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14 de diciembre de 2009

Absurdeces, bocachanclismos y otros extravíos (8) Joan Laporta

Viendo la tradicional virulencia con la que los medios de comunicación, deportivos o no, critican (algunos con razón, otros pura demagogia) cada hecho deportivo o no que acontece en el Real Madrid, siempre me ha llamado la atención la poca repercusión que han tenido en esos mismos medios de comunicación, los cerriles exabruptos verbales del presidente del F.C. Barcelona, Joan Laporta, acostumbra a soltar casi cada semana.

Se registran, sí, pero se comentan normalmente de forma aséptica, sin un mal gesto, no se vaya a ofender cierto sentimiento nacionalista catalán que considera al Barça y a Cataluña como una unidad de destino en lo universal y nos tilden de antimodernos o directamente fachas. Constituyen a nuestro juicio esas imperceptibles y sin embargo flagrantes faltas de ecuanimidad y juicio ponderado, una forma de autocensura cuyas raíces probablemente anidan en infundados prejuicios provenientes de la época franquista instalados perversamente en nuestra psique colectiva.

También nos llama la atención cómo la masa social azulgrana jalea a un individuo de este pelaje cuando visita las numerosas peñas que el club catalán tiene por toda España regalándole miradas obsequiosas y palmadas en la espalda, aunque exista la sospecha cierta de que nada significan para él salvo para cobrar sus cuotas de socio y las camisetas vendidas. Aunque suponemos son de la misma especie que los madridistas absurdos que hacían lo propio con otro impresentable como Ramón Calderón. Entre otros.

Y es que parece que este fulano de flatulenta bocachancla siempre se ha permitido insultar por activa y por pasiva a quien se le haya puesto por delante, tanto si son periodistas, directivos, presidentes de club rivales (empleando a discreción la ya célebre gilipollez de la "caverna mediática españolista") ha llamado por teléfono al presidente de Extremadura para amenazarle y llamarle repetidas veces "imbécil", espiado a sus propios directivos husmeando posibles desafecciones a su persona, o se ha encarado con aficionados culés en las calles cuando le han criticado (sabiendo que si la cosa se tuerce siempre tendrá un guardaespaldas cerca que reparta hostias por él), provocado la vigilancia de un aeropuerto después de los habituales "ustednosabeconquiénestáhablando", por poner algunos ejemplos, en fin, un impresentable personaje de los que este país gusta demasiadas veces parir y que según llega el final de su mandato intenta, borracho de poder y gloria, acaparar atenciones y titulares habida cuenta de que sus días de notoriedad van terminando.

De sus últimas charlotadas hay que resaltar cuando hace unos días, al calor del referéndum independentista catalán, clamaba por la injusticia de una España opresora que estrangula secularmente Cataluña, desatino que, evidentemente tiene todo el derecho a pensar y decir y poco después la reclamación a las más altas instancias políticas pidiendo para su club y sí mismo exenciones legales en su viaje por avión a Abu Dhabi (y al negárselas declarar que el gobierno persigue al Barça), cosa que evidentemente no tiene derecho a pedir. Y en el que esta vez también patinó nuestro admirado Pep Guardiola. Pero él sigue sembrando discordias y agitando victimismos pues sabe que algo siempre queda.

Aunque le duela, una gran mayoría de catalanes (incluidos millones de seguidores del Barça) vive cómodamente compartiendo emociones y sentimientos catalanes y españoles en las regiones de su corazón y su cerebro dedicadas a la cosa patria (si las tienen), aunque le duela una gran mayoría de seguidores culés saben separar la pertenencia emocional a un club de fútbol (que por supuesto compartimos) y los advenedizos mussolinis que los dirigen para conseguir réditos personales, económicos o políticos. Cataluña no se muere, al igual que España no se rompe como otros agoreros salvapatrias de la misma calaña que Joan Laporta anunciaban y quisieran. Ascopena de gente.


Alfredo Relaño - Laporta pierde lo que el Barça gana


El Barça viajó ayer a Abu Dhabi, en busca de su sexto título del año, el que le serviría para completar la colección. Apuesten a que lo conseguirá, porque es mejor que cualquier equipo que se pueda encontrar ahí. Este Barça es un suceso en la historia del fútbol. Más allá de las críticas que desde aquí hacemos a la forma en el que el villarato le pone alfombras para que pise más blando, a este Barça hay que reconocerle una categoría de fábula. Su fútbol es bello, aunque para deleitarse con él haga falta cierta paciencia, como dijo Pellegrini. Tiene escuela, tiene fenómenos, tiene estilo, tiene a Guardiola.
Pero tiene también, ¡ay!, a Laporta, convertido en una caricatura. Termina su mandato y está haciendo esfuerzos exagerados por erigirse en una especie de Espartaco con barretina. No los hacía antes. No llegó al Barça reclamándose de feroz independentista. Incluso metió en el club a un cuñado de la Fundación Francisco Franco. Pero según se acaba su mandato, en el que ha tenido la suerte de que Mourinho le dijera que no, Guardiola le saliera bueno y en los años anteriores la casa hubiera cocinado una excelente generación de canteranos, Laporta quiere ahora un nuevo lugar en la sociedad.
Lo tendrá, al menos, en esos programas de televisión que consumen extravagantes a gran velocidad. En la política, no lo sé. Cataluña no se hunde, contra lo que él dice, la asistencia a la consulta de ayer no permite pensar que la ciudadanía esté demasiado desesperada. El común de los ciudadanos de Cataluña prefiere, muy razonablemente, disfrutar con un Barça en la Liga española capaz de aplastar al Madrid que seguir a estos 'somiatruites' que no les podrían acarrear otra cosa que antipatías entre los vecinos. El Barça gana mucho en el campo, pero Laporta derrocha demasiado fuera.