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22 de octubre de 2009

Condes sombríos y libros de una vida

Como en "Vida y Tiempos..." no podemos o sabemos llegar a todos los lugares que nos gustaría, solemos subcontratar textos, imágenes o emociones de algunos colaboradores habituales que escriben o dibujan partes de sí mismos en otros blogs, las cuales adoptamos con su denominación de origen para dar lustre a nuestra bitácora.

Así, aprovechamos la entrada "Mi libro de Almasy" del estupendo blog
Un tren sobre la tierra para homenajear a esa bella y desesperadamente romántica película que es El paciente inglés y como en otros posts seguiremos utilizando, si nos lo permite, sus breves fragmentos de literatura y vida, desde aquí le otorgamos, como al resto de nuestros colaboradores (Bizzentte, Menudinha, La Contra, Bea Contel, Gabilondo, David Alhambra, Lobo Antunes... casi nadie) una etiqueta con el nombre de su blog para quien quiera buscar todas sus contribuciones a esta bitácora a partir de ahora.

Así pues les dejamos con Leo y con un hombre con un libro, un hombre que traiciona patrias, guerras y lealtades sin dudarlo si ello le supone una mínima posibilidad de poder encontrar a su amante-amada, que agoniza en algún lugar del mar de arena que sobrevuela. Mientras Leo se pregunta sobre cuál será el libro de su propia vida aunque quizás el libro de su vida sea probablemente ese blog en el que escribe cada pocos días.


Mi libro de Almasy. Un tren sobre la tierra

Siempre me gustó el conde Almásy, de
El paciente inglés. Tan distante, tan circunspecto, como si estuviera siempre agraviado, como si nunca llegara a disfrutar con nada. Pero con una pulsión de vida recóndita, superior a él mismo, que le obliga a canturrear sin darse cuenta, todo el tiempo. Una pulsión evidente para quien se tome la molestia de mirarle más adentro. Impecable con su camisa blanca, bello, perfectamente masculino.

Me gustan Almásy y sus nadadores. Almásy hablando de los vientos, desbordado por K. Tomando posesión de una minúscula parcela del cuerpo amado, del universo entero. Almásy y su ira por la derrota. ...Y sus lágrimas al comprender que no había entendido nada, justo cuando se había agotado el tiempo.

Pero lo que más me gustado siempre de Almásy es su libro. No Heródoto en sí, sino lo que significaba. Un libro. La fidelidad. Un libro que te presta sus páginas ya impresas para que traces los mapas en ellas, para que escribas en él tu salmodia, una inicial o el nombre entero, una y mil veces. El libro en el que guardar los secretos, envolturas de caramelo, entradas de cine. El libro salvador que te lleve en volandas con sus manos de tinta a otros mundos más soportables, que te abra la mente. O que estrangule con esas mismas manos al tiempo asesino de la ausencia.

Desde entonces, antes de abrir un nuevo libro me pregunto si será el libro. Mi libro. Si lo habré encontrado. O si me habrá encontrado él a mí, más bien. El libro de Almásy. Inagotable en sí. Un libro que sea yo sin serlo, al que confiar mi silencio, al que ligar mi destino. Una quimera.

Han sido tantos años de búsqueda que ahora, que acaricio las tapas de éste, que hundo la nariz entre sus hojas y escucho, como si no fuera mío, un canturreo que viene de lejos, y siento temblar las hojas de mis ramas más altas, ahora, decía, me entran dudas. Y tengo miedo de este espejo. De la sensación de que nos conocemos desde siempre. Quizá porque intuyo que es inagotable. Y también que le gusta guardarme los secretos.

Puede que le pregunte qué se hace con las dudas. Con el desbordamiento. Con el miedo. A él. O quizás al mismo Almásy. Estoy segura que su voz de pulmones quemados me diría que no hay nada que temer. Que pruebe a buscar las respuestas en sus páginas. O algo parecido.