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9 de abril de 2009

Welles y Boyero, entre las sombras de Viena


En 1949, en una Viena aún con los recuerdos y los escombros de la guerra, una lámpara se mueve y una luz invade una sombra, de donde surge el gepeto inteligente y burlón de Orson Welles. Ese plano maestro para presentar un fantasma y su posterior persecución entre las penumbras de una ciudad en posguerra aparecen en mi recuerdo al leer el magnífico artículo El arte de los espías de Carlos Boyero, sobre tres piezas maestras del cine en general y del cine de espías en particular, a saber, Encadenados, de Hitchcock, Operación Cicerón del gran Joseph Leo Mankiewicz y la que ha sido considerada mejor película del cine británico, El tercer hombre, de Carol Reed. Así que nada, les dejamos con el gran Carlos Boyero rindiendo homenaje a la inolvidable El tercer hombre, y después, la célebre escena de la noria en el Prater. Cine del bueno.

(...) El protagonista de "El tercer hombre" sólo aparece en la parte final aunque su seductora y demoniaca personalidad anda flotando desde las primeras secuencias. Se llama Harry Lime, es amoral y cínico, trafica con penicilina adulterada en la ruinosa Viena de la posguerra, admira la sanguinaria Italia del Renacimiento porque la existencia de los Borgia no impidió que convivieran con artistas como Miguel Ángel y Leonardo mientras que Suiza en infinitos años de paz lo único que había logrado inventar era el reloj de cuco, ha hecho trabajos sucios para los aliados y para los soviéticos, se burla de conceptos tan banales como lo correcto y lo incorrecto, sabe que una mujer a la que enamoró perdurablemente y el fiel amigo de la adolescencia, dos perdedores honrados, siempre tendrán serias dudas, a pesar de las evidencias, sobre su monstruosa naturaleza.

"El tercer hombre" posee el aroma de los misterios indescifrables. También el clima de las pesadillas. Graham Greene escribió la novela y Carol Reed firma la película, pero todo en ella lleva el aroma del mejor Welles, aunque aparentemente él se limite a meterse en la piel y en el espíritu de uno de los cabrones más fascinantes de la historia del cine.(...)