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25 de mayo de 2009

Diario de un cólico nefrítico. Capítulos II y III

Tras aquella prometedora y lejana entrada con la que inició sus colaboraciones en este blog y en la que nos ofrecía el primer capítulo de su sorprendente Diario de un cólico nefrítico, Lucía Corral nos ofrece ahora los capítulos II y III de este su particular monstruo de Frankenstein literario en el que plasma de forma magnífica algunos de los a veces turbulentos y siempre complejos munditos en su mente. Ilustra uno de ellos con un revelador detalle de una de estupendas pinturas, dos de las cuáles -aunque una está sin terminar, me permito recordarle- adornan las estancias de la dacha del Juez Roy Bean en el madrileño barrio de Malasaña.

Buenas gentes que lean esto, vivan en La Coruña D. F. y quieran pasar un buen rato y conocer a una polifacética y prometedora artista y una personita bien interesante y querida en la redacción de Vida y Tiempos del..., pásense por su taller en el barrio de La Sagrada Familia de la ciudad coruñesa. ¡Beanrecomendable!


Capítulo
II: Planta Cadáver

En una libreta llena de todo tipo de anotaciones (trabajo, claves de asuntos que ya no recuerdo y hojas desperdiciadas con apuntes de urgencia) me topo con un pequeño escrito suyo donde descubro que, como yo, también él tenía otras ambiciones y sueños, ansias de que alguien descubriese en él al arqueólogo, al cazador. al doctor Livingstone... descubro que entre las vísceras del hombre serio y respetado, que entre los tejidos de la corbata que día sí día también se paseaba a la misma oficina había un crío avergonzado de no haber tenido agallas de manifestar de forma adulta esas imaginaciones documentadas por los libros que ahora estorban por los rincones de la casa.

Yo le conocí hace tiempo, tan atrapado como él deseaba, tan ególatra como el viejo que no tiene consciencia de la duración de esos relatos que aburren tristemente al oyente, tan cobarde, tan sumamente cobarde... Sus escritos son ahora el olor putrefacto procedente de aquella planta firme y enorme que un día se abrió ante nosotros para tornar al momento en una descomposición parduzca sin más.



Capítulo III "Cruzar sin mirar, todo es empezar"


Ahora, por fin, puede ser la vencida. Como Rocky pegando brincos en lo alto de la escalinata del Museo de Arte de Filadelfia, como este símil tan rocambolesco e impropio de una jovencita, así me siento.

Qué complicado es despertar de un letargo, volver a la vida. Pero un día tu secuestrador se duerme, o se agarra los testículos con la cremallera y no puede vigilar, ese es el momento: le robas las llaves, abres la puerta del zulo y, tras el shock de recibir la luz solar en los ojos, echas a correr atravesando el jardín lleno de basura y piensas: "Era cierto, aquello no era para siempre".

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... suena en la radio del coche que me trae de vuelta de un paseo más madrileño que coruñés: luz, azul, verde... la mañana sabe a gafas de sol, cañas y mejillones rellenos. Sabe a los domingos de cuando era pequeña y las familiar ultra numerosas aun se podían permitir un aperitivo y un vino después la misa de 12. La tarde sabrá a aguarrás y, si se tercia, a amena compañía. Mi taller está abierto a aquel que quiera pasarse, no es necesario venir vestido de negro y con ganas de reflexionar sobre arte y literatura, me sirve la socorrida conversación que surge a raiz de la pregunta "y a ti cómo te gustan los chicos, ¿rubios o morenos?". El ska de los altavoces potencian el optimismo... ¿el optimismo?... el realismo de saber que la vida con tres cañas en pantalones cortos merece la pena ser vivida.