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14 de diciembre de 2011

El Madrid nos mata / 15 años en el infierno

El Madrid nos mata

Terminábamos el anterior post dedicado al último Real Madrid-Barcelona con la idea de que el Real Madrid está convirtiendose para el Barça lo que el Atlético de Madrid significa desde hace muchos para los blancos, el eterno e impertinente rival que llega crecido a los derbies, pensando como hace no mucho los culés que aquest any sí y al que siempre se le puede callar de un par de sopapos cuando el calendario les enfrenta.
Aunque lo que es una gran verdad es lo que recientemente nos escribía nuestro amigo, colaborador y atlético de pro Ignacio López Calvo, "los madrizistas nunca llegaréis ni a intuir lo sublimente glorioso que es ser del mítico Aleti."

En nuestro caso es peor, pues el madridista es orgulloso por sus triunfos igual que el Atleti lo es por sus fracasos y le provoca tics nerviosos y rash cutáneo que el recíprocamente odiado (holísticamente hablando) rival blaugrana le quite la supremacía del fútbol mundial que el madridista considera le pertenece por designio divino, por ser el club elegido, a la hebrea, por los arcanos designios de los dioses del fútbol. Por eso este periodo de esplendor y pax blaugrana es algo que está haciendo mucho daño en la psique madridista.

Ahora profundizamos en las siempre complejas y viscerales relaciones de este trío de grandes clubes nacionales dando redifusión a un (otro) gran post d
e uno de nuestros blogs futboleros de referencia Odio eterno al fútbol moderno, de la revista GQ, que nos ofrece la visión de la rivalidad del madridista de provincias (entre los que nos encontramos) con los culés, tan intensa como la de todos y con el club del Manzanares, menos enconada y más paternalista que la del madridista capitalino, más resentido en piques castizos de barra de bar y oficina.

Terminamos nuestra parte de esta entrada haciendo nuestra una frase espectacular de Ambrosius, el redactor del post que viene ahora. Si hay una idea que me aterroriza ahora mismo es que el Madrid-Barça se convierta en un intrascendente fijo de quiniela, como ha ocurrido con el Madrid-Aleti desde la muerte de Lenin.


15 años en el infierno


Odio eterno al fútbol moderno. 14 diciembre, 2011 por Ambrosius.


Como madridista de provincias mi infancia estuvo marcada por una indiferencia sincera, sin un átomo de condescendencia, hacia el Aleti. No es que les mirase por encima del hombro, es que no existían o más bien existían de una forma abstracta. Esta condición no tenía nada que ver con los méritos deportivos del equipo, simplemente mi universo futbolístico estaba formado por el Madrid, el Barça, el Racing, el Athletic, que siempre ganaba en los viejos campos de sport del Sardinero, el cromo de Sócrates en el álbum Panini del Mundial de México 86, Hungría escrito en húngaro Magyarország en el mismo álbum, el Betis (no me preguntes por qué), y Mágico González del Cádiz, que entusiasmaba a mi padre. No era, por tanto, desprecio, sino una azarosa mezcla de ignorancia infantil, pasiones paternas y condicionantes geográficos.


Tengo amigos madrileños que aseguran que crecieron cultivando una rivalidad casi tan feroz como la del Barça. Exageraciones nacionalistas madrileñas, supongo. O tal vez no soy capaz de imaginar una época en la que los derbies eran reñidos y el Aleti era un equipo temible. Si hay una idea que me aterroriza ahora mismo es que el Madrid-Barça se convierta en un intrascendente fijo de quiniela, como ha ocurrido con el Madrid-Aleti desde la muerte de Lenin.

El colombiano Radamel Falcao pega un saltito (Foto: GTRESONLINE)

Con los años, el Atlético de Madrid entró en mi vida fugazmente como un meteorito de película americana, titulada el Aleti del doblete. Pero siguieron pasando los años y mi relación con el Aletí se convirtió en irritación. Nunca entendí la gracia de un equipo perdedor con presupuesto y jugadores de primera línea. Entiendo que el Racing, el Sporting y el Rayo Vallecano construyan una épica del sufrimiento, pero nunca entenderé que un equipo que llegó a tener a Forlán y al Kun Agüero juntos en la delantera se conformara con ganar la Euroliga contra un rival inglés, cuyo nombre no recuerdo, pero que sonaba algo así como a equipo de segunda división que nunca pasó de la segunda fase del Charity Shield.

El Aleti se ha convertido en una caricatura muy resultona que sacar a pasear en anuncios entrañables que imagino ganan premios de publicidad en festivales internacionales. En un himno supuestamente canalla que gira en torno a la derrota. Lo más reseñable de la historia del Aleti en los últimos 15 años ha sido el 2-6 del Barça en el Bernabeú.

Su último grito coherente fue la campaña de un año en el Infierno, en segunda división. Ahí sí estaba justificado la ironía y la autoparodia, instrumentos fabulosos para salir de cualquier pozo vital, el paso previo necesario a todo intento de reconstrucción. El problema es que no han sabido cambiar el dicurso desde entonces. Seguir jugando a rebelde y marginal teniendo toda las posibilidades del mundo no es gracioso, es obsceno. El Aleti es como esos niños pijos que imitaban a Kurt Cobain.

En una época no tan lejana a los culés les gustaba regodearse con los penalties fallados contra el Steaua de Bucarest en Sevilla y en no sé cuantos balones al palo estrellados en una final europea contra el Benfica de Eusebio. Todavía no se han desprendido de su pose progresista ni de su moralina de parroquia catalana de transición, subvencionada por una señorona de CIU con mala conciencia, pero lo compensan fusilando rivales y acumulando títulos con la rutina con los que otros se levantan a las 7 de la mañana para ir a trabajar. El Aleti tiene dos opciones: dejar de llorar y empezar a ganar, o trasladarse, no a la Peineta, sino a Belgrado, en donde la idiosincrasia y épica local se construye a base de batallas perdidas. Mientras tanto, no podrán entrar a mi altar de cromos de Panini.