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22 de noviembre de 2011

Vocabulario Fundamental. Felicidad (2) De felicidad y cerebros felices




Para nuestra segunda mirada a la felicidad incorporamos el último post del interesante blog de Ciencia Retiario, de RTVE, en el que el periodista y biólogo Pepe Cervera nos habla de cómo nuestro cerebro puede coger algunos atajos buscando su felicidad aunque a veces no sea la misma que la que nosotros buscamos.




De la felicidad y los cerebros felices

22 nov 2011
El placer, y en última instancia la felicidad, son salpicaduras de sustancias químicas en nuestro cerebro: chorreones de endorfinas que nos dan gustirrinín, premiando el tipo de comportamientos que nuestra evolución seleccionó. Haz lo que es bueno para aumentar tu capacidad reproductiva y en lo profundo de tu caja craneana una glándula empapará de activadores la parte de tu cerebro que siente placer. Compórtate como la selección natural quiere durante largo tiempo y el encharcamiento de neurotransmisores se hará semipermanente, proporcionándote la elusiva sensación que llamamos ‘ser feliz’. Lo peor de todo es que en el camino que lleva a esas decisiones nuestro cerebro además hace trampa, escogiendo sistemáticamente la opción menos conflictiva y que ofrece menor resistencia. Es por eso que nuestro órgano de pensar se autoengaña. Y al hacerlo nos engaña a nosotros, sus propietarios; suponiendo que esa distinción tenga sentido. La clave está en el concepto del ‘Cerebro Feliz’, según explica el escritor de divulgación estadounidense David DiSalvo en su recién publicado “What Makes Your Brain Happy and Why You Should Do the Opposite” (qué hace feliz a tu cerebro, y por qué deberías hacer lo contrario).

Resulta que a la hora de trabajar nuestro cerebro es tan vago como nosotros mismos, y tiende a tomar el camino más sencillo hacia su objetivo. Si para resolver el problema, y ser así ‘feliz’, nuestra máquina biológica pensante tiene que tomar algún atajo que no se compadece adecuadamente con la lógica o la verdad, lo hace. Y de ahí surgen una enorme cantidad de problemas de percepción y pensamiento que nos afligen cuando intentamos ser seres incluso moderadamente racionales. Como afirma la reseña del libro realizada por el New Scientist, nada de lo que recordamos, pensamos o sentimos es lo que parece. El almacenamiento de recuerdos está lleno de agujeros que la mente rellena fabricando historias que proporcionan coherencia, pero que no son reales en sentido estricto: por eso dos testigos de un mismo acontecimiento con frecuencia difieren en detalles de su recuerdo.

Nuestro presuntamente racional proceso de toma de decisiones está repleto de pliegues emocionales, como demuestran no pocos experimentos en la nueva ciencia de la Neuroeconomía: cuando creemos evaluar dos opciones diferentes tan sólo por su relación coste/beneficio en realidad estamos justificando para la mente consciente una decisión ya tomada por el cerebro emocional. Y en no pocas ilusiones de percepción lo que ocurre es que el cerebro salta a una conclusión equivocada para ahorrarse el trabajo de calcular la correcta. Muchas de nuestras manías, debilidades y defectos de raciocinio surgen del intento de nuestro cerebro por trabajar menos y conseguir cuanto antes su ‘chute’ de placer.

El problema es que muchas de estas estrategias y atajos no son precisamente beneficiosas para nosotros, aunque el cerebro se haga adicto a ellas y nos las imponga. Es como si contemplásemos el universo a través de un cristal traslúcido que tiene defectos e intereses propios que no siempre coinciden con los nuestros. Es decir, no con los de la parte racional, lógica y equilibrada de nuestra personalidad, esa que tratamos de considerar como la esencia de la mente humana. Lejos de ser ‘enemiga’ de la razón la emoción forma parte fundamental de nuestros procesos intelectuales. Los publicistas y vendedores llevan milenios aprovechando esta influencia emocional, y según avanza nuestro conocimiento de cómo funciona el cerebro por dentro vamos comprendiendo cómo y por qué es así. Entender de qué maneras el cerebro intenta hacer su trabajo menos intenso es vital para que podamos comprender de dónde salen esas predilecciones irracionales y defectos de racionalidad que a veces nos hacen tomar decisiones equivocadas. Contra lo que pudiera parecer nuestro cerebro y nosotros no somos dos entidades separadas. Pero conviene conocer las debilidades de nuestro intelecto provocadas por el modo como funciona ese kilo y medio escaso que nos diferencia del resto del reino animal. Porque de ese modo somos menos esclavos del ‘cerebro feliz’, y por tanto más libres.