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16 de enero de 2010

Estupor y Temblores (7) ¡Delenda est Gaza!


Primera parte. La pequeña Esparta


Que Israel es un estado hecho para convivir con la guerra está claro desde el primer día de su formación como estado, cuando tras abrirse paso a codazos en aquel disputado trozo de tierra que era la caótica Palestina de la época, al día siguiente de su declaración de independencia, el 14 de mayo de 1948, fue atacada por tropas de todos los países árabes de la región, Egipto, Iraq, Líbano, Siria, Transjordania, Arabia Saudí.

De su victoria contra pronóstico en esta guerra seminal surgió el definitivo establecimiento y reconocimiento del país israelí en el concierto internacional y el comienzo de la leyenda de invencibilidad de "la pequeña Esparta" y su ejército, que sería confirmada en las siguientes guerras, en 1956, en 1967 (la célebre Guerra de los Seis Días) y 1973 (Guerra del Yom Kipur).

Esa conciencia de saberse rodeados de países hostiles ha hecho que la israelí sea una sociedad fuertemente militarizada En Israel es obligatorio que todos los jóvenes al cumplir 18 años presten servicio militar. Los hombres realizan un servicio militar de 3 años y para las mujeres, un servicio de 21 meses, ambos con la posibilidad de ser contratados, si es que el ejército los requiere, durante unos años o de por vida. Una vez terminado el servicio pueden empezar la universidad. Cuando finaliza el servicio militar de 3 años, los hombres deben de continuar sirviendo al ejército entre 30 y 45 días al año hasta cumplir los 45 años de edad.

Sin embargo, cuando dejó de luchar contra ejércitos convencionales y se vio envuelto en combates urbano el siempre invencible Tsahal empezó a tener serios problemas para solucionar militarmente los recurrentes conflictos del país hebreo con los países y pueblos árabes. Como tiempo después le ocurrirá a los ejércitos de su incondicional protector Estados Unidos en las guerras de Iraq y Afganistán.

La guerra de guerrillas urbanas es la forma de guerra más complicada de luchar por los ejércitos convencionales al no poder utilizar toda su potencia de fuego sin causar bajas civiles y contravenir las convenciones de la guerra, todo lo cual puede ser explotado propagandística y militarmente por el bando contrario.Es esta una lucha sucia que enreda a las tropas regulares en combates cercanos o cuerpo a cuerpo con adversarios experimentados y que normalmente no se muestran identificados bajo un uniforme, que conocen perfectamente el terreno en el que luchan y que suelen hacerlo con gran valor, determinación y capacidad de sacrificio.

Estos combates cercanos van sangrando poco a poco a las tropas convencionales, normalmente con opiniones públicas menos dispuestas a aceptar bajas propias y que pueden volverse en contra de una guerra (aunque en un principio hubiera apoyado) si estas van aumentando y el conflicto se alarga.

De esta forma, en las varias invasiones de ataque o represalia que, a partir de 1978 Israel ha realizado en el sur de Líbano, Siria o Palestina, su ejército se ha encontrando comúnmente enredado en encarnizados combates urbanos contra los cada vez mejor armados y adiestrados de los distintos grupos armados palestinos o de Hizbullah, combates que han cobrado las vidas o lesiones graves de centenares de soldados judíos. Y que de paso se han llevado a miles de civiles por delante.

Y por eso, en vísperas del conflicto, lo último que los altos mandos militares y políticos israelíes querían era revivir el recuerdo de la última guerra en el sur de Líbano en el verano de 2006, donde las bien equipadas (por Irán) y atrincheradas milicias chiíes de Hizbullah resistieron con fiereza, aún con grandes pérdidas, el ataque israelí, causando un constante goteo de bolsas con cadáveres de soldados de su país (119 muertos y centenares de heridos).

De los horrores de esta invasión y del trato humillante cotidiano de los soldados israelíes sobre los palestinos surgieron las primeras voces disidentes dentro del disciplinado ejército israelí. Del blog Viaje a la guerra, del periodista Hernán Zin extraemos la entrevista que realizaba, en julio de 2006, a Yehuda Shaul, fundador de la ONG Breaking the Silence (Rompiendo el silencio), que recogía los testimonios de algunos soldados israelíes que participaron en la aquella invasión y que decidieron denunciar los interrogatorios arbitrarios, los check point desquiciantes, los cotidianos atropellos del ejército israelí a la población civil palestina:
“Todo es una locura: la ocupación, la forma inhumana en que tratamos a los palestinos”, me dice. “En Israel entras al ejército con 18 años porque quieres luchar contra el enemigo de tu país, porque quieres dejar tu marca en la historia, y haces lo que te dicen, sin pensar. Y allí todo te ayuda para que no pienses. Misiones que cumplir, órdenes que seguir”. “Y no ves a los palestinos como seres humanos, los ves como animales. Entras a su casa durante la noche, los despiertas, les gritas, las mujeres allí, los hombres allí, y rompes todo. Son cosas que no harías aquí en Israel, pero las haces allí. Y, para poder hacerlo, niegas la realidad. Es la única forma. Creas entre tú y la realidad un muro de silencio”.
“Te pongo otro ejemplo: si encuentras en la noche un paquete sospechoso que puede ser una bomba, llamas al primer mohamed que encuentras en la calle y le dices que lo abra. Podrías llamar a un experto que lo desactivase, tardaría diez minutos en venir, pero mejor hacer que un palestino se juegue la vida, ya que para ti es lo mismo, no lo ves como un ser humano. Yo hacía eso con mis soldados en Hebrón".
“Y también en Nablus, cuando quería entrar a una casa, si pensaba que podía haber una bomba trampa, cogía al mohamed de turno y lo obligaba a que abriera la puerta. Es parte de la rutina del ejército: usar a los palestinos como escudos humanos”.
“Lo mismo cuando estás en un check point, los obligas esperar mucho más de los necesario, a veces durante horas, y coges a un palestino al azar y le das una paliza, de cada quince o veinte que pasan, para que el resto tenga miedo y esté tranquilo. Sólo así, tú que estás con cuatro soldados más los dominas a ellos que son miles”.
“Y cuando entras a Gaza con el carro de combate y ves un coche nuevo, aunque tengas espacio en la carretera, pasas por encima. Y también disparas a los tanques de agua. Para meterles miedo, para que te respeten, porque esa es la lógica de lo que nos enseñan a los soldados israelíes”.
“Además, eres joven y empiezas a disfrutar de ese poder, de que la gente haga todo lo que les digas. Es como un video juego. Estás en un check point en medio de la ruta, tienes a veinte coches esperando, y con sólo mover el dedo hacen lo que tú quieras. Juegas con ellos. Los haces avanzar, retroceder. Los vuelves locos. Tienes 18 años y te sientes poderoso”.

“Tres meses antes de abandonar el ejército, dirigía una unidad en Hebrón, había hecho una buena carrera, así que tenía tiempo libre. Una mañana me miré ante el espejo y comprendí que todo aquello era un error y supe que no podría seguir adelante con mi vida si no hacía algo. Por eso, apenas salí, junto a los soldados de mi unidad, montamos una exposición con nuestras fotos, se llamaba Traer Hebrón a Tel Aviv”.

“Cayó como una bomba en la sociedad. Vinieron parlamentarios, periodistas. Pasaron siete mil personas. Entonces creamos Breaking the silence, donde damos espacio para que los soldados cuenten los abusos que cometen sistemáticamente. Más de 350 lo han hecho. Ahora tenemos exposiciones y vídeos en Europa, en Israel”.
“Alguna gente dice que son casos aislados. Las madres dicen: mi hijo, que está ahora en el ejército es bueno, no hace estas cosas, esto sólo lo hacen los soldados beduinos o los etíopes. Pero no es cierto. Todos las hacemos, porque es la lógica de la ocupación israelí: aterrorizar a los palestinos”.

“Los check points no sirven para detener a los palestinos de entrar a Israel, es para que la realidad no entre a Israel. Porque esta es una sociedad de soldados, todos pasamos por el ejército tres años cuando somos jóvenes y luego un mes al año. Y todos hacemos eso. Por eso existe el muro de silencio, de negación, porque todos somos responsables y no lo queremos admitir”.

“Ellos son las víctimas, nosotros los victimarios. Pero como victimarios, también pagamos un precio. Esta es una sociedad que no se anima a mirar a los ojos a la verdad, a sus propios actos. Es una sociedad, como consecuencia, moralmente enferma”.
Sin embargo, tras la retirada israelí de Líbano, los abusos sobre los palestinos continuaban. En febrero de 2006 se habían celebrado elecciones en Gaza y Cisjordania y en la Franja, los islamistas radicales de Hamas habían obtenido la victoria.

Este resultado no fue aceptado por la comunidad internacional pues significaría reconocer a un partido que se niega a reconocer al Estado de Israel, no renuncia a la violencia y se niega a los acuerdos anteriores firmados por la antigua OLP, por lo que todos los fondos destinados a ayuda humanitaria fueron congelados.

Las tensiones entre Al Fatah y Hamas fueron creciendo hasta desatarse una guerra civil que desembocaría en la cruenta toma de poder, entre venganzas y ejecuciones, de los radicales de Hamas, el 14 de junio de 2007, mientras Al Fatah conservaba el gobierno de facto de la Autoridad Palestina en Cisjordania, donde también se desataron las represalias, esta vez de Al Fatah contra Hamas.

Desde entonces la presión israelí sobre Palestina en general y Gaza en particular, fue aumentando hasta estrangular lenta pero constantemente la economía de aquel territorio, degradando alevosamente la vida en él.

En diciembre de 2008 Hamás terminó su periodo de tregua unilateral de seis meses y comenzó a lanzar sus misiles Qassam indiscriminadamente contra ciudades israelíes como Sderot, Ashkelon, Nahal Oz y Ashod. el gobierno hebreo y el Alto Mando militar, decidieron invadir la Franja de Gaza para poner fin a estos lanzamientos, destruir la infraestructura de Hamás en la Franja y liquidar a todos los miembros de sus milicias que fuera posible. Y decidieron que esa operación de castigo se produjera con el menor coste posible en vidas de sus soldados, al precio que fuera, aunque eso significara castigar brutalmente también a la sociedad civil palestina a quien no perdonaron su apoyo mayoritario a los extremistas de Hamás en aquellas elecciones de febrero de 2006.

Entonces fue cuando el mundo contempló, atónito, cómo al agonizante gobierno israelí de Ehud Olmert y al Tsahal se les iba completamente la pinza y decidieron entrar a sangre y fuego en el martirizado enclave palestino causando más de 1400 muertos, muchos civiles y, entre ellos, más de 300 niños. Por parte israelí hubo trece muertos, tres civiles y diez soldados, cuatro por fuego amigo.

La flagrante desproporción entre la respuesta israelí y los destrozos causados por los artesanales y relativamente inocuos proyectiles lanzados por Hamas, usando armas de guerra explícitamente prohibidas en núcleos urbanos, como las bombas de racimos o el fósforo blanco, causó una gran conmoción incluso entre algunos gobiernos occidentales que manejan cierto doble rasero al medir las acciones bélicas del país hebreo.

Fueron 22 días de terribles bombardeos y ataques terrestres que dejaron a Hamás muy dañada pero no consiguieron derrotarla y convirtieron a Gaza en la prisión más grande del mundo, ya que Israel impidió expresamente, con la connivencia de Egipto, la evacuación de civiles de la zona de guerra, que era ya toda Gaza. Cuando Israel terminó de destruir los túneles en la frontera egipcia, las infraestructuras de gobierno de Hamás, siguió con el resto de infraestructuras, edificios de la ONU, cultivos, cementerios, un hospital de la media luna roja y un centro de prensa.

El 3 de enero comenzó la invasión terrestre y vino lo peor, entonces el blanco pasaron a ser edificios enteros en los que se sospechara podían esconderse milicianos de Hamas, daba igual si además había civiles dentro, ya que también buscaban aterrorizar a la sociedad civil palestina. Unas 50.000 casas, 200 escuelas, casi un millar de fábricas fueron dañadas o convertidas en ruinas, según Naciones Unidas.

Además de lanzar contra las ciudades israelíes más de 700 missiles Qassam, las milicias de Hamás (grupo terrorista para Estados Unidos y la Unión Europea) desprovistas de sus uniformes, que las delatarían a los helicópteros israelíes, tampoco mostraron muchos escrúpulos al mezclarse entre los civiles palestinos para hostigar a las fuerzas hebreas, sabiendo que podrían instrumentalizar las bajas civiles mediante la presión internacional para parar el ataque. Todo sea por Allah, que es el más grande.

En julio de 2009 se conocieron los testimonios de casi una treintena de soldados del ejército israelí que participaron en la misma y que desafiaron la censura del ejército y de muchos conciudadanos contactando con Breaking the silence para que se conociera la verdad de los hechos y suponemos intentar también expiar algunas de las muchas culpas que los martirizan.

Así, además de los recurrentes abusos físicos y psicológicos de los soldados israelíes cometidos recurrentemente mientras interfirieren y distorsionan arbitrariamente la vida de los palestinos, los soldados denunciaron órdenes expresas de sus mandos para evitar bajas propias laminando con fuego cualquier indicio de peligro.

"la mejor manera de defenderse es disparando fuego masivamente. Así el enemigo no saca la cabeza. Se bombardearon barrios y viviendas sabiendo que se iba a matar a civiles. Después de lanzar octavillas sobre un barrio, se decidió que se podía matar a quien fuera" "Si alguna vez nos hablaron de inocentes, fue para decirnos que no había inocentes".

"Las reglas de combate no distinguieron entre combatientes y civiles; no tuvieron en consideración que los combates tuvieron lugar en una zona donde debía conocerse la presencia de niños, mujeres y ancianos; se emplearon armas con un radio de precisión inapropiado para áreas llenas de civiles; la amplia devastación; la destrucción sistemática; su increíble magnitud; la destrucción de casas, apartamentos, edificios públicos y propiedades, en muchos casos sin que respondiera a una aparente necesidad militar"

"Disparar a cualquiera que se supone no debe estar en un lugar" fue una regla destinada a impedir bajas propias. A cualquier precio. No se daban órdenes precisas, pero todos los soldados coinciden en que había que hacer lo que fuera para no caer heridos. Un militar admite que se empleó con profusión la denominada "entrada mojada". Es decir, el allanamiento de una casa a tiro limpio. En ocasiones lanzando misiles o proyectiles antitanque. Después se comprobaría lo que había dentro.
 

La destrucción, deliberada según los testimonios, fue minuciosamente planificada. Antes de la guerra, durante el entrenamiento, "nos dimos cuenta de que esta vez no se trataba de una campaña, sino de una guerra en la que te quitas los guantes... Las consideraciones que estábamos acostumbrados a escuchar sobre las reglas de combate, y los esfuerzos por no dañar a inocentes no se escucharon esta vez. Al contrario... Un comandante nos dijo que no habría segundos pensamientos sobre cualquier amenaza, real o imaginaria, que pudiéramos sentir... La idea era abrir fuego y no intentar considerar las repercusiones. Ante cualquier obstáculo, ante cualquier problema, abrimos fuego y no hacemos preguntas. Si hay un vehículo en el camino, se aplasta; si hay un edificio se bombardea. Éste es el espíritu que se transmitió durante el entrenamiento", relata Amir. 
El componente religioso también jugó su papel. "Se repartieron pasquines con el sello del Ejército y su Rabinato que contenían material político explícito: los palestinos eran descritos como los filisteos, nuevos en esta tierra. Como alienígenas en esta tierra que nosotros debemos retomar. Luego el rabino Chen nos habló de la santidad del pueblo de Israel y de que estábamos luchando en una guerra entre la luz y la oscuridad llena de connotaciones apocalípticas y escatológicas. El lenguaje era altamente mesiánico. La guerra entre la luz y la oscuridad era la preparación para la redención. Pero más perturbador que este asunto religioso era la demonización del otro, los hijos de la oscuridad, mientras nosotros éramos los hijos de la luz. Esto es muy problemático porque se podría esperar que se hiciera una distinción con los civiles", narra otro militar. 
Un activista de la ONG israelí Breaking the Silence le pregunta a Amir, que ha servido en Gaza y Cisjordania varias veces como reservista: ¿Esto era nuevo para ti? "Sí. Sin ninguna sombra de duda... Nunca tuve permiso o recibí instrucciones para comportarme de este modo... De alguna manera, el Ejército siempre planteaba vías para tratar de evitar heridos. En esta ocasión, la sensación era la contraria. Como si herir a civiles no jugara un papel en las consideraciones... Si alguna vez nos hablaron de inocentes fue para decirnos que no habría inocentes. Todos allí eran el enemigo. Es una frase que escuchamos al comandante de la brigada... No había normas para el combate. La norma era disparar". 
"No era necesario tanto fuego. Tengo la sensación de que el Ejército buscaba una oportunidad para llevar a cabo una demostración de fuerza espectacular. Es la única explicación para el uso de morteros dentro de una zona urbana", explica un sargento de una brigada de infantería que fue enviado a Netzarim, al sur de la ciudad de Gaza. "Los objetivos de la guerra eran vagos. Pero nos dijeron que debíamos arrasar la mayor parte de la zona posible. Esto es un eufemismo de destrucción sistemática". 
El suboficial explica que las casas se derribaban por dos razones. Una operacional: la sospecha de que en una vivienda se guardaban armas, o si de ella partían túneles, o si había señales de que se había excavado. El segundo motivo lo denominaron "El día después", teniendo siempre en mente que la operación era de duración limitada. "La idea era dejar un área estéril detrás de nosotros cuando nos marcháramos. Y el mejor modo para lograrlo era arrasar la zona. Así tendríamos buena capacidad de fuego, visibilidad abierta. Podíamos verlo todo. Eso significaba las demoliciones para el "Día Después". En la práctica, esto supuso derribar casas que no eran sospechosas. Puedo incluso decir que, en una conversación con mi comandante, mencionó, medio sonriente, medio triste, que esto podría añadirse a su lista de crímenes de guerra".
Todo sea por Yahvé, que es el más grande.


Segunda parte. Paisaje después de la batalla

Israel inicia la retirada de todo su Ejército de la Franja de Gaza el 20 de enero de 2009, coincidiendo con la toma de posesión de Barack Obama como presidente de Estados Unidos, presidente que -esperamos- será menos tolerante con los excesos israelíes sobre los palestinos de lo que fue el nefasto patán George W. Bush en los ocho años de su mandato.

Al día siguiente se completa la retirada israelí y los observadores internacionales y la prensa, al fin, pueden entrar en Gaza, donde el nivel de destrucción y muerte los deja estupefactos.

Además de los 1300 muertos, hubo 5.500 heridos y 45.000 palestinos tuvieron que abandonar sus hogares. El precio de la reconstrucción se cifró en 1.220 millones de euros.

Tras el conflicto, el jurista sudafricano Richard Goldstone, recibió el encargo del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas de encabezar una misión de investigación para estudiar a fondo denuncias de crímenes de guerra y otras violaciones del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos. En un informe publicado el pasado septiembre, el juez Goldstone y su equipo concluyeron que tanto las fuerzas militares israelíes como los grupos armados palestinos cometieron crímenes de guerra y posiblemente crímenes de lesa humanidad. Sólo que Israel lo hizo de forma masiva y deliberada, todo lo que le permitía su poder de fuego, inoculando generosas dosis de odio en los supervivientes.

Les ofrecemos (subido también por Bizzentte, nuestro proveedor habitual) , el documental de Jon Sistiaga -para Cuatro- Lo que Israel no quería que viéramos, realizado cuando Israel se retiró de la Franja tras el ataque, el único momento en que permitió la entrada de periodistas a la escena de los crímenes. Jon Sistiaga nos transporta al corazón de la tragedia, al devastado paisaje de la Franja de Gaza después del ataque israelí, donde los supervivientes recorren los escombros y cristales rotos de sus viviendas mientras testimonian sus tragedias, lloran a sus muertos y mascan sus venganzas. Sistiaga entrevista a ambas partes. No se pierdan al embajador israelí en España Victor Harel tratando de justificar la ofensiva con argumentos cínicos y falaces.

Jon Sistiaga - Lo que Israel no quería que viéramos

Zinab tiene 12 años y el día 6 de enero, de repente, se hizo mayor. Hizo el tránsito de niña a adulta en apenas diez horas. Las diez horas que tuvo que esperar a que le rescataran bajo los escombros de su casa de Gaza, compartiendo angustia y silencio con los cadáveres de su padre, de su madre, y de sus dos hermanos pequeños.

La mirada de Zinab es la de quien ya lo ha visto todo. Cuando se le pregunta si necesita algo responde rápido que venganza. Cuando se le pregunta si sabe lo que es exactamente el sentimiento de venganza, responde más rápido todavía: "Sí, ellos mataron a mis padres y ahora yo quiero matarles a ellos" Zinab, como muchos otros niños en Gaza, como muchos civiles heridos o que simplemente lo han perdido todo durante esta guerra, es una de las víctimas con las que Jon Sistiaga pone rostro y nombres a los daños colaterales. Rostros que trasmiten dolor e injusticia, personas que difícilmente podrán trasmitir en un futuro a sus hijos una cultura de tolerancia...


Última parte - Gaza, un año después. Y ahora, qué?


Un año después la Franja de Gaza sigue igual. Devastada y mísera. Israel sólo permite la entrada de ayuda humanitaria de subsistencia, pero bloquea las entradas de materiales vitales para la reconstrucción, como el cemento, el cristal y la maquinaria pesada. La llegada de las lluvias y el frío no ha hecho sino empeorar las condiciones de vida de las familias cuyos hogares fueron dañados o destruidos en el ataque. Según datos del pasado diciembre de la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina), más de 300.000 personas tienen problemas para resguardarse de las inclemencias del tiempo.

Esto provoca que muchos edificios mantengan las huellas de la guerra y que las nuevas construcciones se tengan que edificar con una especie de adobes reforzados de endeble aspecto. Esto hace que miles de personas aún tengan que dormir en tiendas de campaña o en edificios dañados por los combates.

Salvo contadas excepciones, Egipto mantiene cerrado el paso a Gaza a través de la frontera de Rafah secundando así el cerco que impuso Israel desde la victoria de Hamás en las elecciones del 2006. El régimen de Hosni Mubarak intenta ahora construir un muro que impida la actividad de los túneles subterráneos de esa población, la última vía a la que pueden recurrir los palestinos para abastecerse.

Desde la ofensiva militar, los ataques con misiles de milicianos palestinos contra la zona fronteriza israelí se han reducido drásticamente. Mientras en 2008 se lanzaron unos 3.300 misiles y proyectiles de mortero, durante este año la cifra apenas alcanzó los 300. Para los residentes de la zona fronteriza isrelí, 2009 ha sido el año más tranquilo en casi una década. Desde el punto de vista militar, la ofensiva fue para Israel un éxito, pero el precio político ha sido un creciente aislamiento internacional del Estado judío.

Como era de esperar, nadie ha rendido cuentas por los crímenes de guerra y por otras graves violaciones del derecho internacional denunciadas por una misión de investigación de Naciones Unidas, por Amnistía Internacional y por organizaciones de derechos humanos palestinas, israelíes e internacionales.

El conflicto entre palestinos e israelíes es un forúnculo de odio que infecta desde hace décadas las relaciones internacionales entre Occidente y el mundo islámico. Ha sido precisamente la agresiva política israelí de las dos últimas décadas la que ha hecho crecer, en buena parte, el extremismo en la sociedad palestina y en otras sociedades musulmanas.

Fue la invasión y posterior ocupación del sur de Libano en 1982 para deshacerse del grupo palestino Fatah lo que condujo finalmente a la radicalización de los sectores de la comunidad chiíta del Líbano y a la creación de Hizbullah. De la misma forma, en Palestina Israel originalmente apoyó a Hamas como un contrapeso para Fatah. A medida que aumentó la presión la continuada ocupación de Israel comenzó a radicalizar a los palestinos y la corrupción de Fatah quedaba al descubierto, Hamas ganó apoyo entre la población.

La política de mano dura se convertirá en un elemento generador de tensiones extra en una zona que ya las trae de serie. Israel nos tememos podría chocar militarmente a medio plazo, si Obama y Europa no lo arreglan, en un conflicto de imprevisibles resultados con un Irán potencialmente atómico y explícitamente hostil (si sus actuales gobernantes logran, como nos tememos, ahogar en sangre y represión las actuales protestas por el fraude de las últimas presidenciales) y seguirá sin poder quitarse las chinas en el zapato que suponen la tenaz resistencia armada y política de grupos armados radicales como Hamas, Yihad Islámica o Hizbulla en sus respectivas zonas de influencia.

En junio de 2009 las presiones internacionales y la insistencia de Barack Obama, lograron -con fórceps- la aceptación de un principio de dos estados viviendo juntos por parte del actual primer ministro Benjamin Netanyahu, aunque lo hizo con draconianas condiciones que fueron inmediatamente rechazadas por los palestinos. Esperemos que, sin embargo, esto pueda ser el principio de algo.

Porque en algún momento todas las partes tendrán que aparcar sus afrentas sufridas, sus mutuos odios y temores, darse cuenta de que ni los unos ni los otros van a desaparecer nunca ni van a aceptar un tratado de paz indigno, así que tendrán que suavizar sus intransigencias, aceptar concesiones y renuncias dolorosas pero necesarias (que quizás barrenen algunas de sus más sólidas convicciones), para conseguir la formación de un estado palestino que sea independiente, próspero y democrático, que creemos se convertiría en el mejor garante de la seguridad del país hebreo.

En algún momento, palestinos e israelíes tendrán que sentarse a hablar de parar las agresiones mutuas, de aceptación de las resoluciones internacionales que a ambos obligan, de la devolución de los territorios ocupados, del reconocimiento mutuo, del levantamiento del bloqueo comercial y de material de reconstrucción, del desmantelamiento los asentamientos ilegales, de fronteras definidas y definitivas, de la capitalidad compartida de Jerusalén, de elecciones palestinas, del reparto justo de los escasos recursos hídricos de la región, de la destrucción del muro que atraviesa Cisjordania como una cicatriz siniestra, cortando comunicaciones, aislando pueblos y destruyendo cultivos (aunque también impidiendo atentados)...Son muchos los cabos por atar, muchos los intereses por conciliar, muchos odios por desterrar. Y ahí Israel, que nació del esfuerzo, sufrimiento y sacrificio de tantos millones de judíos debería echarse un vistazo para ver todo el sufrimiento y odio que ahora están sembrando, en qué clase de país se han convertido.

Y en algunas de sus, esperamos futuras, renuncias deberían mostrarse generosos. Será una lucha entre el Israel moderno, progresista y laico, partidario del diálogo (que tiene en Tel-Aviv su centro urbano por excelencia) y el Israel conservador y excluyente, anclado en el sionismo más ultraortodoxo y mesiánico, que contempla Jerusalén como su capital "eterna e indivisible". Promoviendo encuentros diplomáticos a alto nivel que al menos encaminaran de forma eficaz una hoja de ruta que permita alcanzar un proceso de paz definitivo en Oriente Medio, Barack Obama podría encontrar el hecho fundamental de la Historia que justificaría plenamente su Nobel de la Paz.

Es conocida la historia de aquel estadista romano, Catón el Viejo, que concluía obsesivamente todos sus discursos y conversaciones, sin importar dónde se encontrara y de qué tema se hubiera hablado, con una frase lapidaria que clamaba por la destrucción piedra por piedra de su más encarnizado enemigo, Cartago, la única nación que había osado disputar a Roma el dominio del Mediterráneo. Delenda est Cartagho, hay que destruir Cartago, palabras que invocaban el odio eterno entre las dos naciones más poderosas de la época y que Israel ahora hace suyas en su determinación en la lenta destrucción de la superpoblada y mísera Franja de Gaza, en ese desbarrancadero de odios que es Oriente Medio.