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1 de diciembre de 2011

China, el Imperio del Centro (3) ¡Que vienen los chinos!

Chinese people understand american and european people but you don't understand chinese people. Chinese people don't need to enjoy, they only want to work and win money. To work and win money.

Proveedora china, a una ojiplatica F.

Desconfíamos de ellos. No nos gusta su hermetismo, su expansión cuasi-viral por nuestros barrios, su baja integración en nuestras sociedades, su obsesión por el trabajo, sus inversiones y rápida colonización -tan silenciosa como poco escrupulosa- de grandes zonas del mundo en busca de las materias primas y recursos energéticos que necesita su incansable desarrollo,
da miedito el poderío de su enorme ejército, su férrea opresión sobre el Tibet, nos escaman sus masivas compras de deuda de los países occidentales, la censura de los medios y la represión de las minorías que ejerce el gobierno, su desprecio de la democracia y la libertad si eso conlleva prosperidad económica, en fin, acojonan las cifras apabullantes de un pueblo hierático y orgulloso que ha conformado su nación como la probable y futura potencia hegemónica mundial, a no tardar mucho tiempo.

Pero mucho de ese temor también puede venir de nuestros prejuicios y el desconocimiento de su cultura.
Para intentar entender mejor los enigmas que China nos plantea bien entrado este siglo XXI, iniciamos esta serie de entradas en las que abordaremos las idiosincrasias de este pueblo singular. Para ello comenzamos a la par que el nuevo blog de El País "La silenciosa conquista china" que nos intenta explicar el ascenso de esta nación descomunal y su imparable expansión por nuestro planeta.


La silenciosa conquista china - ¡Que vienen los chinos!

Por: Heriberto Araújo y Juan Pablo Cardenal / El País. 21 de noviembre de 2011


Angola Citic EP1 Proyecto chino de infraestructuras a las afueras de Luanda, Angola. Foto de Luis de las Alas
Qué mejor que debutar en este blog que hoy se estrena abordando su título, porque resume perfectamente en cuatro palabras un fenómeno de rabiosa actualidad que está destinado a cambiar el mundo. China está conquistando el planeta, mientras pone los cimientos para convertirse en una potencia global. Y lo está haciendo como suele: silenciosamente, pero a toda velocidad.

El silencio tiene que ver con la naturaleza de su ofensiva, estrictamente económica y (por el momento) no militar. También alude a la escala de la conquista, mucho mayor de lo que es percibida. Y acontece además sin la transparencia necesaria, sobre todo en los países gobernados por regímenes autoritarios que han fraguado con el gigante asiático una alianza tan interesada como inescrutable. Lo hemos visto durante un proyecto que nos ha llevado, durante casi dos años, desde las minas de la República Democrática del Congo a los bosques de Siberia, desde la Amazonía ecuatoriana a la cuna del jade en Birmania, desde la Venezuela de Hugo Chávez al Irán de los ayatolás.

Un intenso viaje por las entrañas del mundo chino a lo largo y ancho de 25 países de Asia, América Latina y África para entender y describir cómo está China forjando su futura hegemonía.
¿Qué está pasando sobre el terreno? Pues que China está, efectivamente, desplegando sus tentáculos. Lo está haciendo gracias al olfato empresarial y al sacrificio de sus pequeños empresarios, emprendedores y emigrantes, los cuales conquistan mercados imposibles y desbancan a sus competidores locales. Y también con la pegada financiera y una tentadora ‘oferta integral’ que la China oficial pone al servicio de sus ‘objetivos estratégicos’ nacionales.

Su financiación casi ilimitada, sus infraestructuras a la carta y una influyente diplomacia sirven al gigante para cerrar alianzas que garantizan su suministro de materias primas a largo plazo, vitales para que la locomotora china siga creciendo al ritmo actual. Así seduce al mundo en desarrollo, donde el banquero del mundo es visto por las élites locales no sólo como una atractiva alternativa, sino en muchos casos como la única. El nuevo Mesías teje de esta forma la tela de araña de su influencia. Ahora la grave crisis en Occidente le brinda nuevas e inesperadas oportunidades.En la tambaleante Europa está ya posicionándose estratégicamente, preludio quizá de un nuevo orden mundial en el que Pekín tendrá una autoridad y un poder que, hoy por hoy, es una incógnita cómo administrará en el futuro. Desde luego, los intereses de China son legítimos y no puede minimizarse el impacto positivo de sus inversiones por medio mundo. De hecho, que China esté conquistándolo no tiene nada de particular; el estatus de potencia le corresponde por historia y población. La verdadera cuestión es cómo está haciéndolo.

En este sentido, hemos visto sobre el terreno, más allá de las grandes cifras y los discursos de Pekín y las élites de los países receptores, que las inversiones chinas no siempre suscitan simpatías. No es sólo que muchas veces vayan aparejadas a malas prácticas o a unos estándares laborales, sociales o medioambientales inaceptables, es que la percepción en las poblaciones (obreros, ONG, académicos, políticos, activistas, etcétera) de muchos de esos países es que China está allí únicamente para su propio beneficio. La naturaleza dictatorial del régimen chino proyecta a sus operaciones en el extranjero un fogonazo de eficacia que, en tiempos de crisis, es visto por muchos como prueba de las bondades del llamado ‘consenso de Pekín’ (versus el ‘consenso de Washington’) y, a la vez, como botón de muestra de la decadencia occidental. Sin embargo, el desarrollo económico con características chinas -dentro y fuera de China- no suele prestar atención a los efectos secundarios, a lo que contribuye un sistema sin los contrapesos de las democracias donde además el poder no rinde cuentas a nadie.

En la imparable -y silenciosa- conquista china, éste es el reto para el resto del mundo.
Desde hoy les invitamos a sumergirse con nosotros en este apasionante viaje por el mundo chino que está llamado a hacer crujir tectónicamente al planeta y, a la vez, a cambiar nuestras vidas. El futuro ya está aquí. Nos meteremos en harina para contárselo.