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18 de noviembre de 2008

Sans Adieu

David Alhambra nos manda un trocito de Vila-Matas. La próxima vez que nos pillen queriéndonos ir de una fiesta sin armar mucho alboroto, sin que nadie nos conmine prometiendo esta sí, la última copa, podremos decir yoesquesoymuchodelsansadieu y agitando un pañuelo de seda con un mohín barroquesque compondremos el mejor adiós posible.



Esto es un fragmento de Vila-Matas, del atractivo último volumen periodístico, Dietario Voluble (quizá, bueno, sólo realmente increible para vilamatianos como yo, con pequeñas piezas o microensayos de lo cotidiano y del paseo -que digamos- eterno de Robert Walser por la periferia de todos nosotros en esta pequeña ciudad que es esta esquina del Universo), un fragmento que trata sobre las despedidas, despedirse a la francesa y tal. Es ideal, compacto y se abre por sí mismo a la lectura. Un saludo.

El pasado día de San Esteban, caminando por la rue de Rome de París, me dediqué a imaginar que me encontraba en Barcelona y que, tratando de vencer el aplastante aburrimiento de tanta fiesta navideña sin tregua, me dedicaba a confeccionar un catálogo de las veces en mi vida que me había despedido a la francesa. A medida que iba imaginando esto, fui viendo que el catálogo se me hacía peligrosamente infinito, pues no paraba de recordar despedidas que podían inscribirse en la tradición del sans adieu ('sin adiós'), que es la expresión francesa que en el lenguaje coloquial español del XVIII se acuñó en la forma despedirse a la francesa, aunque en este caso para reprobar a alguien que, sin despedida ni saludo alguno, se retirara de una reunión.

Dejé de confeccionar mi abrumador catálogo mental cuando, al llegar al Boulevard Haussmann, me concentré ya sólo exclusivamente en la expresión sans adieu, que tan de moda estuvo a lo largo del XVIII entre la gente de la alta sociedad de Francia cuando era costumbre retirarse sin despedirse del salón donde tenía lugar una velada, y hacerlo sin tan siquiera saludar a los anfitriones. Parece que llegó a tal extremo este hábito, que era considerado un rasgo de mala educación lo contrario, saludar en el momento de marcharse. A todo el mundo le parecía bien que uno, por ejemplo, mirara el reloj de la casa con signo de impaciencia y diera a entender que no tenía más remedio que irse, pero jamás se veía con buenos ojos que se le ocurriera saludar antes de ausentarse.

En realidad -acabé pensando- despedirse a la francesa debería seguir siendo considerada una forma muy elegante de partir, pues si no decimos ni una palabra de despedida seguramente eso se debe al inmenso agrado que nos produce la compañía con la que estamos y con la cual tenemos el propósito de volver: si nos vamos sin decir palabra es porque decir adiós significaría una muestra de desagrado y ruptura.