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16 de noviembre de 2008

Cuando Timothy encontró a Otto

Nuestro prolífico colaborador, David Alhambra, nos trae en esta ocasión un magnífico pasaje en el que se recrea el encuentro en la lisérgica fase entre el gurú del LSD Timothy Leary y el director de cine Otto Preminger y cómo éste último aprovecha la nueva dimensión que el ácido le proporciona para redecorar su mente y su forma de crear. Y para poner el cierre un poco chusco a esta entrada incluímos un video de una unidad del ejército británico a los que se les proporcionó (eran los felices 50') un chute de LSD en lugar del mítico bromuro. 



"El afán de destrucción. Probablemente es el impulso fundamental del hombre. Aniquilar la belleza. Luego tal vez distenderse para crear algo" Antoni Casas Ros

Hola, qué tal. El psicólogo Timothy Leary, uno de los grandes gurús de la droga de los sesenta, vivió durante unos años en una mansión en las afueras de Nueva York. Un día, Leary conoció a Otto Preminger. En la mansión, el psicólogo vivía entre campanitas y música relajante, iniciando a la gente en el consumo responsable del ácido lisérgico. Lo que Otto le proponía, sin embargo, era muy distinto. 

"Y por esas fechas quién podía presentarse en Millbrook sino Otto Preminger, en busca de información sobre el LSD para una película, Skidoo. Me hizo muchas preguntas sobre los efectos del ácido y yo me interesé por la realización de películas. Una semana después me acerqué a la lujosa casa de Otto en Manhattan, donde el astuto director me convenció de que le organizara una sesión. Para mí fue otra de esas experiencias que me cambiaron la vida: pasar tres años en una Arcadia romántica a la futurista sala de proyección blanca y cromo, plástica y fantástica de Otto, repleta de diales, luces, palancas y demás parafernalia de panel de control.
   
No había chimenea. ¡No había velas!

En cuanto nos subió el ácido, Otto se puso en acción como un poseso. Encendio la tele: ¡sacrilegio! Se suponía que uno debía ir hacia dentro, flotar corriente abajo por su acueducto cerebral, remar frente a los islotes de Langerhans, bordear la Cisura de Silvio y dar con calma en las orillas de sus lóbulos frontales cantando "Om, Sweet Om". Pero Otto, no. Su cabeza monda y reluciente se había convertido en una escafandra espacial y él volaba como un satélite de comunicaciones en órbita mientras marcaba y sintonizaba realidades en constante cambio, trastocando de manera intencionada foco y color.

Traté de encontrar un disco lento y repetitivo de Ravi Shankar que nos devolviera a la órbita interna. No hubo suerte. Su colección se limitaba a las bandas sonoras. Otto ya tenía otros dos equipos de televisión conectados. Contempló con jubilosa satisfacción una pantalla en la que parpadeaban patrones aleatorios de puntos. Entonces me di cuenta de que Otto me estaba demostrando algo importante. Como director de cine él asumía la tarea divina de inventar una realidad: él elegía la trama, la localización y los actores. Exteriorizaba su visión sobre celuloide y la comercializaba para que millones de seres humanos pudieran habitar su creación. Descubrí que los grandes forjadores del destino humano eran aquellos que habían aceptado ese papel y se habían atrevido a imponer su versión de la realidad a los demás. Todos los filósofos y creadores de mitos de éxito han sido capaces de convencer a los demás de que vivieran en los mundos nacidos de su pensamiento.
   
Ver el cerebro acelerado de Otto en acción me arrancó de la frase nostálgico-pastoril. En Millbrook habíamos vivido detenidos en un salto en el tiempo. Al evitar la tecnología nos habíamos acercado a la naturaleza y a las sabias zonas sensuales del cerebro, pero la tecnología electrónica de Otto podía ampliar el cerebro y liberarnos de lo muscular. Millbrook era un agradable pero repetitivo simulacro feudal. La siguiente fase de la evolución, al menos de la mía, iba a implicar la información y la comunicación. Decidí en el acto mudarme a Hollywood y aprender cómo se dirigían y producían realidades" 

(De la biografía de Leary, LSD; Flashbacks)