la costa del Pacífico chileno. 


13 de octubre de 2016

Eterno Bob Dylan (5) Llegó el Nobel para Dylan

Importamos una publicación en el FB de un estimado amigo del Juez Roy Bean, Alfonso Rodríguez, para celebrar el Nobel de Literatura 2016 concedido a nuestro admirado Dylan, aunque para todos los dylanitas ya lo era hace mucho tiempo. 

Un  vagabundo enigmático tras un piano de cola, una voz rota y desgarrada, una balada dolorosa, él es el rock. Un blues eléctrico, unos tresillos al teclado, entre estrofa y estrofa, de un poema lleno de luz. Una historia siempre que contar, noche a noche, por todos los escenarios del mundo..... El poeta del rock es hoy Premio Nobel de Literatura. Gracias Bob Dylan!!!

5 de octubre de 2016

Música para camaleones (94) King Creosote - You just want








Video Director - Toby Mortimer, Joe Mortimer Animation - Toby Mortimer, Anna Ginsburg Compositing and Colouring - Toby Mortimer

When you just want someone to lie there and be used as a slave Can I be him? When you just want someone more for their being and not so much for their brains Can I be him? When you need someone to cry on in the depths of despair I shall be elsewhere When you're all talked out and languished silent in the physical realm I will be waiting When you just want someone to lie there and be used as a slave Can I be him? When you just want someone more for their being and not so much for their brains Can I be him? Can I be him? Can I be him?

4 de octubre de 2016

Vocabulario Fundamental. Mujeres (17) 'Él me llamó Malala', de David Guggenheim


Un íntimo retrato de la Ganadora del Premio Nobel de la Paz, Malala Yousafzai, que fue señalada como objetivo por los talibanes y sufrió graves heridas por arma de fuego cuando regresaba a su casa, en el Valle de Swat (Pakistán), en su autobús escolar. La entonces adolescente de 15 años fue señalada, junto con su padre, por manifestarse a favor de la educación de las jóvenes. 
 
El ataque que sufrió provocó la protesta de quienes la apoyaban en todo el mundo. Sobrevivió milagrosamente y es ahora una destacada defensora de la educación de las jóvenes en todo el mundo, como cofundadora de la Fundación Malala. 

30 de septiembre de 2016

In Memoriam, Simón Peres

In memoriam Simón Peres






Hace 18 años, la televisión israelí produjo un documental sobre las distintas etapas de su vida, y Simón Peres me propuso que lo acompañase a Vishneva, su pueblo natal en Bielorrusia. Entramos en una casa rústica de madera, no demasiado grande. En el espacioso patio cacareaban las gallinas. Aunque le habían advertido que no bebiese del pozo (“Chernóbil ha envenenado nuestras tierras”, explicaban los lugareños), Peres bajó con sus propias manos el cubo enganchado a una cadena, lo volvió a sacar, llenó un vaso de metal y bebió entusiasmado el agua de su infancia. Cuando me contó que, a los ocho años, había destrozado la radio de su padre porque este la encendía el sabbat, le pregunté si su padre le había pegado alguna vez. “A mí nunca me ha pegado nadie”, fue su respuesta. Algo en su tono de voz despertó mi curiosidad. “¿Nadie?”, insistí yo. “¿Nunca? ¿Ni una pelea en el colegio o jugando?”. “Nadie. Jamás. No me han pegado y yo nunca he pegado”. Peres no conoce lo que casi todo el mundo ha experimentado alguna vez en carne propia, en especial los jóvenes, pensé entonces. ¿Podría ser esto una clave –una de las muchas– de su manera de ser, de su forma de relacionarse con el mundo? ¿Por eso acabó siendo un excluido, una persona permanentemente rodeada de un cierto aislamiento?

El expresidente israelí Simón Peres junto a su esposa, Sonya, en una imagen de 1985. Herman Chanan EFE

Y no es que Simón Peres no se mezclase en los asuntos del mundo. Estaba metido hasta las cejas y participaba activamente y con iniciativa en innumerables temas. Se involucraba con desenfreno en las intrigas de la política interior, estaba ávido de acción, ansioso por cambiar el mundo, y, a pesar de todo, siempre parecía en cierto modo aislado. Tenía perspectiva –histórica, fiel a unos principios, abstracta–, y dominaba el análisis de los procesos trascendentales. En eso era brillante. Sin embargo, para las cosas pequeñas que componen la realidad, le faltaba talento y también paciencia.

“El fin de una era”, decían ayer algunas necrologías. Lo decían incluso las de los políticos de derechas que le complicaron la vida y se burlaron de su “visión pacifista”. Pero, en realidad, la era de Simón Peres y de su visión ya había llegado a su fin a mediados de la década de 1990, cuando Isaac Rabin fue asesinado. De hecho, había terminado incluso antes, cuando se malograron los Acuerdos de Oslo que Peres, siendo ministro de Asuntos Exteriores, había hilvanado de cualquier manera a espaldas del entonces primer ministro Isaac Rabin.

El fracaso de los acuerdos y la oleada de violencia que estalló acto seguido provocaron en la mayoría de mis compatriotas la sensación de que Israel había cometido un error fatal al dejarse arrastrar para que confiara en Arafat y los palestinos. Para la mayor parte de la opinión pública israelí, Peres no tenía menos responsabilidad que Rabin en el curso de los acontecimientos. “Criminales de Oslo”, les gritaban los manifestantes de derechas, y afirmaban que sobre la conciencia de ambos pesaba el millar de israelíes muertos en la espiral terrorista que siguió al naufragio de las resoluciones. (Como si, en el caso de que los Acuerdos de Oslo no se hubiesen firmado, los palestinos se hubiesen sometido con docilidad y sin resistencia a la ocupación israelí hasta el fin de los tiempos).

Posiblemente, en aquellos años, el odio por Peres nació del hecho de que, con su elocuencia, con su talento poco común para infundir esperanza, para abrir una ventana al futuro, lograse transmitir a los israelíes desconfiados y marcados por la guerra, aunque solo fuese de forma pasajera y en contra de su instinto, fe en que también para ellos había la variante existencial de otra vida en paz. Mientras nos dejábamos arrastrar por el visionario Simón Peres hacia la idea de un “nuevo Oriente Próximo” concebida por él mismo, los israelíes sentíamos que habíamos burlado nuestro destino marcado por la guerra y las catástrofes; un destino grabado a fuego a lo largo de nuestra trágica historia. Y cuando los Acuerdos de Oslo fracasaron y se frustró la esperanza que, aunque fuese por un instante, nos habíamos permitido, no se pudo perdonar a Peres.

Simón Peres era un hombre orientado enteramente al futuro. Mientras el Estado se hundía cada vez más en un relato genealógico de índole religiosa, él pertenecía a aquellos que se entregaban a lo universal, a la ciencia, a la racionalidad, a la democracia y al conocimiento libre; a quienes se catapultaban como un ancla hacia una utopía lejana, aún invisible y, a continuación, se afanaban con todas sus fuerzas en alcanzarla. Peres creía firmemente que orientarse al futuro generaba una energía que permitía superar los obstáculos del pasado y del presente, ahuyentando así la resignación y la apatía que padece actualmente la sociedad israelí.

He aquí un ejemplo del pensamiento y el modo de proceder peresiano: “Fui a ver a Putin”, me contaba cuando ya estaba cerca de los 90, “y le dije lo siguiente: dentro de un año acaba el control de Egipto sobre el Nilo; expira el acuerdo histórico con Gran Bretaña y Francia. Etiopía ya está reclamando el agua y puede haber peligro de guerra. Vayamos los dos a ver a Mursi (el entonces presidente egipcio) y hagámosle una propuesta: nosotros, los israelíes, podríamos proporcionar a los egipcios un Nilo tres veces mayor. Tenemos los medios técnicos para duplicar el caudal de agua de su país. A mí”, proseguía Peres, “Morsi no me escucharía, pero seguro que a usted sí, señor Putin. No utilizaremos la política. La política está caduca. Lo haremos por medio de las grandes empresas, ya que son ellas las que gobiernan el mundo hoy en día”.

Así pensó y actuó Peres toda su vida. Consideraba que el (opresivo, trivial) presente no era más que un impedimento efímero por el cual no había que dejarse detener de ninguna manera. Para él, la resignación no era una opción. La política pasiva de Netanyahu y su rechazo a reemprender las negociaciones israelí-palestinas lo enfurecían, contradecían su código genético, que lo impulsaba sin cesar hacia iniciativas impetuosamente creativas. En nuestras conversaciones ocasionales yo percibía con nitidez lo que Peres ocultaba en público tras su inagotable optimismo: la profunda preocupación que le producían el nacionalismo, el fanatismo y el marasmo político de Israel. Sabía –y no se resignó a ello ni siquiera en sus últimos momentos– que en su país estaba germinando una realidad catastrófica para ambos pueblos, y que él, el propio Simón Peres, pertenecía al bando derrotado por la historia.

Era un hombre contradictorio. El joven que soñaba con ser “pastor de ovejas y poeta de las estrellas” se convirtió en líder de un país entregado la mayor parte del tiempo a la guerra y el derramamiento de sangre. Durante años se negó a reconocer que la creación de un Estado palestino fuese la solución al conflicto, y apoyó los inicios de la política de asentamientos en los territorios ocupados. Más tarde se convirtió en un estadista que simbolizó como ningún otro la disposición al compromiso y el esfuerzo por lograr una paz histórica con los palestinos. En la batalla contra sus adversarios políticos se manifestó como un manipulador sin restricciones, lo cual, no obstante, delataba en él–y nadie podía sustraerse a ese influjo– auténtica grandeza. Era un amante de la cultura y un defensor convencido de los derechos humanos, pero sobre su conciencia pesaba la muerte de más de un centenar de refugiados que en 1995 perdieron la vida en Líbano cuando Israel bombardeó la población de Kafar Kanna.

En los próximos días intentaremos seguir ahondando en el fondo de su personalidad. Tal vez justamente aquello que hacía de Simón Peres una persona tan compleja y fascinante fue lo mismo que motivó que los israelíes dejasen de elegirlo para ocupar altos cargos. Fue derrotado una y otra vez en las elecciones y se quedó con la etiqueta del eterno perdedor. Durante años libró incansablemente una desagradable batalla contra Isaac Rabin, preferido por el pueblo y (solo en apariencia) más franco y fácil de descifrar. Tal vez a su compleja personalidad se deba no solo que Peres perdiese las elecciones, sino también que se viese privado de algo que a otros políticos menos capaces sí les ha cabido en suerte: el afecto de la multitud.

Desde el mismo comienzo de su carrera política, Peres fue sin duda un hombre importante, pero no por ello querido. No era, sencillamente, uno más, alguien que pudiese apelar directamente al corazón de los israelíes, o, mejor dicho, a sus vísceras. Por eso los años como presidente le hicieron tanto bien, ya que, estando en el cargo –así lo sentía él–, fluyó por primera vez hacia su persona el afecto de la mayoría de la población israelí; en él le abrieron por fin su corazón también aquellos que hasta entonces habían visto en él al excéntrico visionario y, en más de una ocasión, incluso al traidor. Así es como yo lo recordaré: una tarde lo llamé por teléfono al despacho presidencial para convencerlo de una idea que pensaba que le podía interesar. “¿Y por qué por teléfono?”, me preguntó. “¿Está libre esta noche? Pues entonces, pásese a cenar”.

El palacio presidencial estaba medio a oscuras, y, entre sus jóvenes guardaespaldas, Peres parecía viejo y solo. Cuando entré en su despacho, se irguió, la vida iluminó su mirada, y se entregó inmediatamente a un monólogo sobre los Gobiernos actuales de todo el mundo, demasiado débiles como para resolver ni uno solo de los problemas vitales en materia de economía y seguridad. Luego habló de un proyecto científico, el Centro Peres para la Paz, que trabajaba en los últimos avances médicos: “Pronto tomaremos los medicamentos a través de la fruta. En ella habrá de todo, desde remedios para el dolor de cabeza hasta píldoras contra el envejecimiento”. Luego pasó a la nanotecnología, uno de sus temas favoritos, y me pintó el escenario de la guerra del futuro, sobre el cual volarían “avispas” electrónicas dirigidas por control remoto. Asimismo se refirió “a los mayores enemigos de la democracia en el mundo árabe: los maridos que niegan a sus esposas la igualdad de derechos”, y de los cinco libros que estaba leyendo al mismo tiempo, uno de ellos Cincuenta sombras de Grey (“La lectura me ha aburrido. Nada de creatividad, nada de auténtico erotismo”).

La cena fue sencilla, como en los días del kibutz: tortilla de setas, ensalada de verduras picadas con queso, unos cuencos de requesón, pan de comino y un vaso de vino tinto. Peres habló y se rió. Recordó el histórico encuentro entre Ben Gurión y De Gaulle, en el que él estuvo presente. Yo lo observaba. Desde que lo conocí personalmente, sentía por él profundo respeto y admiración. Precisamente sus contradicciones lo convertían para mí en un ser humano conmovedor y fascinante. Esta persona ha visto pasar casi un siglo y, a su manera, le ha dejado su impronta, pensaba. Solo algunos han tenido el privilegio de vivir una vida tan plena y apasionante. Se lo dije. Hizo un gesto quitándole importancia y, riendo, respondió: “¡Pues no he hecho más que empezar!” Durante un instante lo vi feliz, tanto como si creyese en sus propias palabras.

David Grossman es escritor israelí

24 de septiembre de 2016

Música para camaleones (93) Father John Misty - I love you, honeybear




[Verse 1] Oh, honeybear, honeybear, honeybear Mascara, blood, ash and cum On the Rorschach sheets where we make love Honeybear, honeybear, honeybear (oooh ooh oooh) You fuck the world damn straight malaise It may be just us who feel this way But don't ever doubt this, my steadfast conviction My love, you're the one I want to watch the ship go down with The future can't be real, I barely know how long a moment is Unless we're naked, getting high on the mattress While the global market crashes As death fills the streets we're garden-variety oblivious You grab my hand and say in an "I told you so" voice: "It’s just how we expected" [Chorus] Everything is doomed And nothing will be spared But I love you, honeybear (oooh oooh oooh oooh oooh oooh) Honeybear, honeybear, honeybear (oooh oooh oooh oooh oooh oooh) 

[Verse 2] You're bent over the altar And the neighbors are complaining That the misanthropes next door Are probably conceiving a Damien Don't they see the darkness rising? Good luck fingering oblivion We're getting out now while we can You're welcome boys, have the last of the smokes and chicken Just one Cadillac will do to get us out to where we're going I've brought my mother's depression You've got your father's scorn and a wayward aunt's schizophrenia [Chorus] But everything is fine Don't give into despair Cause I love you, honeybear (oooh oooh oooh oooh oooh oooh) Honeybear, honeybear, honeybear (ooo ooo ooo ooo ooo ooo) (ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo ooo)

Música para camaleones (92) Ben L'Oncle Soul - Seven Nation Army



I'm gonna fight 'em off A seven nation army couldn't hold me back They're gonna rip it off Taking their time right behind my back And I'm talking to myself at night Because I can't forget Back and forth through my mind Behind a cigarette And the message coming from my eyes Says leave it alone Leave it alone And I'm talking to myself at night Because I can't forget Back and forth through my mind Behind a cigarette And the message coming from my eyes Says leave it alone Leave it alone And I'm talking to myself at night Because I can't forget Back and forth through my mind Behind a cigarette And the message coming from my eyes Says leave it alone Leave it alone Don't want to hear about it Every single one's got a story to tell Everyone knows about it From the Queen of England to the hounds of hell And if I catch it coming back my way I'm gonna serve it to you And that ain't what you want to hear But that's what I'll do And a feeling coming from my bones Says find a home Find a home And if I catch it coming back my way I'm gonna serve it to you And that ain't what you want to hear But that's what I'll do And a feeling coming from my bones Says find a home Find a home And if I catch it coming back my way I'm gonna serve it to you And that ain't what you want to hear But that's what I'll do And a feeling coming from my bones Says find a home Find a home And a feeling coming from my bones Says find a home Find a home Go back home Go back home

20 de septiembre de 2016

Vocabulario Fundamental. Odio (6) 'Paths of hate', odio a muerte entre las nubes




'Paths of hate' es un sobresaliente corto de animación dirigido por el polaco Damian Nenow en 2010 que como el propio director explica ".. habla sobre los demonios que duermen en el interior del alma humana y que una vez que despiertan empujan al ser humano a un abismo de odio, furia y rabia sin control." En un trepidante combate aéreo dos pilotos luchan en sus aviones (un Spitfire inglés y un Messerschmitt Bf-109 alemán) a muerte y odio eterno en un combate que singulariza los horrores de las guerras que han acompañado al ser humano desde su nacimiento como especie. Tras él una atinada crítica de este corto escrita por Nacho Villalba en la web Cine Maldito.





Paths of Hate (Damian Nenow)

Nacho Villalba en Cine Maldito

No hay nada especialmente novedoso en el discurso de Paths of hate (2010): su exiguo cuerpo dramático (la persecución sin cuartel de dos aviones de combate en medio de una guerra indeterminada) sirve para trazar otra reflexión sobre lo absurdo de la violencia y la facultad deshumanizadora del odio, que su director, el polaco Damian Nenow, escenifica de forma literal amparándose en el genero fantástico. De repente los soldados dejan de ser soldados y se transfiguran en cuerpos demoniacos animados por su odio al otro, llevando el relato a territorios puramente metafóricos donde el rojo sangre del cielo y de la ira resulta más expresivo que todas las pancartas del mundo. Esto, que podría interpretarse como una redundancia, contribuye a cargar de intensidad narrativa un cortometraje más preocupado por la transmisión del mensaje que por el mensaje en sí.

Lo valioso de Paths of hate, pues, reside en su asombrosa animación. Exprimiendo al máximo las posibilidades del CGI, Nenow logra extraer un dinamismo hipnótico de todas las figuras que aparecen en pantalla, haciendo que líneas y colores dancen armónicamente y cargando de elocuencia expresiva elementos mínimos o insignificantes (una foto, un crucifijo, una gota de sangre), llevando a cabo un proceso de depuración estilística que acaba cristalizando en una suerte de elaborado y sofisticadísimo minimalismo, cercano en su obsesión por el detalle a la estética del anime, pero manteniendo de fondo un toque abstracto y límpido que le aporta personalidad. Más allá de sus enérgicos y estilizados acercamientos a la violencia, la cinta destaca por la elegancia casi placentera con la que dicha violencia acaba plasmándose en la pantalla, cuajando momentos de gran belleza digitalizada que nunca se siente excesivamente artificial (esto no es un videojuego, para entendernos).

En su superficie aceitada y en su habilidad para planificar escenas de acción francamente complejas, reside la fuerza galvánica de un cortometraje (premiado en festivales tan prestigiosos como el de Annecy) que atrapa por la cualidad fascinadora de sus formas, mientras deja que en su fondo palpite un grito de rabia contra la condición autodestructiva del hombre que, no por conocida, resulta menos poderosa. Si disculpamos su escasa originalidad y su pequeñez conceptual, podremos extraer placeres intensos (básicamente estéticos) de este contundente ejercicio de animación arty para tiempos nihilistas y oscuros como los nuestros. Porque su conclusión no puede ser más descorazonadora: lo único que nos mueve es el odio, y en él nos acabamos consumiendo, en él desaparecemos.

18 de septiembre de 2016

Vocabulario Fundamental. Memoria (26) 'Un día vi 10.000 elefantes': una memoria de Guinea Ecuatorial


 
 
"Fantástico ejercicio de memoria y de negror nostálgico (...) aliñado por una lírica y finísima crítica al colonialismo, (...) Película muy curiosa e ilustrativa" Oti Rodríguez Marchante: Diario ABC

"Es un interesante acercamiento al colonialismo en Guinea (...) parte de un cierto onirismo para alcanzar una memoria crítica en las antípodas de la nostalgia." Javier Ocaña: Diario El País

"Hermosa e inclasificable opera prima alumbrada tras más de quince años de investigación histórica y formal (...)" Sergio F. Pinilla: Cinemanía

En  esta película, dirigida por Alex Guimerá y Juan Pajares en 2015 en la que Angono Mba, un octogenario guineano, rememora desde el salón de su casa la expedición en la que hizo de porteador para el cineasta madrileño Manuel Hernández Sanjuán y su equipo, que los llevó entre 1944 y 1946 a recorrer la Guinea española, documentando la vida en la colonia y buscando un misterioso lago, donde según contaba una leyenda africana, se podían ver 10.000 elefantes juntos. 

Narrativamente, la película está a caballo entre el relato histórico, la ficción y el documental y formalmente, combina la imagen real, la fotografía y la animación para componer una velada crítica a la injusticia flagrante del colonialismo y una nueva y original perspectiva a algunos de los problemas que pervierten nuestras sociedades actuales como las desigualdades sociales, la xenofobia y las hirientes diferencias entre primer y tercer mundo.

De  la obsesión del cineasta español por encontrar aquel lago, de las aventuras propias de una expedición por aquel lugar desconocido y de los sentimientos contradictorios de ambos personajes, surge esta fascinante historia de pasión por África, el pasado y la memoria. 
 
 
 
Making of 'Un día vi 10000 elefantes'


13 de septiembre de 2016

Ciclo de cine clásico USA (28) 'Toro salvaje', de Martin Scorsese

Martin Scorsese daba la bienvenida a la década de los ochenta con otra de sus master pieces, 'Toro salvaje' (Raging bull, 1980), que recreaba el ascenso y caída del mítico boxeador Jake la Motta. Con esta película el director conseguiría con su primera nominación al Oscar y Robert de Niro (en la piel y alma del púgil neoyorquino) se afianzaba como uno de los grandes actores del momento, ganando su segundo Oscar. También fue premiado el tremendo montaje de Thelma Schoonmaker (que montaría la mayor parte de los filmes de Scorsese) en el emotivo y eficaz uso de la cámara lenta, en las estilizadas elipsis de los combates o para mostrar los recuerdos desvaídos de ese tiempo de felicidad que muestran las películas familiares y que se le escurren a LaMotta por el desagüe de los celos y la locura. 

Reconocidos fueron también el soberbio guión de Paul Schrader y el talento descomunal de un secundario de auténtico lujo, Joe Pesci (en el papel de hermano de Jake), que participaría años después junto a Scorsese, de Niro -y Schoonmaker- en las también magníficas 'Goodfellas' y 'Casino'. 

En fin, les dejamos con esta violenta radiografía de la derrota, de la autodestrucción física y moral, probablemente la mejor película sobre el convulso mundo del boxeo. Después una excelente crítica en Blog de cine analiza en profundidad esta nueva entrega de nuestro ciclo de cine clásico norteamericano. 




"¿Quién es un animal? Tu madre es un animal, hijo de puta..." -Jake LaMotta (Robert De Niro)

Mucho había cambiado la situación para Scorsese desde finales de los años sesenta, época en la que no era más que otro aspirante a director sin futuro, y finales de los setenta, con varios importantes logros artísticos alcanzados, con laPalma de Oro de Cannes y el máximo respeto de sus colegas de generación. Sin embargo, una vida al límite de fiestas, drogas y amistades superfluas, le llevaron a poner en peligro, literalmente, su salud. Se divorció y pasó varios meses en un estado de tensión y agotamiento brutales, sin decidirse en lo personal y en lo profesional. Finalmente, en septiembre de 1978 es ingresado en un hospital, con diagnóstico grave de hemorragia interna. Llegó a temerse por su vida durante varios días. Mientras tanto, Schrader terminaba el guión del muy esperado proyecto de 'Toro salvaje' (id, 1980), que De Niro intentó convencer a Scorsese que debía ser su próxima película. Scorsese le dio la razón.

El cineasta italoamericano se sintió inmediatamente identificado con el boxeadorJake LaMotta (campeón del mundo de peso medio en 1949), cuya vida iba a ser investigada en la película, y se puso manos a la obra con un fervor que creía perdido, y con la confianza en sí mismo restablecida, o al menos es lo que quería creer. El fracaso de 'New York, New York' en 1977, y la terrible presión que él mismo se auto imponía, además de su adicción a diversas drogas, a punto estuvieron de dar al traste con una de las carreras más aclamadas de las últimas décadas, que con 'Toro salvaje' se reanudaba de manera gloriosa, para una de las obras maestras más proverbiales del realizador. Un filme que era, al mismo tiempo, el comienzo de una nueva etapa y la constatación de que el artista ha de luchar consigo mismo tanto como con su propio material, del mismo modo que el mayor enemigo que nunca tuvo LaMotta en el ring fue el propio LaMotta.

Como es habitual en casi todas sus películas, y a pesar de lo satisfechos que De Niro y Scorsese se sentían con el guión de Paul Schrader (el segundo que escribía para Scorsese después de 'Taxi Driver'), ambos, director y actor, se fueron durante unas semanas a la isla de St. Martin, a reescribir el libreto casi por entero. Todavía débil, y sin demasiados ánimos, De Niro es un apoyo constante. Le levanta por las mañanas con el café preparado, le estimula a dar lo mejor de sí mismo, se comporta en definitiva como un gran amigo y gran admirador del talento de Scorsese, quien se enfrenta a este proyecto con una energía casi ilimitada una vez comprende que puede hacerlo. El complejo rodaje de 'Toro salvaje' conllevó veinte semanas de filmaciones (diez para los combates, y otras diez para la descripción de varios pasajes de la vida de LaMotta), y el imponderable de tener que esperar tres meses a que De Niro, fiel a su entrega absoluta, viajara a Italia y Francia a engordar los treinta kilos de más que su personaje luce al final de la historia.

El ring como metáfora del castigo y el sacrificio

Como puede suponer el lector, la decisión más complicada para Scorsese fue la elección del blanco y negro (en un soberbio trabajo de Michael Chapman) frente al color. De hecho es la única vez en su carrera que no filmó en color, pero le costó mucho atreverse, pues temía ser considerado un pretencioso. Sin embargo, es inimaginable esta película en color. Su blanco y negro no solamente trae reminiscencias de un cine de los años cuarenta y cincuenta (con Elia Kazan a la cabeza) que realmente significa un espejo estético y narrativo, también son una declaración de intenciones: esto no iba a ser otra historia comercial sobre boxeo, si no un descenso a los infiernos. Descenso que recorre el a menudo abyecto Jake LaMotta, un sujeto excitable y violento hasta el paroxismo, aunque también, quizá, demasiado humano: atormentado, doliente, lastimado en su interior. Desde el principio de la historia nos queda claro que el mayor enemigo de LaMotta es él mismo, que sufre una serie de complejos y de sentimientos de inferioridad brutales, que le impiden una necesaria calma interior, y le abocan a una autodestrucción sin concesiones.


Tres relaciones serán las que marcarán la historia (una historia llena de elipsis y necesarias lagunas temporales, para contar varias décadas de la vida del púgil): la que tiene con su hermano Joey (un espectacular, como siempre, Joe Pesci), la que le une con su mujer Vicky (una sensual, casi turneriana, Cathy Moriarty), y la que sufre consigo mismo. Los expertos de boxeo de la época, definían el estilo de LaMotta como la de un boxeador que luchaba como si no mereciera vivir, avanzando siempre a pesar de los golpes y el castigo físico. Esto es el tema principal de la película, que contó con el propio LaMotta (que aún vivía y vive) como asesor, y que comienza con tres imágenes muy distintas del boxeador: en los créditos él sólo calentando en la lona (expresión exacta y terrible de su vacío interior, de su odio a sí mismo), a continuación muchos años más tarde y mucho más gordo y acabado, y finalmente en plena forma pero perdiendo por estar el combate amañado por la mafia. Con fiera sinceridad, Scorsese se desmarca con estas tres imágenes de cualquier lugar común sobre un supuesto héroe pugilístico y se adentra, sin remisión, en el plano de lo abstracto, de la desesperanza anímica y la penetración psicológica.

La elaborada mecánica de rodaje de los combates en esta película se saldó con varios de los mejores y más impresionantes jamás rodados. Todos ellos, aunque comparten una cierta estilización y un deseo por parte de Scorsese de alejarse de lo estático para adentrarse en el terreno de lo dinámico, también gozan de detalles independientes que los hacen únicos, desde un punto de vista emocional, psicológico o narrativo. Por supuesto que para ello fue crucial el reencuentro profesional con la montadora Thelma Schoonmaker, con quien no trabajaba desde el documental 'Street Scenes', en 1970. Futura pareja del ya fallecidoMichael Powell, mítico director de quien se pueden rastrear influencias en 'Toro salvaje', este reencuentro de Schoonmaker con Scorsese significará el comienzo de una colaboración exclusiva que perdura hasta el día de hoy. Ella dice que todo lo que sabe de montaje lo aprendió de él, mientras él no deja de alabar el inmenso talento de su amiga. Sea como fuere, esta unión creativa (una más) en la carrera de Scorsese tendrá en 'Toro salvaje' un exponente de la genialidad de ambos, que se entregan a un frenesí creativo en la planificación y el montaje pocas veces visto.

La nerviosa cámara de Scorsese se introduce en los combates con singular talento dinámico, mientras el montaje de Schoonmaker provoca lo que andaban buscando: que cada golpe duela. Pero no solo eso, pues ambos tenían ante así la inmensa hazaña de procurar que tantas elipsis temporales se aceptaran como naturales, a lo largo de varios años y muchos eventos, y debían construir un armazón sin fallas, como finalmente hicieron. Así, la inmensa y descarnada interpretación de De Niro, tan recordada, se sostiene sobre un pilar de sabiduría audiovisual, y puede dar lo mejor de sí mismo pese a lo resbaladizo (moral y psicológicamente) de su personaje. Asistimos a la confluencia de varios superdotados de su oficio que logran contarnos la terrible historia de un solitario violento con corazón. Pero para explicar mejor el fondo real de esta película, nadie mejor que Scorsese: "Es realmente la historia directa, simple, casi lineal de un tipo que llega a algo, que lo pierde todo y que luego se recupera, se redime. Pero se recupera espiritualmente. No lo logra fisicamente, materialmente, sino a través de algo que alcanza en su interior. Lo que me fascina a este respecto es ver cómo un boxeador se sitúa, en cierta forma, a un superior nivel espiritual. Él funciona a un nivel primitivo, casi animal. Y es quizá porque se sitúa a este nivel animal que él está más próximo del propio espíritu. Lo que quiere decir que probablemente los animales están más cerca de Dios de lo que lo estamos nosotros".


Conclusión a una obra estremecedora

Con total seguridad, al menos para quien firma estas líneas, 'Toro salvaje' es el mejor filme de Scorsese desde 'Taxi Driver'. Estas dos cumbres de su carrera fueron protagonizadas por un De Niro indescriptible en energías y talento (muy diferente al de ahora mismo...) y escritas por Schrader, pero aún vendrían más. Y vendrían porque Scorsese recuperó la fe en sí mismo, y aunque fue una etapa muy dura para él, consiguió salir más fuerte y más sabio. 'Toro salvaje' fue nominada a ocho Oscar, y aunque se alzó, de manera incontestable, con el de mejor actor y mejor montaje, perdió en la categoría principal frente a la muy inferior 'Gente corriente' (id, Robert Redford, 1980), que también venció nada menos que a 'El hombre elefante'(id, David Lynch) y 'Tess' (id, Roman Polanski), en un disparate difícil de asimilar. Poco importa, en definitiva, como poco importa su casi nula repercusión en taquilla en la época, porque 'Toro salvaje' queda como uno de los más estremecedores relatos que se conocen acerca de la soledad y la autodestrucción.

12 de septiembre de 2016

Estupor y Temblores (50) La muerte de Victor Jara

Unas 600 personas marchan en fila india con las manos entrelazadas sobre la nuca bajo la atenta mirada de militares con las armas montadas. Son estudiantes, profesores y personal laboral de la Universidad Técnica del Estado. El oficial al mando ordena sacar a uno de los prisioneros del grupo y le propina una salvaje paliza. Le golpea rostro y cabeza con la pistola, le patea costillas y genitales y le acaba rompiendo las manos a pisotones con sus pesadas botas. La víctima de esa explosión de odio y sadismo es Víctor Jara.

Es el 12 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile. El día anterior los militares han dado un golpe de Estado auspiciado por la Administración USA de Nixon, Kissinger y las grandes corporaciones, con la colaboración, muchas veces entusiasta, de oligarquía local, clases acomodadas y Democracia Cristiana. El presidente Salvador Allende, tras un bello, digno, sereno y lúcido mensaje al país, es acribillado a balazos.

La Universidad Técnica del Estado ha sido cañoneada y ametrallada. En su interior no hay nadie armado. Los ocupantes son llevados al Estadio Chile, recinto con capacidad para unas 2.000 personas que ahora hacina a 5.000. Víctor Jara es una de ellas, arrojado en un rincón, con el cuerpo quebrado. Así lo tendrán dos días, sin comer, sólo un huevo crudo que algún compañero le saca a un soldado.

Los soldados vuelven a llevarse a Jara y le propinan otra paliza a culatazos antes de hacerle jugar un rato a la ruleta rusa. Luego lo bajan a los subterráneos del recinto y lo acribillan a balazos. La autopsia revela más de 40 impactos. El día 15 sacan su cuerpo para arrojarlo a una fosa común. Una vecina y un trabajador de la morgue reconocen a Jara y consiguen contactar con su esposa y enterrarlo, de manera semiclandestina, en el Cementerio General de Santiago. Pasaron 36 años antes de que el pueblo al que entregó su voz pudiera enterrarlo de una manera digna, con una canción en la garganta.

La Boca D'Or 12 septiembre 2016